domingo, 14 de enero de 2018

COMPONENDAS PARA LA DESTRUCCIÓN DE ESPAÑA (1820-1830) (y IV)


Con todos estos antecedentes, en Agosto de 1824 Lima caía nuevamente bajo la órbita de Bolívar; la actividad masónica resultaba triunfante a ambos lados del Atlántico. Unos oficiales sobornados por Simón Bolívar destituyen al virrey Joaquín de Pezuela y ponen en su lugar a José de la Serna, que procede de inmediato a licenciar a los batallones leales. Pronto, el 9 de diciembre de 1824, ocurre la batalla pactada de Ayacucho, donde Sucre vence definitivamente a las tropas realistas; una farsa en la que no tomaron parte directa Espartero y Maroto, también masones, destinados a señalarse también en el futuro.



La capitulación fue firmada la noche anterior en una reunión masónica donde se acordó además que los hermanos masones, en la batalle, se reconocieran con los signos que le son comunes. Este hecho del acuerdo previo de capitulación queda corroborado por el hecho de que La Serna fue herido durante la batalla, precisamente en la mano derecha, dejándolo imposibilitado para la firma de la capitulación tras la batalla.

Otro asunto que llama la atención es que los dos generales, a vista de sus ejércitos, conferenciaron en secreto durante media hora, siendo que la versión oficial de lo que se dijeron no necesitaba más de cinco minutos. El interlocutor realista volvió a las dos horas para preguntar si iba o no a haber batalla.

Un ejército superior en número, instrucción y disciplina, con una artillería hasta siete veces mayor, se da por derrotado en menos de dos horas cuando todavía le quedan 2.000 soldados que tiene que rendir después. Se trataba de desarrollar una ópera bufa, sin tener en cuenta siquiera la tragedia personal de unos soldados que iban a entregar su vida por nada.

En esta situación, José Canterac obligó a su caballería a exponerse de una manera innecesaria, como coreografía de la tragedia, haciéndola descender al campo de batalla por una ladera tan fragosa que convertía a los jinetes, que bajaban descabalgados y ayudando a sus caballos, en fácil e inerme blanco de los enemigos que finalmente, tras dos horas de trágica comedia, vencen y conceden una capitulación extraña y extraordinariamente generosa si tenemos en cuenta el trato que hasta el momento habían dado a quienes vencían. Sucre, que se había significado muy especialmente como sanguinario, se comportaba ahora caballerosamente.

En estos momentos, Maroto era intendente gobernador de Puno, junto al lago Titicaca, donde le sorprendió la batalla de Ayacucho. Puno era una posición estratégica guarnecida por tropas aguerridas, y por tanto de fácil defensa; lugar desde donde poder hostigar a los separatistas, pero llegado el momento, Maroto juzgó oportuno no defenderla.

Cayeron prisioneros el virrey José de la Serna, quince generales, dieciséis coroneles, 552 oficiales y 3.000 soldados, que un mes más tarde se encontraban libres navegando hacia España. Maroto embarcó en la fragata francesa "Ernestina", para dirigirse a España.

Tras conocerse en Londres el resultado de la batalla de Ayacucho, un jubiloso Canning dijo ante el Parlamento inglés: El clavo está remachado. La América española es libre, y si no gobernamos tristemente nuestros asuntos, será inglesa.
La batalla de Ayacucho será la que marque el punto y final; la sentencia definitiva al desmembramiento de la Patria; sin embargo, no fue, como dice la historiografía oficial, la batalla de Ayacucho el fin de la presencia realista en América del Sur. Olañeta continuó resistiendo, fiel a la Corona y a la Tradición española, con base en Potosí, y otros movimientos patriotas se resistirían durante décadas.

La Gran Colombia de Bolívar, cayó en 1830, surgiendo en su lugar Venezuela, Colombia y Ecuador, mientras Perú se dividía, dando lugar al nacimiento de Bolivia, y el Río de la Plata también era dividido en tres repúblicas: Argentina, Uruguay y Paraguay.

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