domingo, 15 de octubre de 2017

LA INQUISICIÓN Y LOS JUDÍOS (2)

Parece evidente que la predisposición al entendimiento, tanto de una parte como de otra, estaba bastante alejada. El pueblo llano, cristiano, cada día desconfiaba más de aquellos a quienes veían medrar en un mundo que consideraban suyo por derecho; mientras que en un mundo que consideraban ajeno, los judíos prosperaban en muchas ocasiones a costa de quienes sí eran considerados de ese mundo por unos y por otros.



Con su actuación, llevada a cabo con mejor o peor intención, eso no vamos a entrar a discutirlo, pero manifiestamente con su actuación, los judíos se habían granjeado la enemistad del pueblo y el apoyo de la monarquía y de la nobleza, que les debían grandes sumas que habían sido prestadas para atender los gastos de la Reconquista y de las banderías existentes entre los señores.

Con un agravante: La actuación de los judíos, tendente en exclusiva a su propio beneficio y ajena a los intereses nacionales los hacía sospechosos de traición. Su permanente lamento de sumisión y persecución en un mundo que les abría las puertas sin reparos, acabó granjeándoles, como en tantas ocasiones y lugares la enemistad de sus huéspedes, que acababan viendo en ellos unos potenciales enemigos en quienes “la esperanza de su liberación y, en algunos casos, de la venida del Mesías a España, se fue acrecentando, a medida que, tras la caída de Constantinopla (año 1453), soñaban con el hundimiento de los reinos cristianos. Para algunos, el Mesías era el turco.”

Y si para algunos judíos el Mesías era el turco, como contrapartida lógica, para algunos españoles el judío era el quintacolumnista en quién no se podía confiar; el espía que estaba dispuesto a facilitar la entrada del enemigo feroz. Y ello no era una sospecha peregrina, máxime cuando tenían el precedente del año 711 cuando habían hecho lo propio con las huestes de Muza ibn Nusair.

Eso la porción culta del pueblo, pero se puede interpretar que la mayoría del pueblo sin cultivar no podía pensar esas cosas. Entones, si la mayoría del pueblo no llegaba a esas cuestiones, ¿qué podía argumentar para manifestarse tan enemiga de los judíos como se venía manifestando en las sucesivas sublevaciones? En ese caso, el pueblo, con una cultura limitada, sólo podía observar que una determinada clase (que como a tal veía a los judíos), medraba en todos los ámbitos; disponía de todas las prebendas, poseía bienes que sólo eran accesibles a la nobleza, y aumentaba su poder al mismo ritmo que decrecía la capacidad de sobrevivir del pueblo llano. Y todo, además, era realizado por un tipo de personas que, contrariamente a lo que hacía la nobleza, no se jugaba la vida en el campo de batalla; no posibilitaba, como posibilitada la acción bélica iniciada por la nobleza, la mejora de la condición de vida del villano que se atrevía a seguirle en sus hazañas. Contrariamente, quién se aventuraba a seguir en sus hazañas a estos seres que acrecían su poder sin acudir al campo de batalla, eran deglutidos por la aplicación de unos intereses usurarios que acababan con la libertad de poblaciones enteras.

Así, durante siglos, la repulsión hacia los judíos crecía, “y las matanzas en grande escala no podían tardar; comenzaron en Aragón y Navarra. Los pastores del Pirineo…hicieron una razzia espantosa en el Mediodía de Francia y en las comarcas vecinas de España… Aquellas hordas de bandidos penetraron en Navarra en 1321, quemando las aljamas de Tudela y Pamplona, y pasando a cuchillo a cuantos judíos topaban… En 1328 pegaron fuego a las juderías de Tudela, Viana, Estella y otras, con muerte de 10.000 israelitas. El incendio se propagó al centro y sur de España.”

Observemos que la Inquisición no entra todavía en acción; nos movemos a principios del siglo XIV, y los pastores del Pirineo asaltan, no las poblaciones cristianas, sino las aljamas; los lugares donde los poseedores del capital se guarecían; no se trataba de arrabales infectos, sino de lo que hoy podrían definirse como urbanizaciones de lujo. Y los pastores no son movidos por un espíritu racista, ellos que están conformados por la fusión de todas las razas que a lo largo de los siglos han pasado por el Pirineo. Los pastores no persiguen a la persona de otra raza: persiguen a aquel que les ha llevado a una situación económica sin salida, que les ha dado préstamos a los que ha aplicado un tipo de interés del 100% anual… o más.

Ni los pastores se movían por cuestiones racistas, ni los judíos sufrían por las legislaciones; Debemos considerar que “en las primeras décadas de la Reconquista cristiana, a finales del siglo XII, Alfonso VIII funda la ciudad de Plasencia, que divide en seis parroquias. Según José Benavides Checa, el monarca, “a la población hebrea dióle su sinagoga y le señaló sitio en la Mota”, en el altozano de la calle Coria. La “iudería” no tiene carácter marginal, según se contempla en la rúbrica 335 del fuero.”

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