martes, 8 de agosto de 2017

INTERESES EXTRANJEROS EN EL DESARROLLO DE LAS GUERRAS CARLISTAS (1)



INTERESES EXTRANJEROS EN EL DESARROLLO DE LAS GUERRAS CARLISTAS


A partir de finales del siglo XVIII, la política de España estuvo hipotecada en manos de los gobiernos francés y, preferentemente, inglés. Este hecho supuso una dependencia total de París y Londres.

Las relaciones comerciales entre España e lnglaterra se desarrollaron durante todo el siglo XIX bajo el signo de las presiones agresivas de ésta última para conseguir tratados comerciales y liberación arancelaria (Nadal: 188)



En este contexto, el 18 de Octubre de 1830, y animado por la revolución del mes de julio en Francia, se produjo el pronunciamiento del general Francisco Espoz y Mina, gestado en Francia y en Inglaterra, y que fracasó a manos del general Llauder.

Tres años más tarde, en 1833, el embajador británico en Madrid, Jorge Villiers, realizaría una función esencial en la defensa de los intereses británicos:

Las razones aparecen claras: por una parte el acceso de la burguesía liberal al poder y concretamente de ministros dispuestos a realizar concesiones a Gran Bretaña, y por otra la creciente influencia de la diplomacia británica en la política española sobre todo en función de la guerra carlista que obligó al gobiemo español a obtener ayuda y crédito de Londres. (Nadal : 191)

No obstante, en estos momentos, el gabinete de Cea Bermúdez defendía la causa de D. Miguel en Portugal, mientras Inglaterra apoyaba la causa de María de la Gloria, motivo por el cual,
Gran Bretaña interviene en el pleito portugués con tal decisión que, sin participar abiertamente en la guerra contra don Miguel, hace entender a Cea Bermúdez que su política portuguesa estaba llamada al fracaso, pues estaba dispuesto a utilizar la bayoneta, una vez comprobada la ineficacia de la pluma. (Rodríguez 1985: 54)

Finalmente, la política británica consiguió que Cea Bermúdez se apartase del apoyo a don Miguel, y a finales de agosto de 1833, el embajador británico, Addington, pudo señalar que la política de España estaba distanciándose de don Miguel.

En el asunto no andaba lejos Juan Álvarez Mendizábal, quién en su estancia en Londres supo coordinar las aspiraciones de los británicos con las de don Pedro, quién organizó la campaña a las órdenes de Inglaterra. Así lo reconoce la misma reina María de la Gloria en carta remitida a Mendizábal el 17 de agosto de 1835 por la que le concede la gran Cruz de la orden de la Torre y Espada, en la que dice:

Considerando que a vuestros incansables esfuerzos, a vuestro talento y celo por el restablecimiento de la carta constitucional para el bien de esta nación, se debe en muy gran parte al apresto de la escuadra y de la expedición que salió de los puertos de Inglaterra, que se reunió en Belle-Ille y de allí partió capitaneada por mi augusto padre, de feliz memoria… (Pirala 1868 II: 270)

Mientras tanto, y en relación con la guerra dinástica que estaba asolando España, la actuación de las potencias europeas, como no podía esperarse menos, era ambivalente. Lo que resulta curioso es comprobar que esa actuación es comprendida y aplaudida por las propias víctimas, como se hacía en aquellos mismos momentos, tal vez, por algún agente británico que, son siempre quienes encuentran justificación a las acciones llevadas a cabo contra España.

En ese orden, F. Cabello señala que

Los comerciantes ingleses y franceses se dice, vendían armas y vestuarios a los Carlistas y a los liberales. Sus Gobiernos debieron castigarlos; de otro modo probaban con su conducta, que lo que querían era esquilmar a los combatientes, fomentando sus fábricas y enriqueciendo a sus mercaderes. Los que esto decían pudieron considerar, que el estado floreciente de esas Naciones se debe, mas que a todo, a la libertad de su comercio, y a la seguridad que tienen los fabricantes de que nunca, ni por nadie les será impedida la venta de sus productos; y que por muy amigos nuestros que fueran esos Gobiernos, lo eran mas de sus súbditos, cuya felicidad debían procurar, como la procuraríamos los Españoles, y como la procuran todos los hombres amantes de su patria. Pensar que los Ingleses y Franceses habían de defender nuestros derechos con grave perjuicio de sus intereses, es una tontería; decir que no hicieron en la guerra lo que puede esperarse de leales aliados, es una ingratitud ¡Ojalá que nunca necesitemos mediación de extranjeros para arreglar o transigir nuestras disensiones interiores, si por desgracia las tenemos! Pero ojalá también, que si la llegamos a necesitar, la hallemos siempre tan cordial como nos la han prestado en la pasada guerra las tres Naciones que contrataron con la España la Cuádruple Alianza. (Cabello 1846 II: 214)

0 comentarios :

 
;