miércoles, 27 de septiembre de 2017

EL EJÉRCITO EN LAS ANTILLAS Y FILIPINAS DURANTE EL SIGLO XIX (III)


Todo hace indicar que el objetivo del gobierno era crear el sentimiento generalizado de incompetencia; el sentimiento de que España era inviable, y que los españoles eran incapaces de cualquier menester. Cualquiera que no fuese español sabría arreglárselas con lo que el gobierno español daba a sus soldados... Cualquiera, menos sus soldados, sabría arreglárselas con lo que sus soldados recibían…



La comida de la tropa consistía en 200 gramos de arroz, 100 de tocino y 400 de galletas, más algo de café, vino o aguardiente. El soldado cargaba en la marcha con un saco que contenía de cuatro a seis raciones. En campaña comía sopa de arroz con grasa de tocino, algunas galletas, tanto en la comida como en la cena. La lluvia, la ruptura de saco, etc. disminuía muchas veces esta ración, ya de por si escasa y poco nutritiva, en ocasiones hasta en un cincuenta por ciento. Con esta alimentación insuficiente la salud de los soldados peninsulares se volvía frágil y quebradiza, siempre al borde de la anemia, y, dado los grandes esfuerzos físicos que se les pedía en ocasiones, no resulta extraño que fuesen un vivero de enfermedades. Una rozadura o una llaga se convertía en una herida que tardaba meses en curar. Las fiebres y calenturas aumentaban todos estos problemas, siendo las entradas en hospital de 3.000 diarias. Los lazaretos, abandonados y mal atendidos, en vez de curar terminaban por matar a la tropa. Todo esto contribuía a la desmoralización de las unidades. (Togores 2010: 341)

Para rematar la jugada, las estrategias militares resultaban un fracaso… Y los culpables… los soldados, el pueblo español.

Gobernaba desde el 18 de Abril de 1873 en Cuba el General Cándido Pieltaín, con la consigna de  implantar las ideas del nuevo régimen republicano. Ya no contaba con los exiguos 8350 soldados alistados en 1868.

A su llegada, el Ejercito Español en Cuba contaba con 54.000 hombres, estando un tercio de los mismos enfermos y siendo muchos de los disponibles inoperativos por los vicios de la organización. Contaba también con más de 57.000 Voluntarios y algunos milicianos. Muchos de los soldados habían cumplido ya su tiempo en filas sin haber sido devueltos a España cuando les correspondía, lo que acentuaba el cansancio y la desmoralización entre la tropa. Pieltain pidió, nada más llegar, refuerzos a Madrid para devolver a España 8.000 hombres que habían cumplido, licenció en la misma Cuba a 2.000 que tenían que haberse licenciado entre 1869 y 1870, hacia más de tres años. (Togores 2010: 340)

Todo coadyuvaba la desmoralización general mientras por estas fechas, destacaba en sus acciones separatistas Henry Reeves “El Inglesito”, que moriría en combate el 4 de agosto de 1874.

Para el aporte de soldados a Cuba, la Constitución Española de 30 de junio de 1876, establecería en su artículo 3º que el servicio militar era obligatorio para todos los españoles con una duración de tres años tras los cuales se pasaba a la situación de reserva activa.

El desmontaje de España pasaba evidentemente por Cuba y por la desmoralización, y para ello, el propio gobierno español sembraba la idea de que el pueblo español era incapaz de crear, de inventar… pero en 1884, Isaac Peral casi desbarata la acción de desmantelamiento que con tanto éxito estaban llevando a efecto los agentes británicos. De evitarlo se encargó con maestría el gobierno.

Pero para el ejército de tierra no había surgido un acontecimiento tan llamativo, y el gobierno se limitaba a enviar enormes contingentes de personal sin atender previamente su preparación, reinando en su organización un desbarajuste de difícil justificación. Así, en Cuba,

en las operaciones realizadas en Las Villas, por ejemplo, durante la tercera decena de Diciembre de 1897, se dieron las siguientes irregularidades que se advertirán muy a menudo, cuando se publique la historia de aquella lucha: se concertaron con tan poco sigilo los planes de operaciones, que tres o cuatro días antes de que se ejecutaran, eran conocidos del enemigo; se dejó a éste libre de toda acción militar, una extensión de más de cinco leguas, sin duda para que pudiera retirarse, en el caso de que fuese hallado y batido; se libró un pequeño combate entre las fuerzas que rodeaban al general y veinticinco hombres que acompañaban al coronel jefe de la columna de Burgos, todos al servicio de España, y, por último, se volvieron las tropas a Cumanayagua dando por terminadas las operaciones, que no dieron otro resultado positivo que originar molestias a aquella parte del ejército, puesto que no se encontró ninguna fuerza separatista. (Isern 1899: 269-270)

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