martes, 20 de marzo de 2018

Siguiendo con la guerra de sucesión (XV)

Las esperanzas militares de Felipe V residían, así, en la fuerza militar francesa. Pero a lo largo del conflicto, como queda señalado, se resolvió parcialmente esa necesidad acometiendo importantes reformas del Ejército, si bien calcando las formas francesas que no serían superadas hasta 1724; así, conforme señala la misma autora, “en 1705 pudo alcanzar ya 50.000 hombres, y al terminar la Guerra de Sucesión contaba con 100 regimientos de infantería y 105 escuadrones de caballería y dragones, y con un número de hombres que podía situarse en torno a los 70.000 y 100.000, cifras inimaginables en los últimos años de Carlos II.” 

Ese refuerzo del ejército fue llevado a cabo por los marqueses de Bedmar y de Canales, por Jean Orry, Amelot y el mariscal de Puységur, e incluía la creación del Real Cuerpo de Artillería y del cuerpo de Ingenieros, así como la Compañía de Guardias Marinas y la construcción de barcos, juntamente con la creación de las academias militares, y significaba una evidente modernización del ejército que posibilitaría, aunque de forma efímera, la toma de Cerdeña en 1717 y la de Sicilia en 1718, donde tomaron parte 29 navíos con 10.000 tripulantes .

Volviendo a los inicios del reinado de Felipe V, a principios del año 1702, Fernando Meneses de Silva, conde de Cifuentes, predicaba la sedición en Andalucía, por lo que fue tomado preso. Logró escaparse y ponerse al servicio del Archiduque. Quedaba manifiesto que la oposición a Felipe V se circunscribía a pequeños círculos, siendo que a un año de su toma de posesión, señala Antonio Ramón Peña Izquierdo que “en diciembre de 1702 nada hacía presagiar el cambio de rumbo de la situación general española. El ambiente tanto en Cataluña como en el resto de España era de esperanza y optimismo y solo había una nube sombría: la guerra italiana. La publicística –especialmente catalana-, conducida por tantas esperanzas que se abrían, redobló el esfuerzo propagandístico en defensa de Felipe V y contra la guerra que se iba extendiendo por Europa”  ; y en Barcelona, ese mismo año, se editaba el Manifiesto y declaración de guerra por los estados de Olanda contra España y Francia, si bien, evidentemente, los conspiradores austracistas, entre los que destacaba Narciso Felíu de la Peña, ejercían una labor subversiva.

Ello no quiere decir que los austracistas estuviesen inactivos. Los aliados empezaban sus operaciones militares en la península con las mismas tácticas de piratería que venían utilizando desde tiempos de Felipe II. Así, el 22 de Septiembre de 1702 la armada anglo-holandesa tomó el puerto de Vigo, donde se había refugiado la flota de Indias, que en las islas Terceras fue avisada de la presencia de los piratas anglo-holandeses, al mando de Ormont Halemundo y Colemberg. Se especula si esta acción estuvo tramada por el Almirante de Castilla.

El desastre de Vigo tuvo a su favor la falta de coordinación de las administraciones españolas. Es el caso que, arribada la flota a Vigo, no se decidieron a desembarcar la carga porque las ordenanzas prohibían que se hiciese fuera del puerto de destino, que era Sevilla. Finalmente llegó la autorización para desembarcar la plata, pero no para desembarcar las mercancías, lo que dio lugar a una discusión bizantina mientras la armada de 150 buques enemigos hacía acto de presencia el 23 de Octubre.

Cuando se tuvo cierta su presencia, hicieron frente cinco mil ochocientos soldados y cinco navíos franceses, que al arribo de los piratas rompieron filas en desbandada, dando lugar a que aquellos desembarcaron en número de cuatro mil.

Hubo batalla durante los días 23 y 24 y se ordenó el incendio de las naves surtas en el puerto para evitar el beneficio de los piratas, que se adentraron en tierra asolando poblados.

Este suceso ocurría mientras Felipe V estaba terminando su visita a Milán, que le ocupó varios meses de ese año 1702, y mientras era cumplimentado por la república de Génova.

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