viernes, 29 de septiembre de 2017

EL ANEXIONISMO ANGLO-USENSE (III)


España, no obstante estar sometida a Inglaterra, seguía marcando la diferencia en este sentido; así,

El 10 de octubre de 1864, España y China firmaron su primer Tratado de Amistad y Navegación, dando pie a la primera legación española en Beijing y, también, a una regulación de la emigración de chinos a Filipinas donde las autoridades Q’ing consiguieron por primera vez cláusulas que soslayaban algunas de las desigualdades de los tratados con Occidente: España, por ejemplo, aceptó que los chinos en Filipinas pudieran contratar a súbditos españoles. (Rodao 2010: 4)



Esa actuación, siendo aplicada por Inglaterra en Oriente, no era extraña para España, puesto que contra ella seguían actuando sin que por parte de España hubiese respuesta alguna. La labor de zapa que durante siglos había llevado Inglaterra contra España estaba tomando cuerpo ahora, cuando la Inglaterra americana, que en eso se convirtió EEUU al independizarse (y esto es reconocimiento de algo equiparable a virtud y no a vicio), entraba en funcionamiento contra España.

En ese orden, en el de la defensa de los intereses británicos, se movían los EEUU, y tras llevar a efecto los grandes genocidios en su territorio, y tras haber usurpado la mitad de la Nueva España, se marcaban nuevas metas; así, ya el 27 de abril de 1809 escribiría Jefferson al entonces presidente usense Madison:

Aunque con alguna dificultad consentirá (el Rey citado) también en que se agregue Cuba a nuestra Unión... Entonces yo haría levantar en la parte más  remota, al Sur de la Isla, una columna que llevase la inscripción Non plus ultra  como para indicar que allí estaba el límite de donde no podía pasarse de nuestras adquisiciones en ese rumbo. (González 1903: 28)

Señalaban los usenses, sin rubor, su intención de anexionarse Cuba mientras Fernando VII y su cohorte se limitaban a bailarle las gracias a Napoleón. Pocos meses después, el embajador en Washington, Luis de Onís, con fecha 10 de Octubre de 1809 escribió al Virrey en México Sr. Venegas:

Cada día se desarrollan más y más las ideas ambiciosas de esta República confirmando sus miras hostiles contra España. V. E. sabe  por mi correspondencia que este Gobierno se ha propuesto nada menos que fijar sus límites en la embocadura del Río Bravo siguiendo su curso hasta el grado 30 y de allí tirar una recta hasta el Pacífico tomando por consiguiente las  provincias de Texas, Nuevo Santander, Cohahuilla, Nuevo Méjico, y parte de las provincias de nueva Vizcaya y de la Sonora. Parecerá este proyecto un delirio a toda persona sensata, pero no es menos cierto que el proyecto existe y que se ha levantado un plano de dichas provincias incluyendo también en dichos límites la isla de Cuba, como parte  natural de la República. (González 1903: 28)

Evidentemente, el proyecto existía, y su cumplimiento también sería llevado a efecto. En el continente no sería ya España la humillada, sino el México creado por los agentes británicos.

Pero ya se diferenciaban dos frentes; el de México llevaría su curso. El del Caribe, el suyo. Lo que queda manifiesto es que el anexionismo británico era ya manifiesto en estas fechas.

Desde 1822 vienen trabajando los estadistas norteamericanos para conseguir, mediante compra, la anexión de Cuba a los Estados-Unidos. Los presidentes Adams, Clay y Monroe, ya en aquella fecha habían ponderado la conveniencia de esa adquisición. (Patriota 1899)

En ese sentido, en 1822, el embajador usense en Madrid escribía a su gobierno:

Las islas de Cuba y Puerto-Rico, dependen todavía de España, y sólo España puede transferir su posesión; Cuba y Puerto-Rico, por su posición y dependencias naturales en el Continente norte-americano, y en particular Cuba, que casi se descubre desde nuestras playas, ha llegado a ser para los intereses de la Unión americana, tanto mercantiles como políticos, un objeto de importancia trascendental. Su posición dominante con referencia al golfo de Méjico y mares occidentales; el carácter de la población; su situación a medio camino de nuestra costa meridional y la isla de Santo Domingo; su seguro y extenso puerto de La Habana, enfrente de una larga línea de nuestras costas que carecen de la misma ventaja; la naturaleza de sus producciones y necesidades, suministrando los productos y exigiendo los retornos de un comercio inmensamente beneficioso, le dan una importancia de primer orden, sin comparación, y un interés poco inferior al que une los diferentes miembros de la Unión Americana a un mismo cuerpo. Tales, en verdad, son los intereses de aquella Isla y este país, las relaciones geográficas, comerciales, morales, políticas, formadas por la naturaleza, reuniéndose en el progreso del tiempo y aun en el día la probabilidad de que, visto lo que ha pasado en medio siglo, los acontecimientos producirán el que la anexión de Cuba a nuestra República federal, sea indispensable para la continuación o integridad de la misma Unión. Ciertamente que para estos sucesos no estamos todavía preparados pero hay leyes de gravitación política tanto como física, y si una manzana separada por la tempestad de su árbol nativo no puede sino caer al suelo en virtud de la ley de gravedad, así Cuba desunida por la fuerza de su propia conexión con España, e incapaz de mantenerse por sí sola, ha de gravitar solamente sobre la Unión norteamericana, la cual por la misma ley de la naturaleza, no puede rechazarla de su seno. —Inglaterra, antes de la emancipación de la esclavitud en sus colonias, deseaba la posesión de Cuba para imperar en el golfo de Méjico. Era política americana no permitir que pasase a manos de ninguna gran potencia marítima mientras se conviniera que España poseyera esta Isla: en 1826 se anunció oficialmente a Francia, que los Estados-Unidos no verían con indiferencia que Puerto-Rico y Cuba pasaran de España a poder de otra potencia, y al mismo tiempo intervinieron con Méjico y Colombia para suspender una expedición que estas repúblicas preparaban contra aquellas islas. Aun en este período los Estados-Unidos declararon explícitamente a España que no entrarían en compromiso alguno de garantía que no estuviese de acuerdo con sus reglas establecidas de política exterior». (Pirala 1895: 772-773)

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