viernes, 4 de agosto de 2017

LA PERSECUCIÓN RELIGIOSA EN EL SIGLO XIX (I)

Con la incorporación de Maria Cristina como regente dió comienzo una de las aspiraciones que el liberalismo venía acariciando durante décadas: la persecución religiosa, que si tuvo manifestaciones de carácter económico, como las desamortizaciones, también tuvo manifestaciones de estricto carácter destructivo... y criminal.



Para llevarla a cabo promovieron una insurrección liberal que acarreó una feroz persecución religiosa, que se alargará hasta 1836. La excusa aducida por los liberales para acometer estas acciones criminales, imitando las persecuciones que durante la Edad Medía se llevaron contra los judíos,  era que los culpables de la epidemia de cólera que se venía sufriendo había sido provocada por la acción combinada de frailes y carlistas, que supuestamente habían envenenado las aguas. Como consecuencia de las revueltas, perfectamengte organizadas para este fin, Maria Cristina destituyó a Martínez de la Rosa y nombró primer ministro a Mendizábal.

En el curso de esta sublevación, entre los años 1834 y 1835 se produjo una directa persecución que conllevó la quema de conventos y la matanza de frailes. . Así, en Madrid, el día 17 de Julio de 1834 una horda asaltó los principales conventos, asesinando a los frailes que los habitaban.

Un año después seguía la persecución. La muerte de cinco milicianos liberales por los carlistas, en enfrentamiento acaecido el día 22 de julio de 1835 fue la excusa idónea que provocó en Reus la quema de conventos y la muerte de 20 frailes. Este hecho, añadido al descontento por una mala corrida de toros, ocasionará el 25 del mismo mes una bullanga (revuelta) anticarlista en Barcelona, con el resultado de dieciséis frailes asesinados. Se quemó el convento de los Carmelitas descalzos; luego el de los calzados, y luego se siguió con otros, hasta un total de seis conventos. Las algaradas tomarían nuevos bríos el día 27, extendiéndose los alborotos e incendios hasta Sabadell, Manresa, Mataró, Arenys, Igualada, Granollers...

El espíritu de destrucción se extendió a muchos otros pueblos. Otros motines anticlericales más importantes tuvieron lugar en Zaragoza, siendo que durante los miemos fueron asaltados numerosos conventos y monasterios y resultaron muertos setenta miembros del clero regular y ocho sacerdotes, lo que trajo a la memoria lo ocurrido un año antes en la matanza de frailes acaecida en Madrid en 1834.

En Mallorca se clausuraron todos los conventos.

No serían las únicas revueltas. No obstante, en la bullanga de principios de agosto los moderados, que habían sido parte en las anteriores revueltas, se mantuvieron al margen y fue impulsada por los progresistas y por los radicales, acabando con el asesinato del general Bassa y con el incendio de la fábrica Bonaplata de Barcelona, que casualmente era una seria competencia de la industria británica.

Los desmanes y excesos cometidos contra la religión coincidían en el tiempo con una sucesión de éxitos militares de los apostólicos. Parece evidente la relación de éstos hechos con las derrotas sufridas en el campo de batalla. A estos éxitos carlistas, los liberales respondían con la persecución religiosa.

Paralelamente a las derrotas detalladas, en el verano de 1835 en Madrid, los amotinados ocuparon los principales puntos de la villa, procediendo al asesinato de 80 frailes acusados de ser los responsables de la epidemia de cólera de 1834 y finalmente envían una petición a María Cristina: reunión de Cortes, libertad de prensa, nueva ley electoral, extinción del clero regular y reorganización de la milicia nacional.

La propaganda liberal proclamaba:

Apenas se descubrió una conspiración en que no hubiera canónigos y frailes. Cada cuaresma era una crisis para la causa de Isabel II. Los obispos y cabildos hacían cuestaciones públicas para enviar fondos a Oñate. Los frailes predicaban en la Península como podrían hacerlo hace dos siglos en Cebú y en Panamá, y las autoridades no se atrevían con ellos. (Cabello 1846: 69)

La persecución religiosa estaba en vigor. No obstante, llegada la Semana Santa, no llegaron a prohibirse las procesiones, que fueron vigiladas por tropas regulares.

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