miércoles, 6 de septiembre de 2017

Idilia, una historia del futuro (11)

Capítulo Decimoprimero


Antonio no pudo acudir a su habitáculo aquella noche. Todos los miembros de la seguridad de Idilia debieron permanecer acuartelados en las instalaciones de la administración a la espera de instrucciones y atentos por si volvía a producirse algún otro hecho similar.

Pero ya de mañana se les permitió salir para que cada uno acudiese a su lugar habitual.

Mientras, los otros ocho revolucionarios prepararon la operación prevista y dispusieron los paquetes de octavillas en los lugares convenidos, debidamente atados con una mecha lenta que al consumirse los dejó libres, y el sistema de aire acondicionado se encargó de esparcirlos por el interior de los concurridos centros comerciales.

Nuevamente una llamada de urgencia congregó a los vigilantes de Idilia. El nerviosismo de los mandos resultaba más que evidente. Las amenazas rompieron el tradicional lenguaje moderado de los superiores, quienes exigían a sus subordinados redoblar la vigilancia.

Las carreras en el cuartel general eran constantes; el control que siempre se había conocido, había desaparecido, y fue la oportunidad que aprovechó Antonio para, en un descuido del jefe de la milicia, transmitir desde su ordenador un correo electrónico a todos los habitantes de Idilia con el mismo mensaje de las octavillas.

La reacción fue inmediata.

Al cuarto de hora, quién hasta la fecha había sido jefe máximo del Departamento Central de Información desapareció.

Su puesto fue confiado a una persona que había demostrado una fidelidad inquebrantable al sistema, y que a los ojos de los máximos dirigentes prometía poder controlar la situación: Antonio.

La situación complicaba la labor de los libertadores, pues prácticamente lo dejaba fuera de combate, dado que, si bien su puesto le permitiría derivar las investigaciones hacia donde no afectasen la buena marcha de la rebelión, por otro lado lo dejaba maniatado, ya que entre los miembros de la guardia “idílica” no contaba con nadie de confianza, y para empeorar las cosas, estaría sometido a una estricta dedicación.

En sus manos estaba el control personal de todos los habitantes de Idilia. Por ahí podría hacer algo.

La primera medida adoptada fue desconectar los controles sobre los habitáculos de los seis correligionarios y de hasta un millar más de otros tantos habitantes, la mayoría con una trayectoria de demostrada fidelidad al régimen, y el resto, dentro de la homogeneidad existente, de lo más diverso en cuanto a su extracción.

Ya tenían el campo libre para instalar un sistema de comunicaciones entre todos los miembros del movimiento; todos menos el propio habitáculo de Andrés, ya aislado, y el suyo propio. Todo realizado de forma que no se levantasen sospechas si acaso terminaba siendo descubierto el sabotaje.

Andrés y Helena instalaron el sistema de comunicaciones libre de injerencias extrañas que les permitiría emitir mensajes a toda Idilia sin que existiese la posibilidad de ser descubiertos por el sistema.

No obstante, la prudencia les impediría hacer uso de este medio en un primer momento,  al objeto de evitar lo que podrían resultar incómodas investigaciones por parte del enemigo.

Quedó evidente lo innecesario de la instalación, dada la respuesta recibida a nivel de correo electrónico.

Simultáneo al envío de correo a una lista de entre veinte y veinticinco destinatarios distintos desde cada uno de los ordenadores tradicionales de los seis ex dormidos, se recibió en los mismos una buena cantidad de nuevos mensajes con lista de correo incluida, en los que se comentaba el texto subversivo que habían recibido.

Había comentarios de todo tipo y color; unos favorables a la Revolución y otros contrarios. Los textos contrarios eran utilizados conforme a las posibles utilidades en defensa de los insurgentes, pero las direcciones, en cualquier caso, se incorporaban a la nueva lista de correo.

El resultado era muy positivo. Así no tendrían que hacer uso del primer listado general, sino que irían unificando todas las listas a fin y efecto de dar sensación de naturalidad en la extensión de la rebelión.

No todos los mensajes mostraban preocupación por lo que habían leído. Otros, bien al contrario, redactados por miembros del colectivo homosexual, mostraban amenazas y reclamaban la intervención de los miembros de orden público, así como un  mayor control en las comunicaciones.

El Departamento Central de Información se veía colapsado por las presiones del gobierno. Los informativos de televisión, radio y prensa, que habían guardado silencio en la primera acción llevada en la Universidad, se hicieron amplio eco del hecho, en el conocimiento que todos los habitantes tenían en su ordenador un correo con el texto subversivo, y nada podía evitar su lectura.

Los comentaristas políticos, que hasta la fecha se habían limitado a expresar las bondades del sistema y en ocasiones hablaban de un pasado humano vilipendiándolo y diciendo una serie de falsedades para contentar en el espíritu de los habitantes, volcaron toda su verborrea en descalificar a quienes habían inundado el campus y los ordenadores con el mensaje subversivo que todos comentaban.

Para contrarrestar el manifiesto, pasaban una y otra vez reportajes en los que demostraban que la libertad era evidente en Idilia; parejas de todo tipo y color, además de las estrictamente humanas, pasaban por la pantalla: homosexuales de uno y otro tipo; mujeres con perros; hombres con cerdos… Todo era muestra de la libertad vivida en Idilia.
Psicólogos emitían constantes programas en los que demostraban lo atrasado y antinatural que era el concepto de familia; un lugar donde se priva de libertad a todas las personas que la componen; donde el niño se ve irremisiblemente ligado a su madre y a su padre, al tiempo que éstos ven coartada su libertad de movimientos.

Respecto a la historia, a la literatura y a la cultura, esos mismos psicólogos proclamaban que en Idilia nadie había prohibido el estudio de la historia y de la literatura; no obstante, se habían retirado como materias de estudio en los colegios y en las universidades porque eran materias propias del oscurantismo que anteriormente padeció la sociedad.

En definitiva, todos y cada uno de los puntos denunciados en el comunicado difundido fueron atacados por especialistas del sistema. Todos menos el de la desaparición de las personas.

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