lunes, 24 de septiembre de 2018

Conspiraciones, pronunciamientos y sublevaciones en el siglo XIX (13)

Consecuencia de esta inestabilidad fue el pronunciamiento militar de 18 de Septiembre de 1868 en Cádiz conocido como “la gloriosa”. Al alimón de la sublevación de Cádiz, en las principales ciudades, y auspiciadas por el partido democrático de Pi y Margall, se constituyen Juntas revolucionarias defensoras de los intereses burgueses que asumieron el poder local en contra del gobierno en una clara muestra de lo que el movimiento cantonalista plasmará cinco años después, y que acabarán siendo suprimidas por la acción del nuevo gobierno.



El 19 de septiembre de 1868, los generales Topete y Serrano proclaman en Cádiz el Manifiesto de España con Honra, que se inicia declarando la desobediencia al gobierno y manifestando su resolución de no deponer las armas hasta que la nación recupere su soberanía. En este momento, todas las corrientes políticas se dieron prisa por agenciarse apoyo en la isla. Los revolucionarios trataron de enganchar al capitán general Francisco Lersundi, respaldándolo como jefe de la isla. La destronada reina Isabel II, que había sido sorprendida por la revolución mientras descansaba con su familia en Lequeitio, le telegrafió rogándole y ordenándole que evitara pronunciamientos en la isla. Pero también recibió el mensaje del pretendiente carlista al trono Carlos de Borbón, quien considerándose genuino rey de España, pretendió nombrar Virrey de las Antillas a Lersundi y concederle una autonomía política a la isla. Carlos de Borbón llegó a nombrar gobernador civil a Miguel Aldama, con la evidente intención de atraer apoyos criollos. Pero Lersundi se mantuvo definitivamente leal a Isabel II, creyendo que la revolución de septiembre sería un movimiento pasajero. (Ugalde 2012: 19)

No obstante, Lersundi se equivocó en sus predicciones. Todo estaba muy bien calculado desde Inglaterra, donde se había producido una alianza entre progresistas y unionistas, con la aprobación de los demócratas.

Desde Gibraltar, y con el apoyo de la flota, que estaba controlada por masones, tomaría Prim la iniciativa de derribar a Isabel II, entrando el 19 de Septiembre en Cádiz, suprimiendo, el día siguiente, la Junta Revolucionaria. Junto a Prim llegaron Práxedes Mateo Sagasta y Manuel Ruiz Zorrilla.

El vacío inicial de poder consecuente al estallido revolucionario de septiembre de 1868 dio lugar a la formación de numerosas Juntas revolucionarias, que encarnaron las aspiraciones de los liberales más radicales y de los demócratas, aún no divididos entre monárquicos y republicanos. Las Juntas sentaron las bases del nuevo régimen al tomar en sus áreas locales decisiones que serían sancionadas posteriormente por el Gobierno provisional. (Orozco 2013: 43)

Junto a la intervinieron de militares de prestigio como Prim, Serrano, Primo de Rivera, Dulce, etc., hubo una presencia destacada de civiles de las clases burguesas y medias; el objetivo era derrocar a la reina, no acabar con un gobierno; la difusión fue rápida y su éxito dio lugar a un amplio programa de reformas que se desarrollarían en el periodo a que daba lugar La Gloriosa y que será conocido como el sexenio revolucionario, en cuyo periodo, tras haber enviado al exilio a Isabel II, se daría lugar a una monarquía democrática, dos formas de República, la Federal y la Unitaria, una guerra en Cuba, dos guerras civiles en la península, levantamientos cantonales y un nuevo pronunciamiento militar que significó la vuelta de la monarquía con Alfonso XII.


Al estallar la revolución, organizáronse por todas partes juntas revolucionarias. A ejemplo de las de Cádiz y Sevilla aceptaron todas el programa de la democracia, mas ninguna se atrevió a proclamar la república. Si los vencedores de Alcolea hubiesen levantado en aquel mismo campo al nuevo rey, es más que probable que hubiesen afianzado con el nuevo monarca la monarquía. Demócratas había entonces muchos, republicanos pocos, y éstos sin la organización ni la cohesión suficientes para apoderarse de una situación traída por la escuadra y el ejército. A pesar de la falta de republicanos, habrían podido también los vencedores implantar por aquellos días la república; que no era difícil hacerla aceptar por una nación que pedía a voz en grito la caída de los Borbones y no presentaba ni tenía candidatos con que sustituirlos. Nos lo confirma el rápido e inesperado crecimiento del partido republicano a la vuelta de pocos días, partido que, cuatro meses después, enviaba setenta diputados a las Cortes, y al año ponía cuarenta mil hombres sobre las armas. Ni se estableció la república ni se alzó nuevo rey, y las dificultades fueron cada día creciendo. (Pi 1891: 3)

Texto completo: http://www.cesareojarabo.es/2018/02/conspiraciones-pronunciamientos-y.html

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