sábado, 6 de enero de 2018

Idilia, una historia del futuro (13)

Capítulo Decimotercero


La caravana fue recibida por una multitud de habitantes de Humania, en medio de una gran fiesta, con ondear de banderas.

Bandas de música y desfiles de lo más variado celebraban la liberación, y las ex presas fueron recibidas por las autoridades, quienes les ofrecieron todo el ser de Humania y la colaboración de todo el pueblo para desarrollar su libertad.

Eran libres de hacer lo que les pareciera, pero, conscientes de la situación, las autoridades de Humania dispusieron que, conforme llegasen, fuesen alojadas, de la mejor manera posible, en los establecimientos públicos de gran capacidad. Así, se habían habilitado varias canchas deportivas y tiendas de campaña en los campus universitarios para acogerlas y apartarlas del bullicio popular que las asediaba.

Aunque la tranquilidad no podía llegar de improviso, se procuró al máximo, al tiempo que un ejército de tocólogos estaban atentos a la evolución de las mujeres en más avanzado estado de gestación.

Aquella noche no pudieron dormir, ya que un alto número de mujeres reclamaron sus servicios, llegando a registrarse, además de un sinnúmero de falsas alarmas, el nacimiento prematuro de hasta dos decenas de niños, que contra lo previsto hasta el día anterior, tuvieron la suerte de ser acunados en los brazos de su madre.

Los llantos de alegría mantuvieron despiertas a todas aquellas mujeres durante gran parte de la noche. La alegría de sentirse libres, y la alegría de unas cuantas nuevas vidas de seres que hasta hacía sólo horas estaban condenadas al sacrificio para satisfacer los caprichos y las exquisiteces culinarias de la doblemente mórbida sociedad de Idilia.

Les resultaba punto menos que imposible requerir la asistencia médica. Tan acostumbradas estaban a que la misma fuese motivo de asesinado de sus propios hijos, que eludían la ayuda de quienes se veían obligados a permanecer en constante vigilia para atender las necesidades de aquellas mujeres que sabían necesitadas, y de las que sabían que en muchas ocasiones no sería requerida su ayuda.

Fue una noche, a pesar de todo, corta.

Ya de mañana se les ofreció la posibilidad de continuar en aquellos pabellones, de cobijarse con familias de Humania, o de ocupar viviendas que se habían preparado para ser ocupadas en grupos de varias dimensiones.

De todo hubo, no sin mostrar extrañeza ante la diferencia de trato recibida. También se produjo la inadaptación de unas mujeres que conocían en sus más tristes consecuencias la realidad de la esclavitud.

Las que mostraron menos inconvenientes eran las mujeres naturales de Humania que habían sido hecho prisioneras por el régimen de Idilia, y que se integraron con sus familias, pero eran las menos. La inmensa mayoría de las mujeres rescatadas sólo conocían el régimen opresor de Idilia, y en concreto el de la prisión, que habían conocido como consecuencia de alguna desavenencia con el régimen.

Allí había niñas que no habían sabido admitir la “desaparición” de sus padres; mujeres que se habían negado a abortar; mujeres que se habían obstinado en tener más de un hijo; mujeres que se habían negado de forma manifiesta a ser lesbianas… Todas las mujeres que cometían un delito en Idilia eran condenadas a la prisión de mujeres; eran condenadas a la fecundación in vitro; eran condenadas a abortar y a entregar a sus hijos para satisfacer los más bajos deseos de una sociedad podrida como la de Idilia.

La población de Humania estaba preparada para la incomprensión de sus liberadas, y se disponía a librar la lucha íntima de la convivencia. A la postre no sería larga, y en el peor de los casos terminaba con la alegría del parto.

La relación con personas normales, con familias normales, con hombres, con mujeres, con niños, con abuelos, con tíos, con primos, con cuñados… y con el parto de sus propios hijos, acabó por integrar de una manera absoluta a aquellas mujeres que en su vida sólo habían conocido esclavitud.

Con el tiempo no faltaría multitud de matrimonios con hombres de Humania… Y por supuesto, no faltó la labor de los sacerdotes, que se vieron en la necesidad de multiplicarse para atender tanta demanda de humanidad, y tanta demanda de Dios.

La mayoría aprendió a olvidarse de su triste pasado y se centró en cuidar su embarazo y en querer a sus hijos, pero no faltó quién preguntó por los guardianes que sabía prisioneros en la acción de rescate.

Como no podía ser menos, el tratamiento no fue el mismo que el recibido por las prisioneras.

El dilema que tuvieron las autoridades de Humania fue grande. Sabían que podían encontrarse con esta situación, y las órdenes del asalto eran bien claras: evitar todo derramamiento de sangre dentro de lo posible, así como el traslado el máximo de prisioneros a Humania.

Conseguido el objetivo, el problema era cómo desintoxicar de la enfermedad a los prisioneros; unos individuos manifiestamente viciados en la perversión de Idilia; no se trataba de personas sin criterio que sobrevivían en Idilia, sino miembros de la élite opresora; del colectivo homosexual dirigente de Idilia.

La primera medida fue determinar si su condición de homosexual era provocada por la enfermedad o por el vicio, y a ello se volcaron los científicos de Humania, como condición indispensable para determinar las acciones a seguir con ellos.

Tras varias pruebas genéticas, los científicos llegaron a la conclusión que, efectivamente, en aquel caso no se trataba de enfermos. Genéticamente se encontraban sanos. Sólo cabía la posibilidad del vicio, o lo que era lo mismo, de la costumbre social de Idilia a la que las mentes débiles no sabían sobreponerse.

Se trataba, así, (hubo quién interpretó que afortunadamente), de reeducar la mente de aquellas pobres personas que habían sido mediatizadas por la opresión de Idilia.

Bien alimentados con alimentos naturales de la tierra; con la obligación de asistir diariamente a clases de cultura general, científica, literaria, filosófica y religiosa, fueron dejados libres; se les facilitó una vivienda, y se les exigió castidad.

Una discreta vigilancia completó la “pena” de los prisioneros, que conocedores de su situación vigilada no intentaban acción alguna que pudiese poner en peligro su vida o su libertad, y se resignaban a completar el programa de formación a que eran sometidos.

Estaban acostumbrados a la vigilancia permanente, por lo que no se sintieron incómodos, y por otra parte, descubrían, admirados, las realidades de la cultura, de Dios y de la historia que les habían sido negadas en la que consideraban la más perfecta de las sociedades.

Con el tiempo surgirían entre ellos discusiones que contribuirían al conocimiento de la libertad. De momento permanecían expectantes y sumisos ante el programa intensivo de educación a que se encontraban sometidos, y que poco difería del que también recibían quienes hasta días antes habían sido sus esclavas personales.

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