martes, 2 de enero de 2018

Nada en común (XIV)

1970

Por aquellos entonces, finales de 1970, estaban encarcelados unos trescientos colaboradores del terrorismo etarra. Acababan de asesinar a un taxista e iba a dar comienzo el conocido como “Proceso de Burgos”, contra dieciséis terroristas. Se dictaron seis penas de muerte que finalmente fueron conmutadas por Franco.



Fue el proceso de Burgos un hito en lo que podemos denominar prolegómenos de la democracia. Todas las democracias del mundo tomaron partido por los terroristas juzgados, y con ese respaldo, fue secuestrado Eugen Beihl, cónsul de Alemania Federal en San Sebastián. La presión del terrorismo era evidente. Estaban sembrando el camino para la instauración de un sistema democrático al que el pueblo español se mostraba ajeno.

Y Cesáreo era consciente de éste desprecio por el sistema democrático porque él, en aquellos justos momentos, era un acalorado defensor de un sistema que prometía ser el paradigma de la bondad política.

Sí, en esos justos momentos dedicaba Cesáreo a defender, en la sección de cartas al director de “El Correo Catalán”, “Tele Exprés”, “La Vanguardia”, “Diario de Barcelona”... el sistema democrático. Hacía auténticas piruetas intelectuales para apoyar el sistema desde sus postulados, por otra parte firmes postulados, nacionalsindicalistas.

Por su parte, la prensa, y en ella quienes años más tarde dirían que durante el anterior régimen no había libertad de expresión, cargaban las tintas contra quienes defendían postulados patrióticos y sociales no socialistas. Efectivamente, no había libertad de expresión para defender los postulados nacionalsindicalistas, mientras ellos sí tenían libertad para tildar de “inmovilistas”, “reaccionarios” y “cavernícolas” a quienes tal hacían.

Las campañas socavando el espíritu cristiano y nacional comenzaban a manifestarse. “Sería curioso que se examinara el descenso y casi eclipse de la presencia de los sacerdotes en las aulas. En gran parte han desaparecido los catecismos parroquiales...La prensa católica –revistas, hojas diocesanas- son, en general, motivo de desorientación, discusiones, enfrentamientos y creciente malestar...” denunciaba la revista Fuerza Nueva el 5-12-1970.

La pérdida de norte por parte de los pastores de la Iglesia era manifiesta y dolorosa. Hasta el extremo que en unos trabajos parroquiales sobre “reflexions per a una catequesi d’adults” (reflexiones para una catequesis de adultos), el libro de texto era el conocido como “Catecismo Holandés”, en el que entre otras cosas, una curiosa religiosa inicia el temario con un curioso tema: “Evangelio y libro de Mao: mensaje de la acción”. Aquellas aguas trajeron estos lodos...

Y es que, desde 1960 la HOAC, infiltrada por elementos marxistas, era colaboradora indiscutible de las organizaciones marxistas  que acabarían reflotando, una vez fallecido Franco, toda la sopa de letras del materialismo “de izquierdas”.

La revista Fuerza Nueva, que en algunos asuntos resultó visionaria a pesar de las críticas que  el propio Cesáreo le lanzaba, decía verdades como que “cuando se viene sustrayendo a la infancia, a la juventud, y a toda la sociedad de la auténtica enseñanza cristiana, se efectúa, sin más, un vacío que ya sólo se llena de escepticismo, materialismo, e inmoralidad en todas sus declinaciones. No es que en otros tiempos no existieran también estas taras humanas, pero ni eran tan extensas ni estaban avaladas por el silencio eclesiástico y muchas veces con el espaldarazo de sacerdotes, religiosos y religiosas.

“A estas horas, la Conferencia Episcopal Española, corporativamente ante Dios y España responsable de la enseñanza moral y la denuncia del mal, enfrascada con tantas reivindicaciones de derechos de expresión y de no sabemos cuántas más libertades, viene contemplando impasible este triste espectáculo, que afecta ya a su propia vida con la masiva deserción de sus seminaristas, novicios y novicias, y con la desgraciada fácil profecía de que en los próximos años desaparecerán muchos seminarios españoles.” (Fuerza Nueva, 5-12-1970).

Sí señor, aquellas aguas trajeron estos lodos... Premonitoriamente afirmaba también que “permitiendo que persevere una situación de anemia moral, nos estamos jugando el ser o no ser de España”.

La prensa de desgañitaba poniendo en ridículo a quién tales cosas decía. Lo más suave que se podía leer era “ultra”, “inmovilista” o “fanático”... Y lo curioso es que, el propio Cesáreo leía estas cosas con cierta sonrisa burlona. Sinceramente creía que Blas Piñar se pasaba en su papel de defensor confeso de un régimen que Cesáreo estimaba digno de ser combatido. Ahora, gustoso, rebobinaría la historia y cambiaría su actitud.

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