martes, 16 de enero de 2018

Algunos apuntes sobre la Inquisición (13)

En Aragón la instalación de la Inquisición ocasionó algún disturbio que en 1485 llegó a cobrarse la vida del inquisidor Pedro Arbués, dentro de su propia casa. El crimen produjo en el pueblo el efecto contrario al esperado, organizando motines que hubieron de ser acallados por las buenas artes del arzobispo de Zaragoza, Alfonso de Aragón, hijo natural de Fernando, siendo perseguidos unos cuantos cristianos nuevos de especial significación como fueron Luis de Santángel (escribano de Fernando el Católico); Gonzalo de Santa María (asesor del gobernador de Aragón y autor de la crónica de Juan II), Sancho de Paternoy, que fue condenado a prisión y posteriormente puesto en libertad y Francisco de Santa Fe, que se suicidó. El vicecanciller Alfonso de la Caballería fue reconciliado, y su hijo posteriormente desposaría con una nieta del rey Fernando.

La conspiración contra Pedro de Arbués se llevó a cabo por un grupo de conversos de gran significación política, conocedores de las costumbres del inquisidor, que en todo momento vestía cota de malla y casco: “A las once de la noche del dia 15 de setiembre de 1485 Juan de Esperaindeo le dio una fuerte cuchillada en el brazo izquierdo Uranso (prevenido por, Juan de Abadia de dar los golpes por el cuello mediante hallarse noticioso del defensivo de la cervellera) dio por detras uno tan fuerte que hizo saltar al suelo las barrillas del fierro, de la cervellera; y la herida hecha en 1a cabeza fué tan grande, que de ella (y no de otras que tambien recivió Arbues ) resultó la muerte pasadas veinte y quatro horas dia diez v siete del citado setiembre.”

El asesinato del inquisidor de Aragón sería proverbial para el buen desarrollo de la Inquisición, ya que el crimen motivó un gran descontento popular y consiguientemente actos de adhesión a la institución. Autores manifiestamente enemigos de la Inquisición afirman que “el crimen fue, tanto tácticamente como moralmente, un error… sólo los esfuerzos del arzobispo evitaron un ataque feroz contra los judíos y conversos.”

Pero es que, para entender el fenómeno de la Inquisición, y quitarse los perjuicios que ensucian su imagen y que son creación de la imaginación ilustrada antiespañola, debemos tener en cuenta que “La Inquisición no nace contra el pueblo sino para responder a una petición de éste. En una sociedad preocupada sobre todo por la salvación eterna, el hereje es percibido por la gente (comenzando por la gente corriente y analfabeta) como un peligro, del mismo modo que en culturas como la nuestra, que no piensan más que en la salud física, se consideraría peligroso a quien propagase enfermedades contagiosas mortales o envenenara el ambiente. Para el hombre medieval, el hereje es el Gran Contaminador, el enemigo de la salvación del alma, la persona que atrae el castigo divino sobre la comunidad. Por lo tanto, y tal como confirman todas las fuentes, el dominico que llega para aislarlo y neutralizarlo, no se ve rodeado de «odio», sino que es recibido con alivio y acompañado por la solidaridad popular.”

Que la Inquisición se instauró por presión popular queda en parte refrendado por lo acontecido en Italia: “El pueblo napolitano, ante la amenaza de introducir la Inquisición española, mantenía una actitud hostil. Lo mismo ocurrió con el Estado de Milán: aquí hubo repetidos intentos de imponer la Inquisición española, pero todos ellos chocaron con las reacciones hostiles de la ciudad. El más importante tuvo lugar en 1563: Felipe II decidió introducir en Milán "oficio de la Santísima Inquisición... a la usanza de España", obteniendo del papa Pío IV en consenso poco entusiasta; pero la reacción hostil con la que amenazaba la ciudad y la amenaza de una nueva sublevación bloquearon la iniciativa.”  No sucedió lo mismo en Sicilia y en Cerdeña, donde sí se instauró el Santo Oficio.

¿Y qué temían los napolitanos?: “Lo que se temía de la Inquisición era un poder que ignoraba todo privilegio y exención, capaz de proceder contra cualquiera.”   Traduciendo: Un tribunal igualitario, que no entendía de privilegios de ningún tipo, por parte de nadie, empezando por el rey y acabando por el último peón.

La Inquisición se consolidaba como un instituto profundamente popular, que se sabía, al tiempo que era era reconocido por todos como salvaguarda de la pureza y de la justicia igualitaria. Nadie que se moviese en la normalidad debía temer nada de una institución dedicada al mantenimiento de la normalidad. Y conocía que el término “nadie”, para la Inquisición, correspondía a lo que literalmente entiende la lingüística y el más elemental de los conocimientos por el término “nadie”.

Una normalidad que, con relación al inquisidor Arbúes, provocaría que “Con el tiempo le produjo ser venerado en los altares, habiendo sido beatificado, y declarado martir por el papa Alexandro VII, en 17 de abril de 1664.” 

Y una normalidad dentro del orden cristiano que puso coto a los posibles excesos que podían haber surgido en una nación pujante, poderosa y punta de la modernidad como era España en el siglo XVI. “La Inquisición no es más que uno de los instrumentos mediante los cuales se mantiene en vida el orden del deber ser cristiano y se pudo contener la avanzada del Estado Moderno hacia el control de un poder total. Lo que consentiría a la Iglesia de la Contrarreforma de frenar la avanzada del moderno Anticristo –la subversión de la Reforma calvinista (siglo XVI) del libre pensamiento ilustrado (Setecientos), de la revoluciones (en el Novecientos)–  y de obstaculizar a aquel estado moderno que garantice un espacio neutro abierto para todos, es justamente su sistema jurídico puesto al servicio de una misión universal de salvación.

Texto completo: http://www.cesareojarabo.es/2018/05/algunos-apuntes-sobre-la-inquisicion.html

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