viernes, 22 de septiembre de 2017

España bajo el Islam (16)

El adopcionismo pretendía que Jesús era un simple ser humano elevado a una dignidad similar a la de Dios después de su muerte; principio que, a la postre no hacía sino abonar la doctrina musulmana. En el siglo VIII en los sínodos de Fráncfurt y Roma fue condenado como herejía definitivamente.

Si beato de Liébana fue responsable principal de la condena del adopcionismo, también lo fue de la “invención” del sepulcro de Santiago, descubierto el año 813.

Dice Claudio Sánchez Albornoz que suele imaginarse una España musulmana habitada por árabes y moros que cambiaron la faz cultural y económica de la Península, y cuyo vencimiento y expulsión costó a los españoles una caída vertical a simas profundas de incultura y de pobreza. Pero es el caso que la aportación sanguínea oriental o africana fue mínima y no alteró las facies étnica de España. Los miles de hombres que vinieron desde oriente o desde África se disolvieron pronto entre los millones de habitantes de la península. Los más de los califas fueron rubios y de tez clara, como sus madres, la mayoría esclavas españolas.

Eran muy prolíficos, destacando entre todos ellos Abderramán II, que tuvo 87 hijos; el segundo en esta escala fue Mohammad, que tuvo 54 hijos; el tercero Al Hakam I, que tuvo 40 hijos, y el cuarto Abd Allah, que tuvo 24 hijos; Abderramán I, veinte. El resto ya entra dentro de lo que podemos entender como normalidad.

Y también eran dados a la poesía, en concreto Abderramán I, Al Hakam I, Aderramán II, Abd Allah y Abderramán III.

Pero la parte negativa de la poesía la sufría, naturalmente, el pueblo español. Temía la sublevación del pueblo español, en esos momentos mayoritario, y buscaba su colaboración, en la que ponderaba el hábito al orden, a la disciplina y a la obediencia, por lo que prometió guardar los pactos, tantas veces quebrantados. La apostasía creció en el pueblo español, falto de fe y de patriotismo, que con la apostasía recibía tierras y prebendas . La población surgida de estas artes, así como la producto de los matrimonios mixtos serían conocidos como “muladíes”, y conformaría el principal núcleo poblacional de Al-Andalus; núcleo que lo sería también de conflictos, pues al fin, el sentimiento patriótico y cristiano acabaría surgiendo en ellos. Se reproduciría, así, la misma situación que siglos atrás se vivió con el poder visigodo. En ambos casos, el pueblo español quedaba relegado a ciudadanía de segunda; pero en este caso, no existió ningún Leovigildo ni ningún Recaredo que condujese las aguas a sus justos cauces, dependiendo exclusivamente del avance de la Reconquista.

Los muladíes serían los médicos y los maestros; los filósofos y los artistas de los que el poder invasor haría gala, y que sin lugar a dudas procedían de las escuelas españolas de Sevilla, Toledo y Córdoba.

Mientras tanto, el norte español seguía fortaleciéndose… o así. A la muerte de Alfonso I, en 757 fue alzado al trono su hijo Fruela, a quién se tiene por fundador de la ciudad de Oviedo, donde erigió una basílica y que había casado con la alavesa Munia con la que tuvo a quién sería Alfonso II. Su condición áspera y dura, su genio irritable , acarrearían problemas que posibilitarían el estancamiento del reino hasta que reinó su hijo Alfonso II, pero entre ambos reinados pasaron veintiún años.

Fruela llevó adelante una importante labor de repoblación, marcando una frontera segura en el río Miño, y tuvo serios enfrentamientos con el ejército invasor y con sus propios vasallos; tuvo que sofocar una rebelión de los vascones, tras cuya victoria casó con una vascona, Munia. Puso orden en el clero prohibiendo el matrimonio a los clérigos , que venía siendo habitual desde el reinado de Witiza, y en 759 debió sofocar un levantamiento de la nobleza gallega, que se sublevó contra la pragmática dictada sobre el matrimonio de los clérigos.

Murió el año 768, ajusticiado por los suyos como castigo por haber matado a su hermano Vimara que se había aliado con el clero aristocrático. Su sepultura, en la iglesia de San Salvador de Oviedo sería saqueada por las hordas árabes el año 794. Y los relatos de su muerte censuran la de su hermano, en contraste, como señala Sánchez Albornoz, con la historiografía hispano-musulmana, que incluso alaba a veces las violencias crueles de sus emires o califas.  Al fin, un hecho que recuerda la actuación de los visigodos; algo que no había sucedido desde la asonada árabe.

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