martes, 10 de julio de 2018

La batalla de las Navas de Tolosa (2)

Pero Al Nasir, convencido de su victoria, daba rienda suelta al maltrato de sus propias tropas. Cuenta un narrador musulmán anónimo que Al Nasir “procedía con lentitud en sus marchas, y el común de los soldados llegó a sufrir tal escasez, que aquello equivalía a una derrota completa. Al Nasir no hacía caso de las fatigas de que se le daba cuenta, hasta que llegaron a un punto en que se acabó el amor y nació el aborrecimiento; se agotaron las provisiones estables y las pasadas, y la amistad se secó con la prolongación del odio.”  Las formas aplicadas sobre los soldados eran tiránicas, lo cual contrastaba con las formas aplicadas por los reyes hispánicos.



El 3 de Junio de 1212, en un acto tiránico, mandó ejecutar a los gobernadores de Ceuta y de Fez, y por este hecho “los almohades no se esforzaron, ni se portaron bien en esta expedición, por causa del castigo que Al Nasir impuso a los jeques almohades y por haberlos condenado a muerte.”
En 1212 el arzobispo de Toledo, Rodrigo Jiménez de Rada, logró del papa Inocencio III la proclamación de Cruzada para la lucha contra los almohades. La bula fue cursada a Alfonso VIII de Castilla, y fue complementada con otra en la que amenazaba de excomunión a quién atacase un  reino cristiano que se encontrase involucrado en la cruzada contra los almohades, en claro aviso al rey de León para que evitase atacar Castilla para recuperar las plazas anteriormente tomadas por Alfonso VIII. Jiménez de Rada, estuvo predicando la cruzada por Francia y en las iglesias de toda Europa animó a los creyentes a alistarse. En Europa existía auténtico pavor ante la posibilidad de una asonada árabe sobre su territorio, por lo que numerosos señoríos franceses respondieron al llamamiento del Arzobispo de Burdeos, el Obispo de Nantes, el Conde de Astarac, Theobald de Blazon 'Señor de Poitou', el Vizconde de Turena, el belicoso Arzobispo de Narbona, Arnau Amalric, entre otros.
Alfonso IX de León quería acudir a la batalla, pero puso como condición que le fuesen devueltas las plazas que tenía tomadas Castilla, por lo que no asistió en persona, aunque sí lo hicieron caballeros leoneses.

Alfonso VIII de Castilla fijó en Toledo la reunión de las tropas como punto de partida. A las tropas castellanas se les unieron las de Aragón y Navarra, así como un gran número de caballeros franceses, italianos y de otros países europeos. A la batalla no acudieron los reyes de León ni de Portugal, pero permitieron que sus vasallos se incorporaran a la batalla. De este modo, muchos leoneses, asturianos y gallegos participaron en la batalla.

De Europa, y en concreto de Languedoc, llegaron contingentes del ejército de Simón de Monfort, habituados a la lucha en la cruzada contra los albigenses, que en ese momento estaba en marcha, importando los métodos allí aplicados: Asaltaron la judería de Toledo, y cuando fueron expulsados de la ciudad, devastaron allí por donde pasaban, haciéndose sentir especialmente en Alcardete.

El cronista musulmán relata el hecho de otra manera: “los infieles entretanto se reunían en Toledo, como langostas, por su número y por los daños que habían de hacer; el señor de Castilla los trataba con afecto y paciencia, permitiéndoles devastar sus tierras y comprándolos con los bienes de sus súbditos y soldados.”

Alfonso VIII se presentaría a la contienda con 50.000 hombres comandados por Diego López de Haro, V señor de Vizcaya. Sancho VII de Navarra, Pedro II de Aragón y Alfonso II de Portugal aportarían 20.000 hombres: 30.000 ultramontanos acudieron a la batalla con espíritu poco batallador, y las órdenes militares acudieron como combatientes que no volvían la espalda y no obedecían sino al Papa. Ahí estaban los Maestres de las Órdenes del Temple y de San Juan de Jerusalén, así como numerosos caballeros de las Órdenes de Calatrava y Santiago. Por su parte, el rey de León y Galicia, Alfonso IX (1188-1230) condicionó su participación a la devolución de ciertas plazas arrebatadas por los castellanos y, lejos de unirse a la campaña, aprovechó la concentración de tropas en Toledo para atacar la región de Tierra de Campos; no obstante, sí acudieron a la cita importantes contingentes de caballeros leoneses. Los musulmanes presentaban un ejército cuyo número los historiadores hacen oscilar entre 120.000 y 400.000 hombres.

El rey de Navarra, debido al enfrentamiento que tenía con Alfonso VIII, no se decidió a participar en la contienda hasta que Arnaldo Amalarico, obispo de Narbona, lo convenció. Esto lo relata el mismo Amalarico.


Texto competo: http://www.cesareojarabo.es/2018/05/la-batalla-de-las-navas-de-tolosa-texto.html

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