domingo, 26 de noviembre de 2017

Guerra de secesión de Portugal (13)

A todos los efectos, Luisa de Guzmán era la reencarnación de su bisabuela, pues como hemos señalado más arriba, embarcó en su proyecto de sublevación también a su hermano, el duque de Medinasidonia, que si no consiguió llevar a cabo su particular levantamiento separatista fue como resultado de una extraña actuación prudente de Gaspar de Guzmán, que probablemente le hubiese costado la vida si no hubiese entrado en campaña militar contra su hermana y el rebelde duque de Braganza, Juan IV de Portugal.

El resultado final del levantamiento de la oligarquía portuguesa tenía pocas probabilidades de éxito, ya que, además de la numerosa población portuguesa que había pasado a colonizar las Alpujarras y otros lugares donde se habían producido matrimonios mixtos, “en el momento de producirse el levantamiento en Portugal, muchos lusitanos ejercían cargos importantes en la monarquía hispánica, en el ejército y en la administración del Imperio español.”

Y es que la situación de encontrarse reunificado el reino visigodo, algo que fue buscado durante ocho siglos de enfrentamiento con el invasor africano, hizo que “El triunfo del levantamiento separatista luso desató odios y fidelidades casi a la par, en Portugal y en CastilIa, y, en no pocos espíritus, dudas hasta el final de la guerra, allá por 1668. Y en esta nebulosa, producto de la prolongada incertidumbre y de la oposición de intereses, las distancias entre las metrópolis peninsulares y sus respectivas colonias se midieron en función de lo que unas y otras habían calculado arrebatarse mutuamente.”

Inevitablemente se produjo una guerra, pero una guerra de muy baja intensidad. Durante 1641, los enfrentamientos en Portugal eran raros, limitándose a campañas de captación. El año 1642 conllevó una mayor presión bélica, que se incrementó en los años siguientes, en incursiones especialmente de saqueo. “…Verdaderamente es compasión hacerse esta guerra con gente del país, pues sólo tienen la mira en el pillaje. Así fue en Salvatierra; saquearon el lugar, que le toparon muy rico, y luego cada uno huyó a su lugar con lo que había cogido, y no fue posible volverlos a juntar…”  Sin embargo, la monarquía hispánica estaba imposibilitada para afrontar la situación; el conde duque posponía una y otra vez la intervención decidida que hubiese dado el traste con la revuelta en momento en los que aún existía viva la voluntad del pueblo portugués por perpetuar lo que nunca debíó haberse roto.

Lo único que se mostraba eran los ardides de quienes encontraban en la situación una forma de supervivencia; “la propia soldada, mal pagada, acomodada y alimentada por los motivos anteriores, en cuanto tenía ocasión huía del servicio militar, dedicándose entonces al pillaje, que se convertía así en un nuevo mal a sofocar.” 

La situación se encontraba en un punto que no llevaba a ninguna parte; si la monarquía hispánica estaba inhabilitada para actuar militarmente, los dirigentes separatistas no contaban con el apoyo del pueblo y su capacidad para aprovechar la ventaja que les significaba la existencia del conflicto de la guerra de los Segadores, en el otro extremo de la península, no sabían ni podían aprovecharla para la consecución de sus objetivos. No les bastaba el apoyo prestado por Francia Inglaterra y las Provincias Unidas. Necesitaban de la actuación directa, en territorio portugués, de las fuerzas militares de esas potencias. “Para obtener la independencia definitiva, Portugal necesitaba la segura y permanente cooperación de (al menos) una de las potencias emergentes de Europa. Sin embargo, no había ninguna posibilidad de lograrla si su independencia no era percibida por sus potenciales aliados como una realidad de hecho. El problema era que España no mostrará la menor intención de reconocerla de jure hasta el final de la guerra. A pesar del éxito puntual que tuvo el golpe de estado de diciembre de 1640, tan sólo fue el inicio del surrealista relato en que se convertiría el proceso de independencia portugués.”

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