lunes, 6 de noviembre de 2017

Idilia, una historia del futuro (12)

Capítulo Decimosegundo

La contestación crecía por momentos, y el sistema se veía incompetente para actuar como le resultaba natural.

Ciertamente, el control social seguía siendo mantenido férreamente, pero para su mantenimiento se les hacía indispensable condescender con la creciente oleada de protestas generada por los ocho activistas, a los que, y sólo a modo de preocupación “intelectual” seguía en la estela un grupito de personas que escasamente llegaba al centenar.

Eso, y el activismo de los correos electrónicos, incomodaba sobremanera al sistema, pero molestaba todavía más a los insurgentes, quienes comprobaban, día a día la nulidad de sus actuaciones, que inexorablemente chocaba con la letal pasividad de una población anulada intelectualmente por el sistema.

Una mínima parte de la población se sentía motivada por los insurgentes, pero cómodamente, desde sus habitáculos y con la garantía de que las comodidades existentes estaban presentes.

Estas gentes querían estar seguros en su habitáculo, con el plato lleno de comida, sin importar de dónde viniese la misma; con entretenimiento permanente sin importar las consecuencias del mismo…

El gran revuelo ocasionado con la octavillada, la emisión generalizada de mensajes, y el establecimiento de círculos de internautas preocupados por la situación denunciada, parecía condenado a diluirse en el tradicional devenir de Idilia, y a desaparecer del recuerdo se sus habitantes.

Sólo el mantenimiento de páginas web surgidas con ocasión de la inicial revuelta permitieron mantener latente la sensación de revolución… Pero ello significó un sobreesfuerzo por parte de los implicados, quienes consiguieron mantener, de manera ficticia, una preocupación social por el asunto.

Se crearon decenas de páginas web que se veían a diario renovadas con opiniones expresadas supuestamente por nuevos contertulios… La verdad era que los nueve implicados, acompañados de una excelente preparación de ordenadores, daban la sensación de que la red de preocupación social crecía día a día.

Nada más lejano a la realidad. Un mes después, tan sólo se habían consolidado quince nuevos contactos que sería necesario depurar antes de brindarles la confianza del grupo…

Mientras tanto, y no obstante el nulo reflejo social de las acciones, el sistema incrementaba paulatinamente su preocupación. Las emisoras de radio y televisión, así como los periódicos electrónicos, dedicaban secciones especiales, programas especiales para hablar de los tiempos pasados, cuando no existía Idilia, dejando claro la falta de libertad existente en aquellos momentos.

La gente veía y escuchaba esos argumentos, sin capacidad de raciocinio, y los asumía como verdaderos.

Por ese lado, el objetivo estaba cubierto… Pero también se cubría el objetivo marcado por los sublevados: que la gente fuese consciente de un hecho desconocido: que había existido una historia previa a Idilia; que esa historia previa a Idilia había sido protagonizada por personas, inexorablemente tachadas de los peores calificativos que Idilia pudiese imaginar. Ahí estaba la propia trampa de Idilia. En el momento que alguna mente hiciese una digresión y se atreviese a comparar, se vería en la obligación de estudiar lo criticado. El conocimiento cierto de lo criticado, sin lugar a dudas, propiciaría el nacimiento de un nuevo enemigo de Idilia.

Pero los frentes posibles en contra de Idilia eran tantos como conceptos pudieran ser tratados.

Si en cuanto al asunto histórico, la mentira de Idilia no aguantaba el menor de los análisis, en cuanto a otros asuntos, todavía menos.

¿Cómo explicaba Idilia al público la cuestión de las granjas para la crianza de fetos?

A las afueras de Idilia, en la línea de las fábricas donde se transformaba en alimento todo el material orgánico generado en el desecho de Idilia, existían unos establecimientos especiales donde residían, prisioneras, miles de mujeres; unas  secuestradas en Humania, pero también disidentes de Idilia en edad fértil, a las que se mantenía permanentemente embarazadas, al objeto de hacerlas abortar para extraer de los fetos diversos productos: desde material para las fábricas de cosméticos, hasta miembros destinados a ser transplantados en los hospitales de Idilia.

También los fetos eran utilizados, una vez extirpado el miembro necesario, como alimento que se servía en las carnicerías de Idilia. Un bocado exquisito, según el paladar de los más delicados del lugar.

La acción revolucionaria se encaminó primeramente contra estos establecimientos.

Se coordinó una acción con Humania destinada a liberar a las presas de uno de estos establecimientos: el que más fama tenía en las carnicerías.

Se organizaron dos comandos que asaltarían el establecimiento. Uno, procedente de Idilia, estaría encargado de anular un segmento del sistema de seguridad electrónico que circundaba el desierto de Idilia. Otro, procedente de Humania, traspasaría la frontera por ese lugar, llegando hasta el centro penitenciario, y liberando a las presas, las trasladaría a la libertad, en Humania.

La infraestructura se preparó con el máximo cuidado. Se trataba, además de liberar a cinco mil presas, dar un golpe de efecto en la estructura de Idilia.

Y es que había quedado claro que en Idilia, la gente era absolutamente consciente de la situación de éstas prisiones; tan evidente como que la comodidad les impedía tomar cartas en el asunto, que acababa siendo convertido, en el peor de los casos, en un “mal menor” necesario para la existencia de la super libertad gozada en Idilia.
Todo era conocido en Idilia, menos la existencia de Humania, que ahora se haría notar.

Convenía que el asunto tuviese la máxima difusión. Convenía que la población de Idilia fuese consciente de lo que estaba sucediendo; convenía que el núcleo dirigente se pusiese nervioso y efectuase alguna acción que facilitase la acción revolucionaria. Y se hacía preciso, para llevar a efecto esta acción, que el secreto mejor guardado de los insurrectos fuese conocido por alguien más.

Finalmente la situación casi llegó a superar a la prudencia, lo que hizo necesario que, finalmente, Andrés conociese el misterio de la traslación de la materia, porque él mismo sería objeto de transmisión. Necesitaba trasladarse a Humania para recibir la necesaria preparación militar que le capacitaría para acometer acciones arriesgadas en Idilia. Él y otro acólito serían los alumnos que acometerían el aprendizaje.

Una vez preparados, y en una de las visitas de inspección que Andrés efectuaba a  todo el sistema represivo de Idilia en su calidad de jefe del departamento central de información, trasladó e instaló el receptor de materia de última generación que había sido desarrollado en Humania.

El adminículo, recogido,  cabía en una maleta pequeña, ya que los materiales con los que estaba fabricado eran comprimibles.

Antes de revisar como responsable las instalaciones del criadero de fetos, los revolucionarios estudiaron pormenorizadamente el mismo, habiendo descubierto en los sótanos unos aseos para el uso del personal de vigilancia. Ese sería el lugar destinado para la instalación del traslador de materia.

En el ejercicio de sus funciones, le fueron mostradas a Andrés todas las instalaciones, que fue revisando con interés, al tiempo que daba claras muestras de malestar físico. Así, pidió por el servicio en varias ocasiones.

Cuando revisaban los sótanos, al director del establecimiento no le extrañó que su superior pidiera por los servicios.

Se encontraban en un olvidado lugar del sótano, cerca de donde se encontraban en aquel momento; ese era el lugar escogido por el comando.

Allí, abrió el maletín y montó el reducido receptor de materia, suficiente para recibir a una persona.

De inmediato le fue transmitido un ordenador y unos disquetes informáticos donde se incluían todos los pormenores de la prisión; tanto en lo relativo a la categoría de los presos como de los guardianes; así como en otros disquetes lo relativo a las otras prisiones y establecimientos de todo tipo: todo para justificar el maletín.

Una vez en el despacho del director del establecimiento, abrió el enigmático maletín para que todos los presentes pudiesen comprobar que se encontraba lleno de la información más variada sobre diversos aspectos, y anotó los pormenores que le parecieron oportunos.

Mientras tanto, a través del receptor de materia se colaron en la prisión Andrés y Eduardo, uno de los acólitos que habían estado largamente dormidos, con material explosivo y armas defensivas, así como un inhibidor electrónico, verdadero enemigo de las instalaciones del lugar.

La guarnición del lugar, dada la extrema seguridad de sus muros y sus puertas, estaba reducida a un pequeño número de guardianes, que con ocasión de la situación vivida en las últimas fechas en Idilia se había reducido a la mitad.

Hasta un máximo de diez guardias, destacados miembros del colectivo homosexual eran los encargados de la vigilancia de la prisión.

Su ubicación había sido controlada y confirmada por las informaciones de Antonio. La función de Andrés y Eduardo consistiría en liberar a aquellas mujeres, en el máximo orden posible, y en el menor tiempo posible.

Simultáneamente a esta acción, se estaba produciendo la incursión de una caravana de camiones que, a través de un sector de frontera desactivado electrónicamente por Helena desde el habitáculo de Andrés, atravesaba a toda velocidad el desierto, cargado con ametralladoras y espacio para recibir a las prisioneras.

Mientras tanto, Antonio daba por finalizada su visita y partía nuevamente para la ciudad, alejándose velozmente del lugar.

Hasta cien camiones, acompañados de varias ambulancias, atravesaron la frontera y cubrieron la distancia que les separaba de la prisión a buena velocidad, con la tranquilidad que les producía la sorpresa y la anulación de los medios de detección electrónica de Idilia.

A la hora convenida, y cuando la caravana se encontraba próxima a la prisión, hicieron explosión las cargas que el comando había depositado en las puertas del edificio.

El pánico se hizo evidente en todos los presentes. Los guardianes tomaron las armas para evitar la huida de las presas, que inmediatamente repuestas de la explosión se dirigían velozmente hacia las aberturas efectuadas.

Los camiones de rescate se dispusieron en línea, emprendiendo la marcha tan pronto habían sido ocupados por las prófugas.

Las armas resonaron, cayendo malheridas varias prófugas.

La respuesta de los asaltantes resultó inmediata. Comandos procedentes de Idilia reforzaron a los asaltantes primeros, produciéndose un enfrentamiento que permitió la total evacuación de las presas.

Dos de los guardianes cayeron mortalmente heridos, y los otros, en refriegas individuales, con los asaltantes primeros y con los comandos de refuerzo que llegaron en los camiones de Idilia, fueron acorralados y hechos prisioneros.

La caravana, más dispersa que en el viaje inicial, emprendía la huida a través del desierto, cargada con la preciosa carga que era esperada en Humania en medio de una gran fiesta.

Los ocho prisioneros también eran transportados. Serían conveniente tratados, no por tribunales, sino por instituciones médicas y educativas.

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