martes, 26 de diciembre de 2017

La crisis del siglo XVII (XII)

En cuanto a la cuestión social, como parece va parejo a lo ya expuesto, sucedió que “los años en torno a 1600 contemplaron «una reacción feudal», en medio de la cual millares de campesinos castellanos pasaron del control real al de la aristocracia, teniendo que soportar unos impuestos, unas exacciones y una justicia más duros.”

Las grandes propiedades de los nobles se ampliaban ante el abandono de unos labradores pecheros que se veían obligados a contribuir a la hacienda pública en porcentaje superior a lo que lo hacían las clases nobles, cuya condición les eximía de ciertas contribuciones a cambio de prestar otro tipo de apoyos a la corona; apoyos que con demasiada asiduidad eran defraudados.

El panorama, lejos de corresponder a los momentos históricos que generosamente estaba protagonizando el pueblo español, no se correspondía con los esfuerzos de los más, sino que estaba minado por la acción antipatriótica de los poderosos; “Los prelados, grandes, señores y caballeros, que son los que recogen todo el pan en grano que los dichos labradores labran y cultivan, no pagan ninguna cosa; los prelados, porque son exentos; los grandes y señores, porque ordinariamente no pagan las alcabalas, y las cargan sobre sus tristes vasallos; y otros caballeros particulares, porque casi ninguno hay que no tenga tales medios en sus pueblos y tierras con que salen libres del dicho derecho, y ha de cargar todo sobre los labradores, los cuales no pueden escapar de pagar de un grano que vendan.”

Se estaba creando un problema social que abocaba inexorablemente a la pérdida de condición de los labradores pequeños propietarios, ya que“en conjunto, más de la mitad de lo que producía el campesino estaba destinado a realizar pagos que enriquecían a las clases no campesinas. Con el resto tenía que mantener a su familia, hacer frente a los gastos generales, pagar a los jornaleros y renovar el equipo.”

Para empeorar las cosas, el final del siglo XVI fue, en cuestión de epidemias, terrorífica. “La primera gran epidemia de peste bubónica penetró por Santander en 1596 y se difundió hacia el oeste a lo largo de las provincias costeras septentrionales, provocando una gran mortalidad. Hacia 1598 llegó a la zona central de España y comenzó a extenderse por las dos Castillas. En 1599 alcanzó Andalucía y sólo en Sevilla causó 8.000 víctimas. Es difícil calcular el número total de bajas producidas por este prolongado azote, pero posiblemente llegaron a las 500.000.”
  
La crisis seguía galopante en el siglo XVII; Aragón, Navarra, Andalucía, parte de Galicia interior y el sur de Álava se llevaron la peor parte.

“Por doquiera se escuchaban lamentos de los que no cobraban, como de los estrechados á pagar, siendo angustiosos los que los mareantes arruinados, armadores ó asentistas de navios, hacían llegar á la corte en reclamación del cumplimiento de obligaciones sagradas. Los de la Universidad y Consulado de Sevilla tenían resuelto cesar en el despacho de las flotas. «No querían cargar, dice Novoa, si no les aseguraban el no tomarles el dinero, las barras de oro y de la plata, y que les habían de dar y pagar lo que les debían y les habían tomado en las otras flotas pasadas, fianzado tantas veces y derogado otras tantas promesas y palabras, cédulas y firmas reales: porque si con lo que habían de cargar se lo habían tomado, ¿con qué caudal habían de proseguir?»”

Algún respiro permitía seguir adelante; “los precios permanecieron estables en los años 1611-1620, con una ligera tendencia al alza. Esta estabilidad fue perturbada por la ingente acuñación de vellón (moneda de cobre envilecida) en 1621-1625, cuando el gobierno intentó producir dinero rápidamente…/… Castilla experimentó una de las alzas de precios más virulentas de su historia, subiendo los índices medios 20,21 puntos en dos años…/… En 1636-1638 se produjo una nueva elevación de los precios, con un alza de 21,8 puntos en Castilla la Vieja. Después de un breve descenso, los precios volvieron a subir en 1641-1642, debido al importante incremento del vellón durante las guerras y las revoluciones de los primeros años del decenio de 1640.”

Mientras tanto, entre fiesta y fiesta, mientras los tercios se desangraban por Europa y él acumulaba títulos y propiedades, el conde duque pensaba. “Ya en 1626, Olivares no preveía más que oscuridad para el futuro: La enfermedad de España era grave y se había vuelto crónica, escribía. Se había perdido su prestigio; su Tesoro, que era la base de la autoridad, estaba totalmente exhausto; y sus ministros estaban acostumbrados a no actuar o a actuar lenta e ineficazmente.”

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