viernes, 25 de agosto de 2017

EL MANDO POLÍTICO MILITAR EN CUBA DURANTE EL SIGLO XIX (III)


Era el 23 de septiembre de 1853 cuando a Cañedo lo sucedió en el mando Juan de la Pezuela, que de inmediato catalizó las enemistades de los esclavistas y de los Estados Unidos, donde los anexionistas proponían el bloqueo de la isla.



La inoperatividad del gobierno al respecto fue la ya conocida, por lo que actuación  resultó la ya conocida: ninguna. Ante semejante situación fue Pezuela quién tomó la iniciativa de una forma singular, y a todas luces acorde con lo que de él esperaba el gobierno: El 22 de marzo de 1854, amnistió a todo el que hubiese tomado parte en conspiraciones, rebeliones o invasiones, lo que le concitó la enemistad del pueblo, ocasionando con ello un forzado relevo en el mando, que se llevaría a efecto cuatro meses más tarde.

Pero el relevo no comportaría el nombramiento de un general que satisficiese las aspiraciones del pueblo. El 1 de Agosto de 1854, curiosamente, sería sustituido por el mismo que había ostentado el mando hasta marzo de 1852. Nuevamente la comandancia superior de la Isla, fue otorgada a José de la Concha, que fue recibido con general alborozo por los esclavistas, principales promotores del anexionismo usense.

Y es que la experiencia señalaba que la actuación de De la Concha no sería contraria a  la política de Pezuela, cuya amnistía

había permitido volver a los antiguos conspiradores, que lejos de retraerse en sus maquinaciones, eran un elemento más de simpatía y aun seguridad para un próximo porvenir en el que con la más profunda convicción confiaban, considerando importantes factores el poco lisonjero estado político de España por sus pronunciamientos y el apoyo de los Estados-Unidos. (Pirala 1895: 114)

En la península los gobiernos se estaban sucediendo velozmente. No era nada nuevo; tras la muerte del rey felón, se habían sucedido varios periodos marcados por distintas tendencias del mismo monstruo que desde 1808 venía señoreándose de España. El periodo liberal había copado el gobierno desde 1833 hasta 1836; la regencia de Espartero, desde 1840 hasta 1843; la transición, desde 1843 hasta 1844; la década moderada desde 1844 hasta 1854, y el bienio progresista ocuparía del año 1854 hasta 1856.

Convulsiones de todo tipo y color estaban marcando la vida en la península. Ninguna actuación podía alcanzar el título de encomiable, y con el bienio progresista, con Espartero nuevamente a la cabeza, la cuestión sólo podía empeorar. Llevaron a cabo una nueva desamortización, la de Madoz, y sacaron adelante la ley de ferrocarriles, todo en medio de convulsiones  que acarrearían la dimisión de Espartero.

En estos momentos, el desprestigio de la corona alcanzaba sus mayores cotas; la milicia nacional amedrentaba a quienes no se declaraban adictos al sistema, y conspiraciones perpetuas adornaban la situación.

Todas estas circunstancias no sucedían sin que tuviesen reflejo en todas las partes de la Patria; así,

La situación política por que atravesaba la Península, alentó a los que consideraban necesario para la pacífica conservación de la Isla conceder, si no todas las reformas que los emancipadores pedían, las que juzgaban indispensables al menos; y estas aspiraciones que podían presentarse sin peligro, fueron causa de la creación de un partido de reformistas, en el que no todos procedían con la mejor buena fe: en él cabían hasta los mayores enemigos de la integridad española, y creían muchos que había medio de ir obteniendo poco a poco lo que otros de una vez deseaban. Insulares y peninsulares dirigiendo juntos sendas exposiciones a la reina y a las Cortes para reorganizar la administración civil y económica, la municipal y los aranceles, y que hiciera el gobierno, si no todo, parte de lo que los emancipadores pretendían. (Pirala 1895: 123)

Para mejor comprensión de la situación, debe tenerse muy en cuenta que el juicio precedente está emitido por un siervo del sistema liberal, buen analista, pero siervo del sistema, lo que si cabe, da mas verosimilitud a lo que refleja.

Estaba meridianamente claro a qué obedecían aquellas actuaciones; tanto que De la Concha escribía:

Preciso es tener en cuenta que se trata de enemigos activos favorecidos por las simpatías del país, poco a poco alejados de la causa de la metrópoli hacia otro porvenir distinto por los errores de su gobierno. Cierto es que carecen de elementos bastante poderosos para el logro de sus deseos, pero no lo es menos que sin necesidad de escribir en su bandera el lema de anexión a los Estados-Unidos pueden contar con el apoyo y las simpatías de éstos en el momento que consiguieran sostener por más tiempo la guerra civil en la isla. (Pirala 1895: 127)

En el conocimiento exacto de las cosas, el 20 Abril 1856, Concha solicitó y logró el regreso de todos los sujetos sospechosos que había relegado a la Península, a quienes facilitó empleos públicos, al tiempo que no facilitaba el apoyo solicitado por Costa Rica para expulsar al filibustero Walter, todo lo cual significó alabanzas por parte de la prensa usense. Paralelamente, crecía desorbitadamente el bandolerismo.

Teniendo en cuenta todos esos condicionantes cabe preguntarse a quién servía De la Concha, y a quién servía el gobierno y la corona.

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