martes, 29 de mayo de 2018

EL ANEXIONISMO ANGLO-USENSE (VII)

¿Era el gobierno español responsable de esta tramoya? Habrá quien manifiestamente lo niegue apelando a que la misma se llevaba a cabo en territorio extranjero, lejos del control del gobierno español… Y habrá quién la afirme y acuse a los gobiernos españoles de complicidad con la misma por su inacción al respecto. ¿Cómo es posible que el gobierno español  no tomase ninguna medida a la hora de la guerra mexicano-usense? ¿Cómo pudo asistir, sin mover un músculo ante semejante latrocinio? ¿Y el resto de la Hispanidad?... Toda la Hispanidad estaba, como ahora mismo, bailando al son de la música británica, y gozando de los “tratados de amistad” impuestos.



En 1846-1848 se produjo la guerra de Estados Unidos contra México. El tratado de Guadalupe Hidalgo mutiló California y Nuevo México (un total de 1 468 800 km2), que pasaron a posesión de  Estados Unidos. Como queda manifestado, el silencio fue la respuesta del mundo hispánico. Ni el conde-duque de Olivares hubiese actuado de ese modo.

Coincidiendo con estos hechos, el Vicepresidente de los EE. UU y Presidente del Senado, George Mifflin Dallas, expuso

la facilidad de abrir una comunicación entre el golfo mejicano y el mar Pacífico, a través del istmo de Tehuantepet; en cuyo debate emitió la doctrina de que se obligara a Méjico a vender o ceder el usufructo de aquel territorio, porque así convenía para el beneficio del linaje humano. (Pirala 1895: 64)

Y en esos mismos momentos,

el senador Mr. Yule, de la Florida, propuso a la Cámara la compra de la Isla. Tan arraigada estaba en la opinión pública la idea de anexión, que fue  preciso que los periódicos de Cuba desvaneciesen las falsedades publicadas por la prensa americana al afirmar que las negociaciones en este sentido, prosperaban en España. (Mendoza 1902: 18)

Desde ese momento, el poderío británico está desbocado, y consiguientemente la humillación de España, manifiesta. Se sabe que en la época presidencial de Taylor, en 1849, se presentó una moción al senado usense pretendiendo la anexión de Cuba; después, las señales fueron  repitiéndose. Basta recordar la recepción y los banquetes con que fue obsequiado en la isla el general Sherman, y en los que brindó por la próxima anexión de Cuba a los Estados Unidos, y el fracaso del proyectado convenio comercial Albacete-Forster.

De cara a esa iniciativa, el 17 de junio de 1848, cuando la mayor parte de las naciones de Europa sufrían tremendas convulsiones revolucionarias, y en España esas mismas convulsiones alcanzaban niveles de esperpento, el delegado usense en Madrid, M. Saunders, ofreció 100 millones de dólares por la isla de Cuba.

Constantes los Estados-Unidos en su propósito de incorporarse las Antillas españolas, deseos que hacia muchos abrigada, dijo Mr. Adams en 1848 que “se acercaba la hora en que la manzana de Cuba, separada por la tempestad de su árbol nativo, cayera, en virtud de la ley de gravedad, en el seno de la unión americana” a cuya virtud escribía a Mr. Saunderse, para que llamara la atención del Gabinete de Madrid sobre el estado de Cuba y la perspectiva de su porvenir, de que los Estados Unidos estaban satisfechos de que continuase siendo colonia española, y que no consentirían tomase posesión de ella la Gran Bretaña o cualquier otro poder marítimo, fundándose en las condiciones topográficas déla Isla y añadía:—Bajo el gobierno de los Estados-Unidos, Cuba llegaría a ser la isla más rica y fértil del mundo”. (Pirala 1895: 69)

En el  comunicado enviado a Saunders se decía:

Si Cuba se anexionara a los Estados Unidos, no solamente nos sentiríamos libres de aprensiones respecto a nuestra seguridad y la de nuestro comercio, sino que sería imposible para la previsión humana darse cuenta de los beneficios que tal hecho reportaría a nuestra Unión. Si el Gobierno de España se sintiese inclinado a desprenderse de la Isla  habrá que considerar lo que debemos ofrecer por ella. En vista de todas estas razones el Presidente cree que ha llegado el momento crítico en que debe hacerse un esfuerzo para comprar a España la Isla de Cuba, y ha determinado confiar a V. ese encargo. Tan delicadas negociaciones deben siempre conducirse, a lo menos en su período preliminar, en conversaciones confidenciales. En conversación de V. con el Ministro de Estado podría V. introducir el asunto hablando de la triste situación de Cuba, y del peligro que allí existe de que el pueblo se lance a una revolución. (González 1903: 43)

Curiosamente, Narváez rechazó la oferta.

0 comentarios :

 
;