viernes, 20 de julio de 2018

Siguiendo con la guerra de sucesión (XVII)


Ante ese resultado, el archiduque fijó su vista en Andalucía, con resultado negativo, y luego en Valencia y en Cataluña, donde se dirigió el príncipe Darmstadt con dos mil hombres de desembarco obteniendo un estruendoso fracaso.

A la par de la guerra en sentido estricto, se desarrollaba una guerra literaria. Señala Antonio Ramón Peña que, entre la guerra literaria del momento se denunciaba que “Darmstadt y su grupo se dedicaron a propalar la idea de que con la Casa de Austria la quieta libertad que poseían sería aumentada y vivirían con más anchura. Este engaño ‘[…] iba haciendo bastante impresión en los ánimos […] haciéndoles vivir ya no bien hallados a catalanes, valencianos e italianos.”

Por su parte, Maria Luisa de Saboya supo actuar en sentido contrario propiciando un movimiento popular de envergadura que supo enfrentarse al invasor. En este sentido la reina se encontró con la colaboración del ejército aliado, que sin ayuda de nadie se ganó la enemistad de muchos que antes eran sus parciales merced a una proliferación de todo tipo de saqueos y desmanes, y que acabó siendo rechazado dejando los  ejércitos anglo-holandeses muchos muertos y multitud de prisioneros, y propiciando el cambio de bando de multitud de austracistas.

Los desmanes llevados a efecto por los austracistas propiciaron una serie hostigamientos de la población fronteriza española, que actuó sin atender las llamadas a la calma procedentes del entorno de Felipe V, si nos atenemos a lo que señala Modesto Lafuente.  Pero los desmanes no eran privativos de uno de los bandos; ingleses, austriacos y franceses, según Manuel Henao, “no parece sino que se habian puesto de acuerdo para destruir y aniquilarlo todo; y en verdad, que no creemos ir descaminados al abrigar estas sospechas, porque siempre las naciones extrañas miraron con recelo y temor nuestro engrandecimiento.”

Si la guerra propagandística llevaba su curso, la militar llevaba el suyo; así, Germán Segura señala que “el 28 de mayo de 1704 llegaba [la escuadra aliada] a aguas de la Ciudad Condal e iniciaba, en los días sucesivos, el desembarco de 3.500 hombres a orillas del río Besós. La guarnición de la ciudad no era numerosa (2.200 hombres) pero el virrey de Cataluña, Francisco de Velasco, solicitó el concurso de la milicia urbana. Los planes aliados resultaron un fracaso ya que dependían del apoyo de los catalanes y estos no secundaron la empresa como se esperaba.”

La armada aliada, tras el fracaso, inició un feroz bombardeo desde la escuadra mandada por Darmstadt, tras lo cual se dirigió contra Cádiz sin poder llegar a tomarla, por lo que puso su vista sobre Gibraltar, plaza mal armada y atendida por ochenta infantes. Los ingleses desembarcaron cuatro mil, lo que ocasionó que el gobernador Diego de Salinas se rindiese el 2 de Agosto de 1704. Los ejércitos aliados estaban  apoyados por tropas españolas, que rindieron un importante tributo en vidas, y cuya relación da Narciso Felíu de la Peña en sus “Anales de Cataluña”. En posterior batalla, el 24 de Agosto, el pirata Roock confirmaría la toma de la plaza, pero en vez de hacerlo en nombre del archiduque, a quién servía, y en manifiesto acto de piratería lo hizo a nombre de la reina Ana. El posterior asedio de la plaza fue un rotundo fracaso en el que España perdió hombres y dinero sin ningún resultado positivo.

Entre tanto se reunieron los aliados este año 1705 en Lisboa con el rey de Portugal y con el Almirante de Castilla, determinando, de acuerdo con el príncipe de Arrestad, según señala Vicente Bacallar, que “el objeto de la guerra era España, y que se debía ir directamente contra ella. De este parecer fue el rey Carlos y todos los alemanes, porque sabían que ésta era la mente del César.”  En esta reunión, y contra la opinión del Almirante, que quería redoblar las hostilidades por Andalucía, determinaron hacerlo por Cataluña, tras lo cual, el Almirante sufrió un ataque de apoplejía y falleció.

0 comentarios :

 
;