martes, 26 de septiembre de 2017

Guerra de secesión de Portugal (12)

El apoyo de las potencias europeas lo obtuvieron el año 1641, cuando la oligarquía portuguesa y las Provincias Unidas firmaron el Tratado de la Haya;  una tregua de diez años que en la práctica no se llevaría a efecto fuera de Europa. Quedaba claro el objetivo perseguido; así, tras el “tratado de paz”, los holandeses tomarían Sao Luis y Maranhao el mismo año 1641, manteniendo su posesión durante tres años. La expulsión definitiva de los holandeses de Brasil costaría 63 toneladas de oro.

“Nada más ser proclamado rey Juan IV, comenzaron las negociaciones con la República. Se acordó una tregua de diez años el 12 de junio de 1641 (que no fue aplicada en Brasil hasta 1642 ni en el Lejano Oriente hasta 1644), y los holandeses enviaron una escuadra para defender a Lisboa de la amenaza de un contraataque español. El comercio empezó a revivir y, con sus beneficios, Portugal fue capaz de financiar una resistencia efectiva contra España y de importar grano para la población de Lisboa.”  Así, en 1658 el ejército portugués puso sitio a Badajoz, centro neurálgico que posibilitaba el paso tanto para conquistar Lisboa como para conquistar Madrid. También este año se perdía Dunquerque.

La sublevación de Portugal entraba dentro de los objetivos buscados por Francia, quien desde 1634 está llevando acciones tendentes a provocar el conflicto. De hecho, “conseguida la independencia, una de las primeras preocupaciones del Duque de Braganza es despachar embajadores que le consigan ayuda de las cortes europeas, singularmente de Francia y Holanda”. Así, en el verano de 1641, “una armada de los tres países citados trató de atacar la flota española frente a Cádiz.” 

“Los enemigos de España se apresuraron a prestar su ayuda al levantamiento portugués. Francia empezó a enviarle socorros en 1641 mientras que en 1642 se concertaba una alianza entre Inglaterra y Portugal. Luis XIV no dejaría de enviar auxilios a los portugueses, ni siquiera tras la firma de la Paz de los Pirineos. Por su parte, el monarca inglés Carlos II, que había vivido largos años en el exilio al amparo de la hospitalidad española acabó concertando su matrimonio con una infanta portuguesa que aportaba una importante dote. Ni a Francia ni a Inglaterra les interesaba que la península volviera a formar un solo bloque, y frente a esta razón, de nada servían amistades ni parentescos regios.”  

Puede decirse, por otra parte, que, aparte la oligarquía portuguesa, pocos más apostaban por lo que acabó ocurriendo; pocos más se encontraban interesados en que ocurriese, salvo, naturalmente, las potencias europeas, enemigas de España. Tan pocos eran los partidarios que hasta el mismo duque de Braganza dudaba. Sí se mantenía distante de la corte, con la que procuraba pocas relaciones; sí daba excusas inenarrables a las peticiones del conde duque, pero ante las revueltas, permanecía enclaustrado en sus posesiones, y hasta cuando fue nombrado rey tomó con precaución el nombramiento, y no acudió a Lisboa sino en secreto, donde se destapó cuando los sublevados habían tomado el poder real de la capital.

“La corte de Inglaterra también se prestó fácilmente a renovar la amistad antigua entre los dos pueblos, y a franquear el mutuo comercio entre los súbditos de ambas naciones. Dinamarca y Suecia se alegraron de contar con un soberano y un reino más, que hiciera frente al poder de la casa de Austria. La república holandesa esquivó hacer un tratado de paz con el nuevo reino, para no verse obligada a restituirle los dominios y establecimientos portugueses de la India que había conquistado durante la unión de Portugal con la corona de Castilla, y que los portugueses pretendían pertenecerles otra vez de derecho. Los diputados de la república, no desconociendo la razón que les
asistía, quisieron diferir la solución de este negocio hasta la reunión de los Estados generales; pero se ajustó una tregua de diez años, y aún envió la Holanda una escuadra a Portugal para que en unión con la francesa persiguiera la de los españoles”

El duque de Braganza no era muy proclive a novedades, pero estaba casado con la que era biznieta de Ana de Mendoza, la princesa de Éboli, que tanto protagonismo tuvo en los tiempos de Felipe II, conspiradora con Antonio Pérez. El espíritu conspirador de la Éboli estaba reencarnado en Luisa de Guzmán, “hermana del duque de Medinasidonia, la cual no dejó de instigar a su marido e inducirle a salir de su indiferencia, y a no desaprovechar la ocasión de recobrar la antigua grandeza y poderío de su casa. Ayudóla a ello, y fue el alma de la conspiración un cierto Pinto Riveyro, mayordomo de la casa, hombre muy para el caso, por su osadía, su astucia y su disimulo. Como el duque se hallaba retirado en su hacienda de Villaviciosa, dedicado al parecer solamente al ejercicio de la caza y a otros pasatiempos, la conjuración se hubiera llevado adelante sin que se apercibiese ni sospechase la menor cosa la corte de Madrid, a no ser por la sagacidad de Vasconcellos y Suárez, los cuales dieron conocimiento al ministro de los síntomas que advertían y del peligro que bajo aquellas apariencias se ocultaba.”

0 comentarios :

 
;