viernes, 2 de marzo de 2018

Nada en común (XV)

Sigue 1970

No obstante, el pueblo español seguía manteniéndose ajeno a la idea de la democracia. Sencillamente vivía feliz, y sobre todo libre, en un sistema político que le garantizaba el puesto de trabajo con unos Sindicatos y una Magistratura de Trabajo que no dudaba en ponerse del lado del trabajador siempre que éste tuviese un mínimo de razón.
Sí, vivía alegre y confiado; excesivamente confiado; letalmente confiado.



Curiosamente Magistratura de Trabajo y Sindicatos serían las primeras instituciones que el sistema democrático eliminaría, poniendo en su lugar el despido libre y la indefensión más absoluta de los trabajadores, que acabaron viéndose abocados a unos horarios laborales sin fin, a unos sueldos marcados por el interés de las partes (¿qué fuerza tiene el trabajador frente al poderío del capitalismo?), y a la desaparición de un patrimonio sindical acumulado durante décadas por todos los trabajadores, y que, de la noche a la mañana democrática dejó de existir.

No obstante ser ajeno al sentimiento del pueblo español, que veía en los jueces los garantes de su libertad y de su seguridad, el Proceso de Burgos fue convertido, por parte de las democracias, por parte de las nuevas jerarquías de una Iglesia que se denominaba católica, y por parte de los medios de comunicación, en un proceso al Régimen.

En las iglesias de Guipuzcoa y de Vizcaya se leyó una carta pastoral firmada por los nuevos Elipandos, Cirarda y Argaya, condenando al tribunal del Proceso de Burgos, y reclamando clemencia para aquellos terroristas que pudiesen ser condenados a muerte. No hicieron lo mismo los Elipandos de turno cuando los asesinos juzgados segaron la vida de tres españoles que se limitaban a cumplir sus obligaciones laborales.

¿Qué hacía pensar a estos individuos que pudiesen pronunciarse condenas de muerte? se preguntaba Cesáreo.

Pero no terminó ahí la acción de zapa iniciada por los Elipandos. Así, la Conferencia Episcopal hizo una declaración apoyando a Cirarda y a Argaya.

Estas actuaciones provocaron, por una parte, una serie de alteraciones del orden público, que los demócratas señalan como enfrentamientos entre manifestantes y policía, y que en realidad se restringían a que, ante la aparición de la policía, los valientes manifestantes salían huyendo.

Se produjeron importantes manifestaciones en los lugares que, curiosamente, habían recibido a lo largo de los años todos los apoyos del régimen que a su vez fueron en detrimento de otros lugares: Madrid, Barcelona, Bilbao, Oviedo, Sevilla, Pamplona.
La propaganda democrática, que siempre ha demostrado ser superior a cualquier otra propaganda (careciendo de otras virtudes es lógico que así sea), hizo que, de entre los zopencos, surgiesen nada menos que trescientos artistas e intelectuales catalanes que tuvieron a bien encerrarse en la abadía de Montserrat, pidiendo “libertad, amnistía y estatuto de autonomía”. ¿Qué hizo el sistema? Nada.

Se admira Cesáreo al comparar la actitud del régimen de Franco con la actitud del régimen democrático ante el ataque intelectual o seudo intelectual.

El régimen de Franco no hacía nada. El régimen democrático, bien al contrario, condena al ostracismo más feroz a quién se atreve a cuestionarlo.

¿Se puede comparar la actitud que tuvo el régimen de Franco con periódicos como por ejemplo “Tele Exprés” de Barcelona con la actitud que tuvo el sistema democrático con “El Alcázar”? Tele Exprés desapareció  en democracia por circunstancias que Cesáreo no quiere tan siquiera analizar. “El Alcázar” fue literalmente ahogado por el gobierno democrático. ¿Y qué debemos decir de Cambio16 o Triunfo? La democracia no admite la existencia de publicaciones que, como Cambio16 o Triunfo, ataquen la esencia del sistema. Curiosamente, un régimen autoritario sí las admite. Duras críticas hacía José Oneto en Cambio 16, allá en 1975.

Y es que la prensa, ya en aquellos entonces servía los mismos intereses que está sirviendo ahora mismo. Mentía casi tanto como miente ahora mismo. Así, por ejemplo, Diario de Barcelona decía el 6 de Septiembre de 1975, que el alcalde Vilassar de Mar había sido destituido, cuando la realidad era que el alcalde había presentado la dimisión. Y no pasaba nada. Estaban ensayando en el noble arte de la mentira, que tanto desarrollarían con los años. Y es que, confundiendo el culo con las témporas, el Director General de Cultura Popular, Miguel Cruz Hernández, proclamaba lo que era tristemente evidente cuando la mentira prima sobre la verdad de información: “No se le va a poner una mordaza a la prensa”.

Podría haber terminado diciendo: “Ya se encargará la prensa de poner una mordaza al pueblo español”.

Por su parte, durante el proceso de Burgos, los abogados de los terroristas, Gregorio Peces Barba, José María Bandrés y José Echevarrieta, se permitían el lujo de presentar a aquellos asesinos como héroes...Y el régimen no hacía nada. Les dejaba.

Pasado el tiempo y sin admitir comparaciones, ni por parte del interesado ni por parte de Cesáreo, ¿acaso sucedió lo mismo con el juicio llevado contra una excelente persona, Don Antonio Tejero Molina? Sencillamente no.

Finalmente, los terroristas fueron indultados y pasaron, lógicamente, a engrosar el activo de la democracia; de una democracia que fue antifranquista por conveniencia, pero que, lo que es en esencia es antiespañola y anticristiana.

Entre unas cosas y otras, el espíritu quijotesco que anidaba en Cesáreo le exigía tener una dama. La verdad es que no tenía muy claro este aspecto todavía, pero el caso es que sus correrías con su amigo Pedro Morata lo llevaron desde las rocas, a las que tenía gran afición en escalar, hasta las muchachas, que no le atraían menos.

Era Pedro un amigo muy querido y muy lanzado en todos los campos. Ante los pensamientos nacionalsindicalistas de Cesáreo respondía que él era anarcosindicalista. No por nada, sino por llevar la contraria, dentro de un orden, a su amigo. La verdad es que Pedro, a la sazón dos años mayor que él, llegó al conocimiento del anarcosindicalismo gracias a su relación con Cesáreo.

Lo que sí conocía Pedro a la perfección era el trato con las muchachas. Tanto, que acabó casándose antes de lo previsto.

Es el caso que Cesáreo conoció a una chiquita muy mona, que se llamaba Rosa, y con ella tuvo su primer “idilio”. Pero en este sentido, Pedro y Cesáreo eran bastante distintos.

Cierto día, Pedro organizó una fiesta en su casa. Nada extraño, ya que esos guateques se celebraban con relativa asiduidad. Asistieron al mismo varios amigos y amigas. Los padres de Pedro no estaban, y una vez todos reunidos, ni corto ni perezoso, asignó a cada pareja una habitación mientras él entraba con su novia en otra.

Cesáreo quedó contrariado. Había aprendido que debía respetar a la gente, y consideraba que aquella situación podía significar una encerrona para Rosa que, como él mismo, no sabía donde se había metido.

Con las mismas, cogió a Rosa de la mano y se marcharon a pasear por Barcelona. Rosa vivía en el otro extremo de la ciudad, por lo que dieron una larga (o larguísima) caminata. Afortunadamente no faltaban los bares donde poder tomar tranquilamente una cerveza.
La pareja no hablo de lo acontecido para nada. Era como si no hubiese sucedido. Esa actuación le dejó el alma tranquila cuando pocos meses después rompió relaciones con ella.

¿Por qué lo hizo? Porque ella, a pesar de las explicaciones que reiteradamente recibía sobre la filosofía de la vida que tenía Cesáreo, no las entendía. Hubiese estado con él aunque su filosofía hubiese sido la contraria. ¿Que eso era amor? Tal vez, pero Cesáreo quería estar seguro de la actuación de su mujer, aunque por circunstancias de la vida no volviesen a verse, y ese, evidentemente, no era el caso.

Cosas de la vida difíciles de entender en una gran urbe como Barcelona, con el añadido de que uno y otra vivían en barrios alejados uno de otro,  años después Rosa buscó a Cesáreo y le pidió un hijo... Cesáreo, que seguía sin entender nada, volvió a darle calabazas.

Cesáreo tenía inquietudes políticas que no eran atendidas en el hogar Valencia de la OJE, por lo que inició un peregrinaje en busca de lugar donde encajar.

Por supuesto no podía encajar con los pensamientos materialistas. Ya había tenido algún encontronazo.

En cierta ocasión, practicando su deporte favorito, la escalada, coincidió con miembros del FRAP aficionados al mismo deporte. Tras una “amigable” charla, recibió su primera amenaza de muerte.

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