martes, 6 de marzo de 2018

Idilia, una historia del futuro (14)

Capítulo Decimocuarto


Mientras todo esto comenzaba a plantearse, Antonio se dirigía en vehículo oficial a la ciudad, al tiempo que Andrés y Eduardo, apenas saboreado el éxito, y dejado a buen recaudo la cabina de transmisión de la materia usada en la cárcel de mujeres, debieron emprender la marcha a Idilia, para no levantar sospechas y seguir con su actividad revolucionaria.

Nada mas llegar, Helena les dio las instrucciones oportunas. Cada uno a su puesto; Andrés al habitáculo de Antonio, y Eduardo a su habitáculo. En breve saltarían las alarmas y no sabían las consecuencias de la acción.

Con toda seguridad se produciría una acción militar contra Humania, momento que sería aprovechado para generalizar las actividades revolucionarias dentro de Idilia; pero también cabía la posibilidad de que no ocurriese, porque las autoridades de Idilia pretenderían seguir negando la existencia de Humania, al objeto de no minar más la confianza en el sistema.

Ese era el parecer de la alta estructura de Idilia, pero en breve se hizo patente la falta de miembros para transplante, lo cual motivó cierto malestar en un sector de la población cercano a la jerarquía; pero lo que rompió todos los esquemas de la clase dirigente fue la falta de suministro que sufrieron las carnicerías especializadas el abastecimiento de fetos frescos.

Ciertamente, la acción liberadora del comando había ocasionado una mini crisis en la economía de Idilia, donde se resintieron todas las estructuras. La bolsa sufrió una importante caída en los sectores primarios de Idilia: La alimentación y la cosmética, y a pesar de los esfuerzos por ocultar la situación, el gobierno de Idilia se vio forzado a emitir un comunicado informando de lo sucedido, ya que, aunque la sociedad había vuelto a su inoperancia intelectual tras el golpe de efecto de las octavillas lanzadas meses atrás, los sectores dirigentes de segundo y tercer orden, faltos de elementos de primera necesidad, fueron los primeros en manifestar su malestar, que inmediatamente se transmitió al resto de la población.

Nuevamente las páginas informáticas libres cobraron vigor; nuevamente se potenciaron los mensajes de personas individuales que, poco a poco, iban como despertando de un letargo que se había dilatado durante toda su vida.

Las protestas iban tomando forma. La gente ya no se limitaba a tragar todo lo que los medios de comunicación del sistema tenían a bien transmitir. Ya, ocasionalmente, se abrían los micrófonos y las cámaras de televisión para organizar alguna encerrona a algún disidente.

Pero la situación era muy delicada. A pesar de la machacona propaganda del sistema sentando dogma sobre la bondad del mismo sin argüir ninguna evidencia, era evidente que la gente se decantaba cada vez más a los medios informáticos electrónicos libres que comenzaban a proliferar independientes del poder establecido.

El sistema, por su parte, no podía agudizar más su opresión: estaba permanentemente al máximo, pero ahora no podía practicar la desaparición de los disidentes porque ya eran públicamente conocidos y hasta se atrevían a hablar de Humania.

Llegó a ser tal la situación que el propio sistema se vio obligado a reconocer la existencia de ese estado de opresión que era Humania, donde la gente tenía los hijos que quería, el aborto estaba prohibido y la homosexualidad era tratada médicamente.

Llegaron a realizar programas sobre las actividades de Humania, destacando aspectos tan aberrantes como que en Humania toda la sociedad vivía en familia, padres, hijos, abuelos… Se destacaba lo ilógico de éstas situaciones con agudos comentarios realizados por expertos comunicadores de Idilia, que resultaban altamente convincentes, y que las razones de Idilia eran incontestables.

Otros aspectos que destacaban los programas culturales de Idilia dedicados a analizar la extraña realidad e Humania, eran los relacionados con la educación de los hijos, y con el tratamiento injusto y vejatorio recibido por los homosexuales, que eran tratados como enfermos o como viciosos.

Este era un  aspecto especialmente destacado por todas las cadenas televisivas, donde se producían constantes debates nutridos por diversos contertulios profundamente interesados en los diversos asuntos, y a los que, por supuesto, nunca acudía nadie desde Humania.

Pero la sorpresa de los organizadores fue máxima cuando descubrieron que a los citados debates sólo acudían interpelantes de Idilia.

No obstante, y como el espectáculo estaba servido, así como cubierto el sensacionalismo y dada la impresión de existencia de libertad, todas las cadenas continuaron por tiempo indefinido explotando el asunto de Humania: su existencia ya innegada, y lo absurdo de su existencia.

Evidentemente, Idilia seguía demostrando la inmensa superioridad de su ser y la razón de su existencia, así como la irracionalidad de la existencia de Humania. Usaba de los medios de comunicación de la forma ya acostumbrada. No era nada nuevo. Sólo debían cambiar las formas del mensaje, y en poco tiempo, el asunto quedaría deglutido y olvidado.

Y ese era el camino. La evidencia resultaba aplastante; en menos de un mes, aunque seguía hablándose del asunto, era cada vez con menos virulencia… La gente iba olvidando el asunto.

¿Olvidando?… Casi todos. Había dos núcleos, cada vez más duros que tenían el asunto más y más presente.

Por una parte, el núcleo de duro de Idilia hostigaba a los partidos políticos de uno y otro signo, a todos los cuales controlaba en todos sus órganos y extensiones, para que controlasen el creciente rescoldo de revolución social que poco a poco se iba instaurando en determinados sectores de la población.

Por otra parte, y partiendo de varias páginas web creadas por varias personas independientes que se habían sentido sensibilizadas por  las acciones desarrolladas por los miembros de Humania, se estaba creando un creciente partido revolucionario que ponía públicamente en entredicho las actividades del sistema imperante. Todo de forma políticamente correcta, ya que eran conscientes del peligro que corría su vida incluso en esa situación de ambigüedad.

Se estaba llevando una sorda batalla dentro de la propia Idilia, a la que los agentes de Humania no eran ajenos, pero en la que no se podían inmiscuir de una manera determinante para no significarse indebidamente y ver así coartada su libertad de maniobra.

Tenían éstos, además, una preocupación por las consecuencias de la última acción; consecuencias que consideraban serían duras e inminentes, pero que no acababan de llegar. Parecía como si todas las consecuencias se limitasen a que los partidos de Idilia, todos responsables directos de la situación de Idilia, pretendisen presentarse a la opinión pública como defensores de todo lo que habían atacado a lo largo de toda su vida.

De pronto, unos y otros lanzaban proclamas afirmando que debía protegerse la natalidad en las parejas que así lo deseasen. Había algún grupúsculo que defendía que las parejas pudiesen tener hijos sin inseminación artificial, y hasta se atrevían a señalar la inconveniencia de imponer el aborto en el caso de un segundo embarazo.

Habían convertido el asunto en arma arrojadiza. Así, el Partido Social de Idilia, acusaba al Partido del Pueblo de Idilia, gobernante en ese momento, de aberraciones ciertas, cometidas a diario y durante décadas sobre la triste población de Idilia. Por su parte, el Partido del Pueblo de Idilia acusaba al Partido Social de Idilia de haber procurado la peor de las situaciones sobre la población de Idilia.

Unos y otros tenían razón; unos y otros vivían del mismo huésped; unos y otros no eran sino pastores de un rebaño al servicio de unos señores superiores que les ordenaban la actuación de cada momento, y que les permitían comer del mismo rebaño que comían ellos.

Texto completo: http://www.cesareojarabo.es/2018/07/idilia-una-historia-del-futuro-texto.html

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