domingo, 22 de octubre de 2017

La familia, base de la sociedad (XII)

4.- LA IMPORTANCIA DE LA FAMILIA EN LA SOCIEDAD

4.1.- Como socializadora de personas

Juan Pablo II, en el  preámbulo de la Carta de los Derechos de la Familia, señala que los derechos de las personas, aunque expresados como derechos del individuo, tienen una dimensión fundamentalmente social que halla su expresión innata y vital en la familia, que está fundada sobre el matrimonio entre un hombre y una mujer, y que está abierta a la transmisión de la vida .

La familia es la primera socializadora de personas, —no nos importe ser reiterativos—; en ella, todos los miembros tienen una importancia capital, así, la madre, por sus propias condiciones fisiológicas es la primera dedicada a esas labores.

Sin embargo, a la mujer le han hecho creer que para ser libre debe renunciar  a aquello que es la base de su máxima expresión humana: la maternidad. “Si se debe reconocer también a las mujeres, como a los hombres, el derecho de acceder a las diversas funciones públicas, la sociedad debe sin embargo estructurarse de manera tal que las esposas y madres no sean de hecho obligadas a trabajar fuera de casa y que sus familias puedan vivir y prosperar dignamente, aunque ellas se dediquen totalmente a la propia familia” .

La madre que decida voluntariamente trabajar fuera de casa, necesariamente tiene que estar protegida mediante unas políticas familiares adecuadas, con unos horarios de trabajo compatibles con el cuidado de los hijos, porque si tanto el padre como la madre trabajan fuera de casa, el hijo debe ser cuidado por manos diferentes a las de sus padres. Para solucionar este problema se han creado las guarderías, que en principio deben ser una ayuda a la familia, no la sustitución de la misma.

El niño, en su más tierna infancia, más que atenciones profesionales, necesita los brazos de sus padres, especialmente los de su madre… “Una justa remuneración por el trabajo de la persona adulta que tiene responsabilidades de familia es la que sea suficiente para fundar y mantener dignamente una familia y asegurar su futuro. Tal remuneración puede hacerse bien sea mediante el llamado salario familiar —es decir, un salario único dado al cabeza de familia por su trabajo y que sea suficiente para las necesidades de la familia sin necesidad de hacer asumir a la esposa un trabajo retribuido fuera de casa— bien sea mediante otras medidas sociales, como subsidios familiares o ayudas a la madre que se dedica exclusivamente a la familia, ayudas que deben corresponder a las necesidades efectivas, es decir, al número de personas a su cargo durante todo el tiempo en que no estén en condiciones de asumirse dignamente la responsabilidad de la propia vida” .

No es necesario incrementar la oferta de servicios públicos y privados de atención infantil para favorecer a la familia, sino en todo caso para favorecer un supuesto encauzamiento de la fuerza de trabajo femenina, no hacia intereses propios de la mujer; no hacia intereses propios de su familia, sino para satisfacer la avidez de producción y el abaratamiento de la misma, como lógica de la ley de oferta y demanda en la que nuestra sociedad está sumida.

Es evidente que la liberación de la mujer no puede pasar por la anulación de la maternidad liberadora ni de la función socializadora de primer orden que la maternidad comporta.

En ese mismo orden, Juan Pablo II señala que “La sociedad, y de modo particular el Estado y las Organizaciones Internacionales, deben proteger la familia” , y eso, aunque sólo fuese por la afirmación que sobre el tema efectúa el profesor Nicolás Sánchez García, que dice: “Si las relaciones con los padres y con los demás miembros de la familia están marcadas por un trato afectuoso y positivo, los niños aprenden por experiencia directa los valores que favorecen la paz: el amor por la verdad y la justicia, el sentido de una libertad responsable, la estima y el respeto del otro .

Pero no parece que el Nuevo Orden Mundial sea proclive a estas ideas. Bien al contrario, y aunque la sociedad, y más en concreto la Iglesia, se obstine en cerrar los ojos, las mentes directoras de las políticas globales, y muy en concreto de las políticas relacionadas con el ámbito estrictamente humano, no parecen estar por la labor de crear unas políticas familiares que favorezcan a la familia, a los individuos que la componen, y en definitiva a la propia sociedad, sino todo lo contrario.

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