jueves, 29 de marzo de 2018

EL ANEXIONISMO ANGLO-USENSE (VI)


Pero el gobierno español no supo, o más probablemente no quiso, tomar medidas al respecto. Más interesado en luchas cainitas, se esforzaba no se sabe exactamente en qué mientras los intereses británicos iban alcanzando todos los objetivos a costa de la riqueza nacional.



Parece atrevido el aserto, pero ¿qué otra cosa se puede pensar de un gobierno que en absoluto era desconocedor de la actuación de aquellos con los que estaba tratando? Eran sobradamente conocedores que

los antecedentes de los anglo-americanos y toda su historia nos inducen a dudar de su buena fe. (Aragón 1898: 9)

Pero la actuación de los gobiernos españoles no deja de llamar la atención por la pasividad mostrada ante las declaradas pretensiones de los anglo usenses. ¿Cómo se entiende que, cuando en 1843, el secretario de Estado norteamericano Buchanan (el presidente por entonces era Harrison) encargó al embajador en Madrid, Saunders, la compra de la Isla de Cuba por 50 millones de dólares, Espartero se limitase a no responder a la demanda?

La demanda, en el mejor de los casos no era más que un insulto a España; un insulto que un gobierno digno no podía dejar sin respuesta, pero la verdad es que, a la vista de los acontecimientos de España en aquellas fechas, a las que hemos dedicado espacio en el trabajo “Las guerras contra el liberalismo en el siglo XIX”, no es de extrañar el silencio del ejecutivo.

El pueblo español, a pesar de estar ya maniatado intelectualmente, difícilmente podría perdonar a quienes pasaban por sus gobernantes que cometiesen semejante felonía. Tal vez sería mejor abocar el asunto a una guerra en la que España no pudiese ser rival. Habría que esperar y habría que crear situaciones fantasma que permitiesen llevar a término la farsa.

El montaje de la tramoya no tardó en iniciarse. En 1845 John L. O’Sullivan inventó la expresión “destino manifiesto”, para definir lo que tenían que hacer los Estados Unidos: absorber los territorios vecinos dada la superioridad de la raza anglosajona sobre la latina y sus instituciones democráticas. (Miguel 2011: 76)

A tal efecto,

ya en 1845 se fundó en Nueva York la asociación "Lone Star", cuyo objeto era la anexión de Cuba a los Estados Unidos haciendo uso de los más diversos medios, desde la propagación y el aliento de los disturbios en la isla hasta la financiación de expediciones armadas. Los mismos medios que simultáneamente estaban siendo aplicados para la anexión de Texas, incorporada con todos los territorios al norte del Río Grande a la Unión en 1848 por el tratado de Guadalupe−Hidalgo; en total, dos millones de km2. Ese mismo año, el gobierno de Washington propuso por primera vez a España la compra de Cuba, sin por ello abandonar la presión orientada a justificar una futura intervención "solidaria". De hecho, tras la negativa española, se multiplicaron los desembarcos de mercenarios y el apoyo a los independentistas se hizo explícito. (Pérez 1998: 4)

¿Cómo se conjugaba esa actuación con el estatuto de 1818, conocido con el nombre de Ley de Neutralidad de los Estados Unidos y que afirmaba que una nación amiga no puede consentir que se enlisten dentro de su jurisdicción territorial, fuerzas navales y militares, con el fin de ayudar a los insurrectos?

Difícil conjugación, manifiestamente demostrada por el vicepresidente de los EE UU, George Dallas, cuando en un banquete celebrado en 1845 brindó públicamente por la anexión de Cuba. Pero no sería hasta el 14 de diciembre de 1848 cuando Estados Unidos planteó nuevamente a España la venta de Cuba.

0 comentarios :

 
;