domingo, 10 de septiembre de 2017

Anotaciones para un estudio del priscilianismo (11)

Estas doctrinas podían armonizarse con las enseñanzas de la Escritura sólo mediante un extraño sistema de exégesis, en el cual se rechazaba por completo el sentido literal y una teoría igualmente extraña de la inspiración personal. Aceptaban el Antiguo Testamento, pero rechazaban el relato de la creación. Reconocían como genuinos e inspirados algunos escritos apócrifos. La ética del dualismo priscilianista con su pobre concepto de la naturaleza dio origen a un indecente sistema ascético así como a algunas observancias litúrgicas peculiares, tales como el ayuno los domingos y el día de Navidad. Puesto que sus doctrinas eran esotéricas y exotéricas y puesto que creían que los hombres en general eran incapaces de entender los más altos caminos, a los priscilianistas, o al menos a los iluminados, se les permitía mentir en aras de una finalidad más santa. Fue debido precisamente a que era probable que estas enseñanzas escandalizaran incluso a los fieles, que Agustín escribió su famosa obra “De mendacio”. (Sobre la Mentira).

Desde un punto de vista doctrinal parece ser que el priscilianismo confundía las tres personas divinas, alineándose en posiciones sabelianas. Ésta fue realmente la acusación más grave y frecuente, tanto de los cánones conciliares de los siglos y como de los antiguos heresiólogo.

Cristológicamente el priscilianismo, lo mismo que el apolinarismo, apreciaba la realidad divina del alma de Cristo. Más aún, parece ser que consideraba el alma humana como de substancia divina. En línea con esta concepción, encontró un puesto en este movimiento una tendencia encratita, expresada en un desprecio altanero del mundo material, en las reiteradas invitaciones al ayuno y en la abstinencia absoluta
del matrimonio y de la generación.

Los rasgos más sobresalientes de su comportamiento son un notable radicalismo ascético con exhortaciones al abandono de las cosas mundanas, la renuncia a la carne y al vino, la virginidad a ultranza, la consideración de igualdad entre el hombre y la mujer y una condena tajante al lujo y al poder secularizado de los obispos.

Todo esto lo confirma por cierto libro, titulado Memorias de los Apóstoles, en donde parece que el Salvador, interrogado en secreto por sus discípulos sobre el sentido de la parábola evangélica del sembrador que salió a sembrar, no fue un buen sembrador.

Afirma que, si hubiera sido bueno, no hubiera sido negligente, no hubiera sembrado a la vera del camino, o en tierra pedregosa o no preparada , queriendo dar a entender que este sembrador es el que distribuye las almas cautivas en diversos cuerpos, según su voluntad. También en ese mismo libro se dicen muchas cosas del príncipe del agua y del príncipe del fuego, queriendo dar a entender que en este mundo muchas cosas
buenas se hacen por artificio y no por el poder de Dios. Asimismo, dice que Dios, queriendo dar la lluvia a los hombres, mostró al príncipe del agua la luz, como si fuera una virgen, el cual, deseando adueñarse de ella, se excitó tanto que, empapado de sudor, él mismo se convirtió en agua y quedó privado de la misma, provocando truenos con su estrépito. Una sola palabra decía de la Trinidad: afirmaba la unión sin existencia o
propiedad, y enseñaba, suprimida la partícula et, que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo eran un solo Cristo.

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