martes, 18 de julio de 2017

La revuelta comunera (11)

El Cardenal Cisneros

En 1497 muere el príncipe Juan, heredero de los Reyes Católicos; con este hecho se produce un terremoto en los acontecimientos a que se veía abocada España. A partir de este momento, entraba en lid, de forma indirecta, Carlos. Y es que la corona le correspondía a su madre Juana, que por enfermedad, era representada por Felipe el Hermoso, que al morir prematuramente deja via libre a un chiquillo que si en principio estaba destinado a desarrollar su vida en la fría Europa, acabaría siendo ejemplo de rey hispánico. Y en medio de esa madeja de acontecimientos, ordenando los hilos, un viejecito sin relumbrón: Francisco Jiménez de Cisneros, un gigante del pensamiento político humanista que desarrolaría toda su actividad pública justamente en esos años, y hasta 1517, cuando falleció sin haber podido recibir al recién llegado Carlos.

Había empezado a destacar Cisneros a la sombra de la Reina Isabel, de quién fue confesor en 1492, contando 56 años de edad, por recomendación del cardenal Mendoza; cuando tenía 59 fue nombrado arzobispo de Toledo, e Inquisidor General a los 71, ocupando por primera vez la regencia del reino un año antes, en 1506, manteniéndose prácticamente en ella hasta el día de su muerte el 8 de Noviembre de 1517. Y siempre, a pesar de los títulos nobiliarios, siguió viviendo y vistiendo conforme al voto de pobreza franciscano, aún obedeciendo las órdenes papales que le instaban a mostrar el boato propio de los cargos que ostentaba. ¿Cómo lo conseguía?, mostrando hacia fuera toda la riqueza y poderío que exigían sus cargos, y respetando en lo privado la rigidez de la orden franciscana.

Los enemigos de Cisneros llegaron a urdir conspiraciones, incluso a través del superior de la orden franciscana, y cerca de la reina Isabel, que los atendió con el boato que requería el caso, pero que los sancionó debidamente cuando habían terminado de exponer los alegatos contra el entonces arzobispo de Toledo, “la Reina se indignó de su atrevido é irreverente lenguaje…/… y se limitó a decirle: Padre mio, ¿habeis pensado bien lo que habeis dicho?, ¿sabeis con quién hablais?”  Mejor defensa no conoció Cisneros, pero peores sí; hasta intentos de asesinato. Pero estaba llamado para grandes cosas. Aquí nos vamos a limitar a lo directamente relacionado con la revuelta comunera.

El 26 de Noviembre de 1504, en olor de santidad, Isabel entregaba el alma a Dios, dejando una España fuerte, grande, severa, heroica y temida. Cisneros se vería repetidamente como encargado de gobernar la nave del estado tras su muerte, durante esos años, convulsos por excelencia. Cisneros es el artífice del gran cambio registrado en la sociedad en aquellos momentos. El peligro de que se destruyese la monarquía que con tanto esfuerzo habían construido los Reyes Católicos, era real y evidente cuando a la muerte de la reina Isabel queda Fernando relegado a rey de Aragón, Juana como heredera del reino de Castilla, y los bandos nobiliarios obcecados en debilitar el poder real.

Cisneros sería ante todo honesto, hasta el extremo de rechazar conceder el adelantamiento de Cazorla a Pedro Hurtado de Mendoza, hermano del cardenal Mendoza, cuya petición venía por demás avalada con la recomendación de la reina Isabel, por considerar que las recomendaciones no eran medios dignos de medrar. Al poco, el mismo cardenal sería quién concedía la prebenda al demandante, y le dijo que “él era el Adelantado de Cazorla, puesto que ahora que obraba con toda independencia, podía hacer completa justicia á sus méritos, sin que se atribuyera este acto á recomendación de nadie, sino á satisfacción de su propia conciencia; que se complacia en reintegrarle en su cargo, del cual se habia mostrado tan digno, y que le daria ocasión para prestar nuevos servicios á los Reyes, á la causa pública y al Arzobispo que le nombraba.”  Quedaba demostrado su carácter, recto, severo y justo.

Tras la muerte de la reina se convocaron las cortes en Toro, el 11 de Enero de 1505, donde, entre otras muchas cuestiones, se cedía a Aragón la mitad de las rentas que se sacaran de las Indias. No es menuda la cuestión si tenemos en cuenta que Aragón no había querido participar en la hazaña del descubrimiento, y se complica cuando el 75% de la población española de aquellos momentos era castellana, repartiéndose el resto entre Aragón, Portugal, Granada y Navarra. Visto desde nuestra óptica no tiene la menor importancia, pero visto desde el momento sí la tenía, ya que los reinos tenían haciendas diferenciadas, y Castilla era la que más había aportado económicamente, y sobre todo humanamente, ya que si nos hacemos un reparto ideal, que por supuesto no pudo llegar a cumplirse al llevar Portugal su campaña aparte, y guardando la equivalencia proporcional, por cada aragonés, navarro portugués o granadino, a Castilla le tocaba aportar dieciséis colonos.

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