miércoles, 4 de julio de 2018

El conde-duque de Olivares (1)

Pasamos por encima el reinado anodino de Felipe III, donde los validos demostraron capacidad suficiente para enriquecerse, y desembocamos, ya en el siglo XVII en una España que irremediablemente va a ser súbdita de un rey sin cualidades, pero con un valido, don Gaspar de Guzmán, que en un principio concitó grandes esperanzas; un hombre con una gran cultura, admirador de los clásicos, a quienes pretendía emular en sus actuaciones públicas y privadas; un hombre al que se le deben reconocer grandes méritos… pero un hombre que al final resultó, en su conjunto, el principio de la decadencia de España. El Conde Duque de Olivares pudo ser el hombre que llevase a la salvación del Imperio… y acabó siendo uno de los principales autores de su decadencia.



En 1604 moría el hermano mayor de Gaspar de Guzmán; un hecho que sería más que relevante, ya que de segundón destinado a la Iglesia pasó a desenvolverse en los entresijos cortesanos, que acabaría desarrollando a partir de 1607, a la muerte de su padre, cuando pasó a convertirse en el tercer conde de Olivares, pasando a residir en Sevilla hasta el año 1615, donde se convirtió en un mecenas de la cultura, alcanzando el sobrenombre de Manlio, en memoria de Manlio Capitolino.

En 1610 moría Enrique IV de Francia, y en 1615, quién sería Felipe IV casaba con Isabel de Borbón en unas alianzas secretas pactadas el 30 de Abril de 1611.

D. Gaspar de Guzmán y Pimentel Ribera, que se encontraba rondando en palacio desde hacía años, se trasladó a Madrid cuando fue nombrado gentilhombre del príncipe Felipe, sin abandonar por ello su profunda dedicación a la cultura clásica, especialmente a la historia, obteniendo por ello críticas de sus contemporáneos que le reprochaban fijarse demasiado en los acontecimientos y personajes históricos, muy concretamente en Tácito, al que consideraba maestro de la ciencia política.

En 1612 D. Gaspar contaba veinticinco años y una gran visión que le hizo rechazar el nombramiento como embajador en Roma, su ciudad natal, que le fue ofrecido por el duque de Lerma, temeroso de la proyección del joven conde. “Con mirada de cóndor vio claramente su presa: el Príncipe, débil, degenerado, que sería en sus manos robustas como un trozo de barro blando y maleable. Cualquier ambicioso vulgar de los que pululaban en el hervidero de la Corte se hubiera contentado con la Embajada y lo que viniera detrás; con servir al Rey, todopoderoso, y extraer de su liberalidad el máximo botín. Pero lo genial de Don Gaspar fue no el talento ni las virtudes públicas o privadas, sino la ambición…/… Se alió con el Duque de Uceda, hijo de Lerma, utilizando la rivalidad que había entre los dos Validos, padre e hijo; y como la Embajada no era incompatible con el oficio de gentilhombre, se avino a aceptar aquélla siempre que jurase el segundo. Y juró y se quedó en Madrid, en el Palacio, al lado del Príncipe débil, que no había de abandonar hasta veintiocho años después.”

El 22 de abril de 1619 es nombrado Baltasar de Zúñiga (tío del de Olivares) ayo y tutor del príncipe de Asturias, el futuro rey Felipe IV. Entre las personas de confianza personal y de íntimo contorno elige el rey Felipe III entre otros, todos con relaciones familiares, a Gaspar Guzmán. Sería el puesto para el que estaba creado. Ahí comenzaría entre el futuro Felipe IV y Gaspar de Guzmán una relación que en principio fue de extremadas tensiones, con desaires del príncipe que sobrepasaban al insulto personal. Pero el aguante del Conde de Olivares para con el príncipe no conocía límites.

Pero acabaría teniendo un gran ascendiente sobre el príncipe a quién, según Gregorio Marañón, lo “corrompió cínicamente, impulsándole a todos los placeres y frivolidades para que, debilitado y distraído, no se acordase de que era Príncipe y de que sería Rey.”  “El Conde le variaba las diversiones», tales como «paseos nocturnos, amoríos fáciles y, en fin, todo aquello que la blanda y perezosa vida madrileña puede ofrecer a los españoles y a lo que ellos se entregan con tanta facilidad». A esto se refiere la carta que en 1621, es decir, muy al comienzo de la privanza de Olivares, se atribuye al arzobispo de Granada, en la que reprocha al Conde de acompañar el Rey en sus callejeos y aventuras nocturnas y en «complacer al Rey en cosas ilícitas».

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