miércoles, 30 de agosto de 2017

La Justicia en la Inquisición (III)

Debemos convenir que, comparando las estadísticas de condenas inquisitoriales con las sentencias de otros tribunales, la Inquisición acaba mostrando la faceta más humana, y en los capítulos más feroces nos encontramos con realidades como que “de las 200 causas de fe que por mahometanismo yo tengo catalogadas para el siglo XVI en Canarias, cerca de la mitad (97) acaban en quema de efigie. Tal cifra es forzosamente significativa.”

Contrariamente a lo que la Ilustración ha difundido a lo largo de los siglos, la Inquisición, “se convirtió en el más benévolo tribunal de toda Europa. A lo mucho, sentenció a muerte a 60 personas durante todo el siglo XVI, algo admirable en una época en que la gente podía ser condenada a muerte por crímenes triviales y cuando otras naciones quemaban en la hoguera a decenas de miles de mujeres inocentes acusadas de practicar la brujería. Inglaterra, bajo las reinas María e Isabel I, ejecutaron a más de 400 herejes de la forma más cruel imaginable, y excesos semejantes tuvieron lugar a lo largo y ancho de la Europa católica y protestante. Los extensos archivos de la Inquisición muestran que de las más de 7000 personas que fueron llevadas ante su tribunal en Valencia, sólo 2% fueron torturadas y sólo durante 15 minutos cada uno. Esto era una nonada en comparación con las doncellas de hiero, el potro de tortura, los azotes y la rueda aplastadora usada por los sistemas judiciales usados en los primeros años en la mayoría de las naciones modernas. Sin embargo la imaginación popular asocia irrevocablemente a la Inquisición española con verdugos encapuchados, torturas sádicas y malolientes calabozos. ¿Por qué ha sido España tan maltratada por la historia cuando otras naciones han sido mucho peores?”

El porqué no lo vamos a aventurar; nos limitaremos a señalar citas que dejan en el mayor de los ridículos a quienes se aferran al espíritu ilustrado, anti-español y anti-inquisitorial. Estudiosos que conocieron en primera persona, como hoy podemos conocer el Tribunal Constitucional, afirmaban, como mínimo con la misma credibilidad que se le pueda dar a Llorente: “Haya yo dicho y hecho contra la Religión cuanto pueda hacerse y decirse; si volviendo en mí me presento en el tribunal á hacer una sincera confesión de mi culpa, mi culpa se perdona; la penitencia que por ella se me impone es casi la misma que se me impondría en el tribunal de la penitencia; tanto mi confesión como su remedio se sepulta en un profundo secreto, y se me deja continuar en el goce de una reputación que tan digno he sido de perder.”  Eso mismo parece deducirse del análisis de los documentos inquisitoriales casi dos siglos después de su supresión.

Y es que, como venimos afirmando, nada más lejos del espíritu de la Inquisición que el oscurantismo o la imposición. Así, la minuciosidad que se encontraba presente a la hora de proceder a investigar un caso se encontraba presente en todo el proceso, incluida, por supuesto, la sentencia donde, “examinada la defensa del acusado, se procedía a la votación del caso. En ella intervenían, además de los inquisidores, los consultores y el obispo del lugar. El veredicto debía atenerse a lo previsto en las Instrucciones, las cuales dividían a los reos en tres clases: confitentes, que eran admitidos a reconciliación y a los que se imponían algunas penas; pertinaces, que eran relajados al brazo secular, lo que implicaba la pena de muerte, y semiplenamente convictos, que debían abjurar o retractarse de vehementi, cuando eran gravemente sospechosos de herejía, o de levi, cuando sólo lo eran levemente. El reo tenía la posibilidad de suplicar de la sentencia, lo que implicaba la revisión por parte del tribunal. También podía apelar a la Suprema. Estas últimas apelaciones, aunque limitadas, se dieron en algunos casos.”

Pero es que la voluntad de perdón parece que era tan manifiesta que escritores manifiestamente antiinquisitoriales, como Ildefonso Falcones, dejan una clara muestra de la actuación de la Inquisición cuando en su novela hace recapacitar a alguien que quería castigar a un tercero entregándolo a la Inquisición: “¿Qué satisfacción obtendrás  si es la Inquisición quien lo castiga? Se arrepentirá como hacen todos estos cobardes, se reconciliará y le condenarán simplemente a sambenito.” 

Extremo que, fuera de la novela y centrado en el carácter estricto de dato histórico  nos hace constatar que “Con bastante frecuencia observamos casos en los que simplemente se ((reprehende)) al acusado."  De hecho, es de suponer que la mayoría de sentencias debían ser como las ordenadas en el Tribunal de Lima, en las que prima: “que el reo hiciese decir dos misas por la conversión de los indios y por las ánimas del purgatorio y que oyese una de ellas, y rezase y se encomendase a Dios”  Penitencias de este tenor son relatadas en abundancia en la obra citada.

Pero es que, para una mayor garantía jurídica, los inquisidores, “recibidas las conclusiones, no dictaban la sentencia, sino que lo entregaban a la junta de asesores, quienes lo examinaban, veían si había sido correctamente instruido y deliberaban sobre la inocencia o culpabilidad. A veces, el veredicto de la junta requería una serie de pruebas antes de emitir el fallo definitivo, tal como la “compurgación”.

 Las sentencias eran leídas y ejecutadas en público en los denominados autos de fe, instrumento inquisitorial para el control religioso de la población.

En cualquier caso, “la sentencia de los inquisidores obedece a la contundencia de las pruebas de culpabilidad o, en su defecto, a la tardanza y grado de obstinación antes de obtenerse la confesión.”

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