viernes, 14 de julio de 2017

SIGLO XIX: OBJETIVO, LA DESTRUCCIÓN DE ESPAÑA (6)

Y ¿qué influencia tuvieron estos acontecimientos en España?



Con la revolución de septiembre de 1868 y el inicio del Sexenio Democrático se abrió una nueva etapa para el obrerismo español, decretando el Gobierno Provisional la libertad de asociación. En aquella época ya se habían producido los primeros contactos con la AIT, fundándose la Dirección Central de las Sociedades Obreras de Barcelona, formada por sociedades de distintas profesiones, que hicieron pública una llamada “a los obreros de Cataluña”, convocando la celebración de un congreso obrero que se celebraría en diciembre de 1868 en Barcelona, donde estarían representadas un total de 61 sociedades. En aquel congreso se acordó apoyar la instauración de una República Federal, la participación de la clase obrera en las elecciones y al cooperativismo, y a la publicación del periódico La Federación, que llegaría a ser el periódico internacionalista más relevante de España, acordándose también la creación de comisiones mixtas de patronos y obreros en las que se tratarían sus reivindicaciones. (Tormo: 13)

Giuseppe Fanelli da pie, el 24 de enero de 1869, a la creación de la AIT en Madrid, que en 1872 acabará expulsando a la federación madrileña, de tendencia marxista, y que finalmente será el germen del PSOE y de la UGT.

Alcoy se convirtió en la segunda federación en número de afiliados de toda España, siendo superada tan sólo por Barcelona. La Comisión Federal celebraría en Alcoy, cuatro años más tarde, su primera sesión el siete de enero de 1873.

A partir de este momento se denota un importante activismo revolucionario:

El 21 de marzo hubo una gran manifestación en Barcelona, al frente de la cual iba Pascual Madoz, en protesta por las políticas aduaneras.
El 21 de diciembre de 1869 se publica el primer Manifiesto de los Trabajadores internacionales de la sección de Madrid a los trabajadores de toda España, en el que entre otros asuntos se señalaba: 
La república federal, como forma política, es a nuestro entender la menos mala de todas las formas de gobierno; pero, entendedlo bien, bajo el punto de vista político. La república federal deja a todos los ciudadanos que tienen medios, por otro nombre capital, una esfera más ancha donde poder desarrollar su actividad absorbente, pero es igualmente impotente, como lo son todos, absolutamente todos los sistemas políticos, para resolver el problema de nuestra emancipación. Poco conseguiría el pobre pajarillo, preso en estrecha jaula, con tener delante de su vista un dilatado espacio: dejadle en cambio sólo el sitio para salir y él se extenderá hasta escalar las nubes.
En el verano de 1870 se organiza el Primer Congreso Obrero Español en Barcelona y se crea la Federación Regional Española de la AIT.
El Congreso de la Primera Internacional se inició el 19 de junio (de 1870) en el teatro del Circo de Barcelona, siendo inaugurado el comicio por Rafael Farga y Pellicer en nombre del Centro Federal de Sociedades Obreras, pronunciándose Farga en contra del imperio del capital, del Estado y de la Iglesia, y a favor del desarrollo de la Anarquía y la libre Federación de libreas asociaciones obreras. Al congreso asistió un centenar de delegaciones de Andalucía, Valencia, Aragón Castilla y Cataluña. (Tormo: 16)
Ya en su primera sesión se acordó la adhesión a la AIT siendo, así, la fecha de  fundación de la Federación Regional Española de la Primera Internacional (FRE).
 “En Cataluña, Valencia y Andalucía continuó prevaleciendo el ideal sindicalista, pero sobre él se sobrepusieron grupos de anarquistas de varias procedencias, dispuestos a liquidar el mundo burgués medíante actos de violencia personal. Entre 1892 y 1897 Barcelona fue teatro de una endémica manifestación terrorista, que mucho antes de la guerra callejera de 1917 a 1922 le dieron triste fama en los anales del subversivismo mundíal. Esta expansión anarquista costó la vida a don Antonio Cánovas, primero de los presidentes del Consejo que había de ser inmolado en el ara de la batalla social.” (Vicens 1997: 66)

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