martes, 27 de febrero de 2018

La tortura en la Inquisición (III)

Hemos atendido como datos aceptables los aportados por los historiadores Lea y Kamen, manifiestamente militantes de la doctrina anti-inquisitorial, y nos hemos quedado con que el sistema inquisitorial aplicaba la tortura en el uno o dos por ciento de los casos… y de los casos más graves. Si en toda la Hispanidad, también según esos autores, los condenados a la hoguera están en una horquilla de 800-1400 personas, y muchos de ellos fueron quemados en efigie porque habían fallecido con anterioridad o se habían exiliado, el dos por ciento de lo que queda llega a sumar, en toda la Hispanidad, la cifra de… (que cada cual lo calcule).


Además, la tortura no solo no se aplicó durante toda la existencia de la Inquisición, sino tampoco, y por supuesto en todos los casos; sólo en los casos más graves que llevaban aparejada la contumacia. “La tortura, empleada al término de la fase probatoria del proceso, tenía lugar cuando el reo entraba en contradicciones o era incongruente con su declaración, cuando reconocía una acción torpe pero negaba su intención herética, y cuando realizaba sólo una confesión parcial. Los medios utilizados fueron los habituales en otros tribunales, sin acudir nunca a ninguna otra presión psicológica que la derivada del propio miedo al dolor. En concreto, la Inquisición hizo uso de tres procedimientos: la garrucha, la toca y el potro. El primero consistía en sujetar a la víctima los brazos detrás de la espalda, alzándole desde el suelo con una soga atada a las muñecas, mientras de los pies pendían las pesas. En tal posición era mantenido durante un tiempo, agravándose a veces el tormento soltando bruscamente la soga -que colgaba de una polea- y dejándole caer, con el consiguiente peligro de descoyuntar las extremidades. Más sofisticada era la tortura del agua, en la que el reo era subido a una especie de escalera, para luego doblarle sobre sí mismo con la cabeza más baja que los pies. Situado así, se le inmovilizaba la cabeza para introducirle por la boca una toca o venda de lino, a la que fluía agua de una jarra con capacidad para algo más de un litro. La víctima sufría la consiguiente sensación de ahogo, mientras de vez en cuando le era retirada la toca para conminarle a confesar. La severidad del castigo se medía por el número de jarras consumidas, a veces hasta seis u ocho.
Estas dos formas de tortura, las más primitivas, cayeron luego en desuso y fueron reemplazadas por el potro, instrumento al que era atada la víctima. Con la cuerda alrededor de su cuerpo y en las extremidades, el verdugo daba vueltas a un dispositivo que progresivamente la ceñía, mientras el reo era advertido de que, de no decir la verdad, proseguiría el tormento dando otra o varias vueltas más.”

Esta explicación, por supuesto, nos deja atónitos, y con nuestra sensibilidad del siglo XXI la estimamos inaceptable, pero debemos tener en cuenta, según los datos estadísticos aportados, que la Inquisición era de la misma opinión. Estos métodos, al parecer, sí eran aplicados por los mismos que crearon la historia negra.

Los datos están en los archivos de la Inquisición, que era metódica en todo. Será cuestión de que los investigadores realicen una lista con todos los casos. Lo cierto es que 139 años antes de que en Estados Unidos se planteasen suprimir la tortura, “En 24 de Agosto de 1782 se aplicó en Sevilla el último suplicio a una mujer… precedieron á la captura de esta mujer más de diez años de delaciones no interrumpidas.”

Debemos considerar además que “no hay referencia alguna fidedigna de que la Inquisición española tratara con ensañamiento a sus víctimas, como las hay, en cambio, en la historia de las persecuciones religiosas de otros países, como por ejemplo en Francia con los hugonotes… Admitimos, sin reparo, que el Tribunal de la Inquisición no tenía la exclusiva del uso de la tortura, que no usaba de ella indiscriminadamente, y aun que la aplicaba con desagrado y como un mal menor.”

Porque si es cierto que la tortura era utilizada, también es cierto que no era sistemática, sino aplicada en casos muy concretos de contumacia que en cualquiera de los casos deben configurar una cifra total que, por lo dicho hasta el momento, y a falta de comprobación, no puede pasar, como mucho, de dos cifras bajas… En toda la Hispanidad. También es cierto que la tortura era un método utilizado en la época por todas las instancias, civiles, militares, españolas y extranjeras, y a ese método no eran ajenos ni los musulmanes ni los protestantes. No se trata de justificar el acto; se trata de no acusar a la Inquisición de actos que estaban generalmente asumidos. Y también dice Juan Antonio Llorente, secretario que fue de la Inquisición, que “es cierto que los inquisidores hace muchos tiempos que se han abstenido de decretarlo, de forma que casi se puede reputar abolido por el no uso”.

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