miércoles, 18 de octubre de 2017

Antonio Pérez, el primero entre los traidores (XII)

El caso es que las investigaciones no avanzaban conforme a lo deseado, en gran medida como consecuencia de la prudencia por conservar los secretos que obraban en poder de Antonio Pérez. Al objeto de provocar algún descuido que permitiese anular  la peligrosidad de los mismos, las prisiones de los encausados se suavizaron; Ana de Mendoza pasó a cumplirla en su palacio de Pastrana, mientras “Pérez siguió todavía gozando de la gracia pontificia y real durante el año 1578 y principios del 1579. Sigue apareciendo como intermediario entre el nuncio y el rey, recibe nuevas gracias pontificias  e incluso hay algún indicio de que continuase metido en secretísimos despachos un tanto sospechosos.”   El nuncio colaboraba con él, y el rey prudente, dejaba a hacer con la esperanza de encontrar pruebas.


Lo que sí parece cierto es que al propio Pérez esta prisión no sentó excesivamente bien; él mismo relata el hecho como sigue:“Estuvo Antonio Perez en su casa preso seis ú ocho meses, con guardas. Al cabo dellos le fueron quitadas, y quedó con libertad de salir á misa y paseante, y de ser visitado, pero con que él no visitase á nadie.”  El relato incluye el tiempo que permaneció en casa del alcalde, que no en la cárcel, y el que permaneció en su propia casa con vigilancia explícita.

Lo cierto es que en Noviembre ya gozaba de supuesta plena libertad Antonio Pérez.“Cuatro meses estuvo Perez preso en casa del alcalde de corte Alvaro Garcia de Toledo” ; de hecho, “hacia el mes de mayo de 1579 Pérez volvía a gozar de la máxima gracia real a juicio del nuevo nuncio.”   Por supuesto hablamos sólo de apariencia, ya que el objetivo de Felipe II era atacar en el momento más conveniente para los intereses de España.

La extraña prisión del primer ministro, discurría en su lujosa mansión donde recibía a los principales personajes que visitaban Madrid, haciendo hueco entre los asuntos de estado que le eran remitidos, mientras estrechaba relaciones que posteriormente le serían de extrema utilidad; entre ellas, el Justicia de Aragón, Juan Lanuza, el conde de Aranda y el duque de Villahermosa. En 1580 fue puesto en libertad.

Parece que el rey creyó llegado el momento dos meses más tarde, cuando “el 26 de julio de 1579, Felipe II ordena la detención de Antonio Pérez dándose comienzo a años de persecuciones que culminaron con su salida de España a finales de 1591. Entre 1579 y 1592 fue sometido a diversos procesos tendentes a investigar, bien su actuación como Secretario de Estado, bien su participación en la muerte de Escobedo.”

La actitud condescendiente del monarca estaba producida con la idea de que Pérez soltase los documentos de carácter secreto que tenía en su poder, pero según  unas fuentes“al final, y sin los papeles, el monarca sucumbió a la presión de la familia de los Escobedo y los enemigos de Antonio Pérez y ordeno su detención en 1585. Esta vez fue acusado de tráficos de secretos de Estado y corrupción, aunque no de asesinato en un vano intento por hacer olvidar el asunto y que no acabara salpicando al rey, Pérez fue encontrado culpable y castigado con una pena de dos años de prisión y una sustanciosa multa. Pero los jueces no consiguieron que entregara sus documentos.” 

Personalmente, y dadas las características personales de Felipe II y a lo relatado hasta el momento, dudo que sucumbiera a las presiones de nadie, que al parecer eran inexistentes. El proceso llevaba los pasos marcados directamente por el rey, eso sí, con toda probabilidad con la esperanza de, en el ínterin, hacerse con los papeles secretos que a todas luces obraban en poder del traidor.

El proceso se dilataba en el tiempo; era un defecto de la administración de Felipe II, que personalmente atendía todos los asuntos del Imperio.“El 26 de agosto (de 1580), un largo comunicado de la Nunciatura reflejaba el notable enrarecimiento del ambiente cortesano. A la Eboli, enferma con fiebre, se le estrecha la prisión con una crueldad que verdaderamente no se compone con los trámites de un simple castigo por rencillas y enemistades de Corte. Antonio Pérez, que aún continúa en alguna manera en funciones de secretario, ve también aumentar el aislamiento en torno a su persona. El cardenal de Toledo, Gaspar de Quiroga, gran amigo de Pérez, ve contrapesado su influjo político por la figura de Granvela y encuentra una extraña resistencia al perdón indulgente en Felipe II, por lo que busca pretextos para marcharse de la Corte. El duque de Alba, que soporta con dignidad la desgracia del rey, parece va a recobrarla por oficios del mismo Granvela.” 

Las relaciones entre la corona española y la Santa sede no pasaban por los mejores momentos como consecuencia del problema de Antonio Pérez.

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