martes, 1 de mayo de 2018

Los cátaros (15)


Condenamos, pues, y reprobamos el opúsculo o tratado que el abad Joaquín ha
publicado contra el maestro Pedro Lombardo sobre la unidad o esencia de la Trinidad,
llamándole hereje y loco, por haber dicho en sus sentencias: "Porque cierta cosa suma
es el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, y ella ni engendra ni es engendrada ni
procede". De ahí que afirma que aquél no tanto ponía en Dios Trinidad cuanto
cuaternidad, es decir, las tres personas, y aquella común esencia, como si fuera la
cuarta; protestando manifiestamente que no hay cosa alguna que sea Padre e Hijo y
Espíritu Santo, ni hay esencia, ni sustancia, ni naturaleza; aunque concede que el
Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son una sola esencia, una sustancia y una naturaleza.


Pero esta unidad confiesa no ser verdadera y propia, sino colectiva y por semejanza, a
la manera como muchos hombres se dicen un pueblo y muchos fieles una Iglesia, según
aquello: La muchedumbre de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma [Act.
4, 32]; y: El que se une a Dios, es un solo espíritu con Él [1 Cor. 6, 17]; asimismo: El
que planta y el que riega son una misma cosa [1 Cor. 3, 8]; y: Todos somos un solo
cuerpo en Cristo [Rom. 12, 5]; nuevamente en el libro de los Reyes [Ruth]: Mi pueblo y
tu pueblo son una cosa sola [Ruth, l, 16]. Mas para asentar esta sentencia suya, aduce
principalmente aquella palabra que Cristo dice de sus fieles en el Evangelio: Quiero,
Padre, que sean una sola cosa en nosotros, como también nosotros somos una sola
cosa, a fin de que sean consumados en uno solo [Ioh. 17, 22 s]. Porque (como dice) no
son los fieles una sola cosa, es decir, cierta cosa única, que sea común a todos, sino que
son una sola cosa de esta forma, a saber, una sola Iglesia por la unidad de la fe
católica, y, finalmente, un solo reino por la unidad de la indisoluble caridad, como se
lee en la Epístola canónica de Juan Apóstol: Porque tres son los que dan testimonio en
el cielo, el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, y los tres son una sola cosa [1 Ioh. 5, 7],
e inmediatamente se añade: Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el
agua y la sangre: y estos tres son una sola cosa [1 Ioh. 5, 8], según se halla en algunos
códices.
Nosotros, empero, con aprobación del sagrado Concilio, creemos y confesamos con
Pedro Lombardo que hay cierta realidad suprema, incomprensible ciertamente e
inefable, que es verdaderamente Padre e Hijo y Espíritu Santo; las tres personas
juntamente y particularmente cualquiera de ellas y por eso en Dios sólo hay Trinidad y
no cuaternidad, porque cualquiera de las tres personas es aquella realidad, es decir, la
sustancia, esencia o naturaleza divina; y ésta sola es principio de todo el universo, y
fuera de este principio ningún otro puede hallarse. Y aquel ser ni engendra, ni es
engendrado, ni procede; sino que el Padre es el que engendra; el Hijo, el que es
engendrado, y el Espíritu Santo, el que procede, de modo que las distinciones están en
las personas y la unidad en la naturaleza. Consiguientemente, aunque uno sea el Padre,
otro, el Hijo, y otro, el Espíritu Santo; sin embargo, no son otra cosa, sino que lo que es
el Padre, lo mismo absolutamente es el Hijo y el Espíritu Santo; de modo que, según la
fe ortodoxa y católica, se los cree consustanciales. El Padre, en efecto, engendrando ab
aeterno al Hijo, le dio su sustancia, según lo que Él mismo atestigua: Lo que a mi me
dio el Padre, es mayor que todo [Ioh. 10, 29]. Y no puede decirse que le diera una parte
de su sustancia y otra se la retuviera para sí, como quiera que la sustancia del Padre es
indivisible, por ser absolutamente simple. Pero tampoco puede decirse que el Padre
traspasara al Hijo su sustancia al engendrarle, como si de tal modo se la hubiera dado
al Hijo que no se la hubiera retenido para sí mismo, pues de otro modo hubiera dejado
de ser sustancia. Es, pues, evidente que el Hijo al nacer recibió sin disminución alguna
la sustancia del Padre, y así el Hijo y el Padre tienen la misma sustancia: y de este
modo, la misma cosa es el Padre y el Hijo, y también el Espíritu Santo, que procede de
ambos. Mas cuando la Verdad misma ora por sus fieles al Padre, diciendo: Quiero que
ellos sean una sola cosa en nosotros, como también nosotros somos una sola cosa [Ioh.
17, 22], la palabra unum (una sola cosa), en cuanto a los fieles, se toma para dar a
entender la unión de caridad en la gracia, pero en cuanto a las personas divinas, para
dar a entender la unidad de identidad en la naturaleza, como en otra parte dice la
Verdad: Sed... perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto [Mt. 5, 48], como si
más claramente dijera: Sed perfectos por perfección de la gracia, como vuestro Padre
celestial es perfecto por perfección de naturaleza, es decir, cada uno a su modo; porque
no puede afirmarse tanta semejanza entre el Creador y la criatura, sin que haya de
afirmarse mayor desemejanza. Si alguno, pues, osare defender o aprobar en este punto
la doctrina del predicho Joaquín, sea por todos rechazado como hereje.129
Notas
128 http://es.catholic.net/sacerdotes/222/2454/articulo.php?id=23235
129 Cuarto Concilio de Letrán. Año 1215.

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