jueves, 20 de julio de 2017

Siguiendo con la guerra de sucesión (XI)

En estos momentos se editó un manifiesto firmado por D.J.D.C., en el que, a la par de glosar los acontecimientos principales del conflicto y recordar lo impropio de que España contase con un rey francés señalaba un objetivo: “Seamos todos Españoles para el triunfo, ya que somos hermanos en el martirio. Disipad la causa de nuestros tormentos y triunfemos sobre la astucia y malicia de Francia.”

Por su parte, el 29 de diciembre de 1713, el Archiduque “constituyó en Viena el Consejo Supremo de España, integrado por ministros y oficiales españoles en su mayoría. El nuevo organismo tuvo como su principal ámbito de gobierno los territorios de Italia y de los Países Bajos que al finalizar la Guerra de Sucesión pasaron a la Casa de Austria…/… Desde una intencionada continuidad con el sistema político de la Monarquía Hispánica, en el decreto de constitución del Consejo de España se establecía la creación de cuatro Secretarías provinciales correspondientes a Nápoles, Cerdeña, Estado de Milán y Flandes, a las que se sumaron las Secretarías del Sello y de la Presidencia así como la Tesorería, siendo su presidente el arzobispo de Valencia, Antonio Folch de Cardona. El mismo día, el emperador nombró al notario catalán Ramón de Vilana Perlas, marqués de Rialp, Secretario de Estado y del Despacho para los asuntos de Italia y Flandes.”

Los exiliados conformarían un núcleo que desarrollaría una interesante labor, tanto en Viena como en la defensa de los intereses del imperio austriaco, y representarían un apoyo de especial interés para los nuevos exiliados españoles surgidos tras el 11 de Septiembre de 1714 cuando “Felipe V decretó en Hospitalet la salida de todas las familias de castellanos, aragoneses y valencianos que se hallaban en Cataluña por haber seguido el partido de los Aliados y en función de esta orden, se embarcaron más de mil personas.”

Al respecto de este exilio, señala Juan C. Saavedra que “La conquista de Barcelona por las tropas de Felipe V supone el extrañamiento forzoso de España de todos los castellanos, aragoneses y valencianos allí instalados, incrementando considerablemente el número de exiliados, puesto que algunos ya se habían ido acompañando al Archiduque —en 1714 se contabilizaban ya cerca de 242 personas, en su mayor parte instaladas en Italia—. Y aunque en Viena se temía que Felipe V desterrara a muchos españoles para aumentar con ello los problemas del Emperador, precisado a socorrerlos, cuando no facilitando por esta vía la introducción de espías en la Corte Imperial, lo cierto es que, siguiendo a Castellví, su número superó en poco las mil personas.”

Es lugar común en quién trata la contienda que finalizó el 11 de septiembre de 1714 acusar a Felipe V de intransigente y vengativo, y sin pretender rebatir esa idea, debemos señalar con Juan C. Saavedra Zapater que “esto mismo acontecerá en los reinos de la Corona de Aragón contra los súbditos leales a la causa borbónica.” 

Señala Juan C. Saavedra que “la persecución de los partidarios del Archiduque no se limitó a destierros, encarcelamientos o suspensiones de empleos y salarios, ya que los más comprometidos políticamente vieron además sus haciendas confiscadas. En 1721, cuando ya se habían devuelto algunas propiedades a sus titulares, la Contaduría General de Bienes Confiscados valoraba los secuestros realizados en Castilla entre 1706 y 1710 en 2.931.359 reales de vellón, suma bastante superior al valor de los bienes embargados posteriormente a los súbditos desafectos de Aragón, Valencia y Cataluña evaluados en conjunto en 1.735.807 reales de vellón.”

Sin duda podemos hablar de falta de generosidad y de altura de miras por parte de Felipe V, que se arrogó derechos de conquista para implantar los decretos de Nueva Planta; sin embargo también hay que señalar que por decreto de 12 de julio de 1715, Felipe V concedía el perdón a las mujeres que se habían significado como austracistas, y de hecho, la mayoría de replesaliados “volvió a sus casas después de la rendición de Barcelona, como el notario Melchor Morales, que estuvo encarcelado en la torre de Serranos y desterrado en 1709, pero en 1715 se hallaba ya en Valencia como escribano público, o Francisco Nicolau, al cual en 1716 se le concedió licencia para poder regresar a Valencia y su hijo Francisco fue después oficial del ejército borbónico.”   Podemos pensar también en Rafael de Casanovas, que acabó sus días ejerciendo su profesión de notario en San Baudilio de Llobregat, el 2 de Mayo de 1743.

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