jueves, 7 de junio de 2018

La expulsión de los moriscos (2)

Durante este tiempo, y como consecuencia de los conflictos que habían conducido al bautismo forzado de multitud de mudéjares, la Inquisición era benévola, consciente de que mucha culpa de su situación correspondía a la actuación de los cristianos viejos. Se multiplicaron los edictos de gracia, pero ni por las buenas ni por las malas aceptaban los moriscos la nueva situación.



Se pensará que es el mismo caso que el acontecido con los judíos conversos. Pero veamos. Parece que coincide punto por punto con ellos, pero en este caso no existe la presión de un grupo social que se mantiene en sus costumbres anteriores sobre un grupo que las cambia de forma voluntaria. En el caso de los moriscos son todos los mudéjares los que se ven impelidos a bautizarse o a exiliarse. La preexistencia de mudéjares bautizados voluntarios no es significativa para emparejar ambos fenómenos.

Las características del problema morisco eran distintas a las características del problema judío; porque así como los judeo-conversos pugnaban por no ser distinguidos de los cristianos viejos, y sólo las malas artes de sus enemigos (muy en especial los que perseveraban en el judaísmo) lograban ponerlos en evidencia y sacar de ellos incluso lo que no tenían en propiedad, los moriscos se encontraban enmarcados en núcleos perfectamente identificados, en un estado de integración social sencillamente inexistente.

El acoso del turco, lejos de remitir, fue creciendo con la ayuda de los moriscos. El acoso llegó a ser de tal grado que se pusieron en peligro las islas del Mediterráneo, a las que fue menester dotar de defensas que mejorasen las ya existentes, e incluso, “en 1551 una ofensiva turca obligó a disponer un fuerte sistema defensivo de Cartagena, organizando a la milicia murciana. Pese a los obstáculos iniciales, la movilización fue un nuevo campo de experimentación para observar su capacidad de mando y depurar, en años sucesivos, el sistema. En julio de 1555 una galeota turca da pie a una nueva intervención militar en la costa de Vera.”

España había conquistado Melilla, el Peñón de Vélez de la Gomera, Mazalquivir y Orán, pero se habían perdido varias plazas conquistadas y los turcos se habían establecido en Argel en 1516, mientras por otra parte, los musulmanes que habían sido expulsados de España se dedicaban a practicar la piratería contra las costas españolas, donde además de capturar cautivos, contactaban con los moriscos.

En cualquier caso, el  problema ocuparía al estado de una forma singular. Con Carlos I y con Felipe II, el rigor de la Inquisición se centraría en el problema, siendo que los moriscos constituían una población de unas 300.000 almas en una población total de unos 8.000.000.

Una nueva Pragmática en 1567 dictada sobre los moriscos de las Alpujarras no fue sino la repetición de las ordenanzas dadas por Carlos I en 1526. Ordenanzas que claramente se dictaban para intentar forzar los ánimos de los moriscos, pero que sin embargo no se ponían en práctica. Felipe II, quizás cansado de la situación, decidió finalmente ponerlas en práctica. ¿Fue un error?, ¿fue un acierto? Los monfíes estaban desarrollando su labor de zapa de forma continuada; el levantamiento de las Alpujarras no fue consecuencia de la pragmática. La pragmática pudo ser, eso sí, la excusa, pero la revuelta estaba abonada desde hacía décadas.

La convivencia era difícil entre la población española y los moriscos, que lejos de ver con buenos ojos la integración, se auto marginaban y se confabulaban con ánimos hostiles contra la nueva situación socio política. Los cristianos se habían desplazado a la zona por un doble motivo: la mejora de su situación económica y la confianza absoluta de la integración de la población musulmana. Los colonos procedentes de Portugal, Galicia o de Castilla que se desplazaron a las Alpujarras, no lo hacían a territorio enemigo, sino a un territorio donde la gente estaba necesitada de colaboración, de comprensión y de ayuda por parte de los demás. Había que demostrar a unos y a otros que todos eran hermanos, que podían y debían vivir en paz y hermandad, pero si eso era cierto por parte de un sector de los moriscos, por otra también era cierto que se conspiraba en las casas particulares, y en ellas, los que serían caudillos de la rebelión, Hernando el Zaguer, Farax ibn Farax y otros, en concordia con los monfíes (bandoleros) de las Alpujarras, preparaban el alzamiento para el día 1 de Enero de 1569. Un alzamiento que significaría el asesinato de esos voluntarios que se habían desplazado desde su lugar de origen para procurar la integración de gentes por las que sentían caridad.

0 comentarios :

 
;