domingo, 27 de mayo de 2018

EL EJÉRCITO EN LAS ANTILLAS Y FILIPINAS DURANTE EL SIGLO XIX (VII)


Habría que buscar explicación para localizar el armamento que relata Fernando Soldevilla… o los 66,4 millones de pesetas… Pero no era sólo la falta de armamento; no era sólo la obsolescencia de las defensas de costa; no era sólo la obsolescencia de la Armada, sino hasta en la alimentación era inexistente la previsión.



Consecuencias de la imprevisión que se tuvo en materia de suyo tan grave, como la alimentación de la masa del Ejército, fueron en gran parte el desastre terrestre, que se hizo inevitable, y más tarde el espectáculo aterrador del desembarco de repatriados, en el que abundaban más los anémicos por hambre que los robustos por bien mantenidos. (Isern 1899: 287)

El 23 de febrero de 1895 dio comienzo la guerra en Cuba con el Grito de Baire, extendiéndose la insurrección por 35 localidades. Ante esta situación no varió la actitud del general Calleja, que desde septiembre de 1893 cuando inició su mandato dio plena libertad a los conspiradores. En sintonía con esa actuación,

a raíz del grito de Baire, la autoridad superior de aquella isla telegrafiaba casi a diario al Gobierno, quitando toda importancia a la insurrección, y diciéndole que no necesitaba ni una peseta ni un hombre más, porque nada significaba lo ocurrido. Triste era que telegrafiase en tales términos el general Calleja, pero era peor que obrase en consecuencia. En efecto, dice un testigo presencial: «El general no hacía nada por reprimir lo que en un principio pudo ahogarse con poco esfuerzo. En esta época puede decirse que no había enemigos de España en los Estados Unidos, ni había prensa filibustera en aquel país, pero no los había porque todos se habían instalado en La Habana y otras poblaciones de la isla. (Isern 1899: 289)

La alarma social creció en la península, motivo por el que, el 28 de marzo de 1895 fue cesado Calleja, siendo nombrado Arsenio Martínez Campos gobernador general y capitán general de Cuba. Pero poco cambiarían las cosas con la nueva administración, que se mantenía acorde con la trayectoria llevada hasta el momento.

La gestión del general Martínez Campos fue obra de perpetua imprevisión. Enviado dicho general a combatir una insurrección naciente, con escasas fuerzas todavía, en vez de exterminarla le dio alientos con negociaciones que, a juicio de los separatistas, eran muestra evidente de la impotencia de España para la lucha. (Soldevilla 1896:)

¿Y qué acciones llevaba a cabo el ejecutivo para paliar la situación?... Cerrar los ojos, no atajar los problemas de la educación ni de la economía, ni solventar las dificultades militares, ni actualizar las defensas, ni actualizar la Armada… Se limitaba a tratar el asunto a la británica… Cuba ya no era una provincia española, como lo había sido siempre, sino una colonia, y los problemas de las colonias se solucionan militarmente… Pero tampoco estaban por la labor.

La única solución era el envío de tropas, pero de tropas sin formación. La recluta se realizaba mediante el sistema de quintas, es decir por sorteo de los mozos en edad militar, y por voluntarios.

Desde 1885 se llamaba a filas a los varones de 19 años. Las tropas de Ultramar se formaban mediante el reenganche de los que habían finalizado su servicio militar, con voluntarios y con sorteos especiales que se realizaban en las diversas unidades peninsulares.

Pero existían tres maneras de eludir el servicio:
Excedentes de cupo, que pasaban a integrar una segunda reserva de ocho años, pero sin instrucción militar.
Sustitución, por la que un mozo destinado a Ultramar era sustituido por otro a cambio de cierta cantidad de dinero.
Redención en metálico —que permitía eludir el servicio militar mediante la entrega de 2.000 pesetas.

Todo lo cual ocasionaba una gran corrupción por la cual los más desfavorecidos eran quienes nutrían las tropas destinadas a sufrir todas las miserias que quedan relatadas.

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