sábado, 16 de diciembre de 2017

Intereses europeos en las guerras carlistas (3)

El coste que supuso para España el mantenimiento de la legión puede estimarse en algo más de 200 millones de reales, cantidad en teoría muy superior al valor de los servicios prestados, ya que con ella el gobierno español podría haber equipado cuerpos más eficaces, pero su contribución convenia a los liberales por ser la prueba más palpable del apoyo que recibían de Inglaterra. (Bullón 2002: 621)

Ya en 1835, Agustín Argüelles fue impuesto como ministro por Gran Bretaña, de cuyo ascenso se preocupó el ministro británico Villiers.



Según la historiografía, el nombramiento de Mendizábal fue fruto de los consejos del embajador inglés Villiers a María Cristina, por considerar que era «la única persona de este país que goza de la total confianza de los mercados financieros extranjeros, cosa absolutamente indispensable para enfrentar la presente crisis financiera. (López Morell: 605)

El 7 de septiembre de 1835 hacía su entrada Mendizábal en Madrid. Junto a sus soluciones económicas, Mendizábal aportó ayuda militar inglesa para perpetuar la guerra civil mantenida por Isabel contra su tío Carlos. A estas fuerzas inglesas se unió la legión extranjera francesa y un ejército portugués, mientras en  la Cámara de los Comunes de Londres, en sesión parlamentaria del 5 de agosto de 1836, lord Palmerston reiteró la firme resolución del gobierno inglés de sostener a todo trance la causa isabelina y mantenerse fiel al tratado de la Cuádruple Alianza.

Pero no se limitaban a esas actuaciones las políticas desarrolladas por Inglaterra, que llegaron a proponer al pretendiente Carlos V la creación de un estado independiente que comprendiese las Provincias Vascongadas y Navarra, ante la negativa dada por el lado carlista.

Una tentativa que dejaba al descubierto, una vez más, las verdaderas intenciones  británicas, que, una vez más, eran suavizadas por sus agentes masónicos, enquistados en todos los ámbitos de la sociedad española; así, José Segundo Flórez, de la logia Igualdad, exoneraba a los ingleses asegurando que

no consiguieron la proyectada independencia del país vasco-navarro, ni las aduanas en el Ebro, ni menos la introducción de los algodones ingleses en España, según fue propuesto por una comisión, no del gobierno británico sino de individuos del comercio de aquella nación , que pasó al campo carlista a ofrecer al Pretendiente su apoyo, halagándole con el fin de que accediese a su demanda. (Flórez 1845 tomo III: 24)

Por su parte, los agentes británicos en España cumplían fielmente con su misión, poniendo como ejemplo a Inglaterra, siempre y en todo lugar, como foco de todos los bienes. Así, el diario El Español, ensuciando el gentilicio, definía a Inglaterra no como crisol de la piratería y el genocidio (que por cierto estaba llevando a cabo en esos momentos en su propia población, a la que expedía a Australia y a Nueva Zelanda como ganado al matadero), sino como antigua cuna y escudo de la libertad del mundo.

Lógicamente, si la prensa se mostraba como fiel vasallo de Inglaterra, los partidos políticos no quedaban atrás

Las rivalidades de los partidos españoles habían llegado hasta los gabinetes extranjeros, y la Inglaterra y la Francia eran el apoyo de los exaltados o moderados. La poderosa Albión contaba preponderar con los primeros; nuestra vecina con los segundos; de aquí su intervención en nuestras cuestiones; de aquí la abdicación de nuestra nacionalidad, abdicación vergonzosa y que por esto sólo hace dignos a los partidos de la eterna censura de la historia. (Pirala 1868 III: 284)

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