jueves, 5 de abril de 2018

La expulsión de los moriscos (1)

Si en algún momento existió en el mundo algo de tolerancia, en todo caso se puede ubicar en el tiempo y el reinado de los Reyes Católicos; una tolerancia basada en los tratados de paz que tenía la solidez que pueden tener los derechos del vencido.



Una tolerancia que se vio abocada a la supresión dada la actitud de los moriscos, más proclives a propiciar invasiones que a integrarse en la sociedad española. En el peor de los casos, además, podemos decir que el final de la tolerancia llegó como  justa reciprocidad a lo acontecido anteriormente en el ámbito musulmán: Tudmir (Murcia y Alicante), Toledo, Córdoba, Mérida, Elvira (en las inmediaciones de Granada), y un largo etcétera no tan famoso, conocieron en su propia carne la “generosidad” de los invasores y la forma que tenían de respetar los pactos.

Tras cinco décadas de existencia, la Inquisición no se había ocupado de los moriscos. En principio, nada tenía que decir sobre unos súbditos que conservaban sus costumbres y su religión, mientras no fuesen usadas como elementos disociadores, algo que, a la corta resultaría imposible.

Concluida la Reconquista, era lógico no sólo por la idiosincrasia del momento, sino por lógica aspiración intemporal, que el reino hispánico pretendiese la incorporación no solo geográfica, sino también ideológica de los habitantes del reino de Granada, y por otra, también era lógico que los descendientes de aquellos invasores del siglo VIII considerasen como derecho seguir hollando los derechos que venían hollando durante ocho siglos. La firmeza en los postulados de Reconquista y la falta de aceptación de la evidencia por parte de quienes tras ocho siglos seguían sintiéndose ajenos al proyecto nacional de España motivó que “los granadinos se sublevaran por primera vez en 1500, claramente motivados por la política intransigente de Cisneros.”  Intransigencia que se centraba en negarse al colaboracionismo de los moriscos con la piratería berberisca, verdadero dolor de cabeza de España en aquellos tiempos.

A primeros del siglo XVI, los mudéjares de Teruel pidieron de forma masiva el bautismo, a lo que la nobleza aragonesa respondió solicitando que no fuesen aceptadas esas medidas, ya que la condición de moros de los labradores les significaba unos mayores ingresos económicos. Pero la revuelta de las Germanías dio al traste con estas medidas, ya que los comuneros castigaron el apoyo que los moriscos habían dado a la nobleza con el asesinato de un gran número de ellos y con el bautizo forzado . Los comuneros forzaron el bautizo de los moriscos, pero al cabo, este bautismo fue dado como bueno por el emperador una vez venció a las comunidades.

Por otra parte, la desafección a España, los disturbios y el malestar ocasionados por quienes no asumían la nueva situación histórica hicieron crecer la inseguridad ciudadana, por lo que las autoridades españolas, mirando por la integridad primero de los españoles, y también de los levantiscos árabes que no se conformaban con vivir en España y pretendían desestabilizarla con claras intenciones de provocar una nueva invasión africana, “en 12 de febrero de 1502 mandaron que todos los Moros libres, mayores de catorce años, y las Moras de doce, salieran de España antes de mayo, con facultad de usar de sus bienes en la forma que se dijo el año de 1492 para los Judíos, prohibiéndoles con pena de muerte y confiscación ir al África; con cuyos soberanos havia guerra; señalándoles los dominios del Sultán ú otros que tuvieran paz con nuestra corte.”  Este decreto de conversión o expulsión era privativo para el reino de Castilla. En la corona de Aragón se instauraría el 8 de Diciembre de 1525. Pero observaremos por las fechas tratadas que esos decretos parecían no ser decretos, sino otra cosa. Tampoco se llevaba a efecto la labor evangelizadora; hasta en 1526, en breve firmado por el Emperador, se reconoce la débil acción evangelizadora llevada sobre la población morisca.

En cualquier caso, con la expulsión se puso fin a un problema serio que podía haber comportado una nueva invasión africana. Pero no se extirpó totalmente el problema, porque para eludir ser expulsados, un importante número de musulmanes aceptó falsamente el bautismo con la intención de quedarse en España. Muchos con sana intención, pero otros con la aviesa intención de quedar como quintacolumnistas, espías al servicio de potencias extranjeras y cabeceras de playa en eventuales invasiones. Para los encargados de las estadísticas había resultado un gran éxito: el problema mudéjar había desaparecido. Pero ¿qué había quedado en su lugar? Lo mismo preexistente, pero ahora con otro nombre: el problema morisco.

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