domingo, 3 de septiembre de 2017

La rebelión de Paulo (XI)


Wamba lo tenía prácticamente todo en contra; sus victorias militares, obtenidas inmediatamente después de ser coronado, no le garantizaron un reino tranquilo. Era tal la marcha de la descomposición nacional; tal la evolución de los intereses de los señores locales, que la aureola de la victoria acabó en nada, y con la rehabilitación de los traidores.

La nobleza feudalizante, en connivencia con la nobleza eclesiástica, que veía cómo el rey que antes había apoyado procedía a cortar privilegios de los sectores acomodaticios del clero, acabaría de forma poco decorosa con un reinado llamado a mejores logros.

 “Una conjura encabezada por el conde Ervigio y el obispo metropolitano de Toledo, Julián, por tanto, con participación de sectores de la aristocracia y la Iglesia, puso fin al reinado de Wamba en el 680. Los motivos de esta conjura hay que buscarlos en el rigor y aplicación de los castigos a nobles y alto clero de la ley de obligaciones militares y, por tanto, en el intento de Wamba de reforzar la autoridad real. ”

La conjura se llevó a cabo del siguiente modo: “Tuvo forma {el rey Ervigio} de hacer que diesen al Rey a beber cierta agua en que había estado esparto en remojo, que es bebida ponzoñosa.
Adoleció luego el Rey, y quedó privado de su sentido súbitamente, tanto que a la primera hora de la noche juzgaban quería rendir el alma. Cortáronle el cabello, luciéronle la barba y la corona á manera de sacerdote: vistiéronle un hábito de monge, ceremonia que se usaba con los que morían, á propósito de alcanzar perdón de sus pecados.
Todo esto se entiende tramó Ervigio con intento que aunque mejorase, no pudiese mas ser Rey conforme á lo que en el concilio Toledano VI estaba determinado.”

Y es que, conforme a lo que marca el canon XVII del citado concilio, no era necesaria la voluntad de quién vestía el hábito, sino el mero hecho de haber sido visto vestido con el mismo por personas ajenas a su familia, para ser considerado religioso, situación que, una vez constatada públicamente, no podía ser abandonada.

Pero además, el concilio XII, en su segundo canon, dice al respecto: “En efecto la vida de los infantes párvulos manchada con el pecado original; cuando no está en disposición, á causa de su edad, de discernir, ni de pedir sino por medio de sus padrinos, recibe el sacramento del bautismo sin saberlo, ni discernir lo que se la dá. Por lo que así como el bautismo que reciben en su ignorancia los párvulos se administra sin desprecio alguno, descansando en la fe de los prógimos; del mismo modo el don de la penitencia que se aplica á los que no están en sí debe ser inviolablemente y sin repugnancia alguna observado por aquellos que le han recibido.”

Así se las gastaba el obispo Julián, el mismo que había escrito un panegírico de Wamba en su campaña contra Paulo.

“El reinado de Wamba se caracterizó por ser prácticamente el último durante el cual se asistió al engrandecimiento del Estado; a lo largo de los reinados siguientes se va a asistir a una serie continuada de discordias internas que acabarán, a la larga, por facilitar la caída del aparato estatal visigodo en manos de los musulmanes. La primera de estas conspiraciones internas sería la que iba a provocar la deposición de Wamba.”

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