lunes, 16 de octubre de 2017

Intereses europeos en las guerras carlistas (2)

El once de enero de 1834, Cea Bermúdez dejaba en claro su dependencia:

Nos pondremos en manos de Inglaterra –decía a Villiers- para que nos garantice que Portugal se mantendría en términos de buena vecindad con nosotros en el futuro; y por lo que se refiere al presente, consideramos la llegada de tropas británicas a Portugal como la salvación de la península de una cadena sin fin de desastres. (Rodríguez 1985: 55)



Paralelamente, por este tiempo habían sido creadas juntas independientes en Cataluña, Valencia, Zaragoza, Andalucía… cuya primera misión era exterminar a los religiosos y crear constantes desmanes. La descomposición de lo que quedaba de España.

se tiene noticia de la existencia de las Juntas de Pamplona, Valencia, Murcia, Málaga, Hellín, Granada, Sevilla, Carmona, Cartagena, Córdoba, Bujalance, Gibraltar, Lisboa, Bayona, Manzanares o de la Mancha, y de las Comisiones de La Coruña, Santiago, Bilbao, Asturias, Salamanca, Ledesma, Valladolid, Zaragoza, Cuenca, Peñas de San Pedro, Badajoz, Alicante, Cartagena (puede ser la junta anteriormente citada), Murcia, Jaén, Manzanares, Granada, Málaga, Valencia, Ciudad Rodrigo, Pamplona, La Roda, Quintanar de la Orden, Belmonte, Sevilla. La conspiración se extiende por todos los puntos de la geografía peninsular. (Gil 1984: 286)

Todas las juntas dependían de la “General de Emigrados de Londres”.

representaba en el exilio de Londres el intento de unión de masones, comuneros y carbonarios, según una especie de Constitución publicada en 1826 con el título de «Sistema adoptado para instalación y progresos de la gran fortaleza peninsular de españoles emigrados. Al oriente de Madrid». (Gil 1984: 290)

Y cumplían la función que les había sido asignada por Inglaterra, que no era otra que la de consagrar la situación creada tras la batalla de Ayacucho, reafirmando la fragmentación de la España americana en los trozos que para su dominio, consideraba oportuno la Pérfida Albión; así,

La Junta adopta también otra importante decisión: la de buscar el  apoyo de los nuevos países hispanoamericanos, ofreciendo a cambio el reconocimiento de la independencia. (Gil 1984: 293)

En ese orden de cosas, y como consecuencia del conflicto sucesorio de Portugal, el 22 de abril de 1834 se procedía a la firma del Tratado de Cuádruple Alianza que sería ratificado el 31 de mayo, por el que en su artículo segundo se obligaba España a enviar tropas a Portugal para combatir a don Miguel, mientras Inglaterra, por el artículo tercero se comprometía a prestar apoyo naval al operativo. Todo, para mayor gloria de Inglaterra.

El tratado de la Cuádruple Alianza llevaría anexo un tratado con Inglaterra por el que se facilitaba a los fenicios del mar del Norte la introducción en España de sus manufacturas de algodón, objetivo que todavía no habían conseguido. También traía anexo un empréstito, también británico, por supuesto, garantizado por las rentas de aduanas de España, que de hecho se trasladaban a Londres. (Pirala 1868 II: 202)

Las mismas ofertas hacía Londres al pretendiente D. Carlos, a quién le aconsejó acceder a la independencia de los territorios que dominaba, para lo que ofrecía su colaboración, independientemente del tratado de la Cuádruple Alianza que tenían firmado.

Finalmente Inglaterra aportó la legión británica, que tuvo una triste actuación, y por la cual, el gobierno títere pagó doscientos millones de reales; Francia aportó a la causa liberal la legión francesa, y Portugal la legión portuguesa.

La mayor parte de los componentes de la legión francesa eran alemanes, de las provincias renanas y de Suabia,  y la legión inglesa se componía de gentes incapaces para el servicio. Era la escoria de las calles de Londres; apenas sabían manejar sus armas y era preciso embriagarlos para hacerles entrar en fuego. Al respecto,

La Inglaterra se prestaba a todo, pero era a costa de nuestra naciente industria.

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