sábado, 27 de enero de 2018

EL EJÉRCITO EN LAS ANTILLAS Y FILIPINAS DURANTE EL SIGLO XIX (V)

Pero parece que el cumplimiento del número de tropa asignado era la excepción en el orden de las deficiencias. Esas deficiencias, esas faltas de criterio, esa indecisión, ese caciquismo, como es lógico, tenían trágicas consecuencias cuando se trataba de aplicarlos al terreno de operaciones, siendo decisivamente negativas cuando el mando recaía en manos de jefes cuya honestidad y patriotismo eran más que dudosos.



Y esas deficiencias tenían reflejo directo en el campo de operaciones. Así sería denunciado por observadores del momento, quienes, como Damián Isern señalaban lo acontecido:

En las guerras separatistas de Cuba y Filipinas ha habido por parte de España tantos criterios como generales en jefe, y estos criterios resultaron por otra parte en muchos puntos contradictorios. En la Siguanea, por ejemplo, se vio al general Blanco ordenar el abandono del campamento que tanta sangre había costado conquistar y retener en la época de mando del general Weyler. Por otra parte, como no existía un verdadero plan de campaña, los generales de división, los de brigada, y aun los coroneles, se creían autorizados para operar en su zona como mejor les parecía, y en algunos casos desoyendo las prescripciones de sus superiores jerárquicos.» (Isern 1899: 272)

Pero no fue sólo el general Ramón Blanco quién llevó a cabo actuaciones más que dudosas.

Hubo generales, como Serrano Domínguez y Dulce, que hicieron constantemente la causa de los insulares contra los españoles, lastimando enormemente a éstos, y ahora ha de añadirse que otros, como Caballero de Rodas y Valmaseda, inspiraron sus actos en el criterio del elemento director del Casino de La Habana; que hubo generales, como Calleja, que llegaron al extremo de perseguir a los españoles para dar gusto a los cubanos, y generales, como Weyler, que hicieron todo lo contrario. En Madrid se dieron partidos radicales que inspiraron su conducta en los asuntos de Cuba en las logias, y sabido es que éstas decretaron en La•Habana el grito de Yara, y 80 Filipinos organizaron las postreras rebeliones contra la madre patria. Y hasta dentro de un mismo partido, hubo ministros demócratas, como Becerra, sea dicho en su elogio, que procuraron, desde el Ministerio de Ultramar, el robustecimiento y la unión de los peninsulares en Cuba, y ministros de tonos conservadores, dentro del partido liberal, que, al parecer, fueron al Ministerio para mejor dividir a aquellos peninsulares única fuerza social y política de la isla, incondicionalmente unida a España. (Isern 1899: 277-278)

¿Era esta cuestión exclusiva de los mandos de Cuba? En medio de esta situación, el gobierno planteaba un “presupuesto de paz”, mientras en 1893 se producirá la primera guerra del Rif. Pero no era el Rif la única cuestión que cuestionaba el presupuesto de paz, y no faltaban los avisos que anunciaban un más que probable conflicto militar con los Estados Unidos.

En 1893, en pleno presupuesto de paz admitido por el general López Domínguez, dos conferencias militares avisaron de la indefensión ante en probable ataque de Norte América, y no se escuchó el eco de la general aflicción de la milicia…, que la pasión política ahogó con la indiferencia y con el silencio al patriótico quejido…/… Su influencia condicionó no sólo la organización, también la mentalidad y la eficacia castrense. El Gobierno decidido a no perdonar esfuerzo a fin de hacer un presupuesto de verdad, encaminado a extinguir el déficit, cargó contra el Ejército y además de la pérdida de autonomía militar y el fracaso de la enseñanza común de sus mandos, afectó a las armas generales y cuerpos facultativos con reducción de personal, supresión de grados y ascensos, envejecimiento del material, disminución de ejercicios tácticos y revistas militares, abandono generalizado de la milicia y desidia ante la precaria situación económica en que vivían los militares, cuestiones manifiestas en la prensa y en los centros de reunión o en círculos sociales. (Adán: 18)

Pero es que con el presupuesto de paz, que mantenía unos contratos multimillonarios para la adquisición de unas naves que nunca llegaron a botarse, al tiempo que se desechaba la construcción de una flota de submarinos, mucho más económica y efectiva,

se potenció la situación de “reserva activa” en la que a la plantilla de mandos se les concedía un sueldo de los cuatro quintos de su empleo para realizar periódicamente ejercicios militares con el personal de reserva o licenciado. (Adán: 18)

Con estos debates supuestamente economicistas y manifiestamente alejados de la realidad,

llegó el año 1894, en el que se introdujeron considerables economías en el presupuesto de Cuba, reduciendo mucho su ejército; sin contar con que el Gobierno liberal, siendo Ministro de la Guerra el general López Domínguez, en el presupuesto para 1893, que se llamó de la Paz, con optimismo tan fuera de la realidad, que inmediatamente surgieron los acontecimientos de Melilla, donde sin combatir ni castigar a los moros terminaron con el convenio de Marrakesh, sobre el cual omito consideraciones, que hizo la prensa extranjera comentando el tiempo que se tardó en movilizar aquellas tropas, suponiéndolas escasas de elementos para combatir; lo cual, en el concepto casi general y en el mío propio, precipitó la insurrección de Cuba. (Weyler 1910: 20)

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