jueves, 27 de septiembre de 2018

EL EJÉRCITO EN LAS ANTILLAS Y FILIPINAS DURANTE EL SIGLO XIX (IX)

La verdad era bien distinta. El conflicto social y separatista era de envergadura, y el tratamiento dado por el gobierno, de manifiesta complicidad, siendo que, para estas fechas, llegaban incluso a producirse deserciones en masa.



De ello daba cuentas la prensa el 19 de junio de 1895:

De un suceso grave hay noticias—dijo El Ejército Español—que el Gobierno no ha dado todavía: el hecho de haberse pasado al enemigo con armas y monturas 40 voluntarios del regimiento caballería de Camajuany. Además, cartas de La Habana hablan de otras deserciones y del abandono de Morón por todos los hombres útiles.»
El Gobierno lo negó, pero era cierto, y se confirmó más tarde. (Soldevilla 1896: 309)

Pero el gobierno actuaba por otros intereses y en contra de quién tenía la osadía de denunciar algo de lo que venimos relatando. Así, el 23 de junio de 1895

El Sr. Coronado, director de La Discusión, abogado, hacendado y consejero del gobierno de la región central de la isla de Cuba, ha sido preso por la jurisdicción militar, por haberse publicado en su periódico una correspondencia de Bayamo, en la que se relataba que el ejército de allí no tenía más ropa que la que se le dio al salir a campaña; que no se le entregaba más que un rancho al día, en muchas ocasiones servido a las ocho de la noche, y que todavía no se le había abonado ninguna paga. (Soldevilla 1896: 314)

Los intereses eran bien distintos al problema de Cuba, para el que, en junio de 1895, el gobierno reconocía que para la campaña de Cuba tenía recursos para dos años. Por otra parte,

Cabía la posibilidad de que, si se enviaban a Cuba todas las tropas españolas disponibles, se produjera un pronunciamiento en España —tal vez republicano— y se derrumbara la complicada estructura de la monarquía constitucional que Cánovas había tratado de construir durante toda su vida. (Thomas 1971)

Este apunte señalado por Hugh Thomas nos hace recapitular nuevamente sobre la política militar de los gobiernos “españoles”, y nos haga vislumbrar el motivo por el que se procedió a enviar fuera de la península a tal cantidad de soldados. ¿Era, acaso, una válvula de escape para controlar de paso una revuelta en la península?

Lo que es cierto es que los envíos de soldados, como ya hemos señalado, se llevaban a efecto sin haberlos preparado, sin tener un plan de actuación determinado. Parece que, efectivamente, querían quitar de en medio personas que hubiesen podido conformar un ejército encaminado a provocar un cambio en la península.

Por otra parte, el general Valeriano Weyler señala que, al incorporarse en Cuba como Capitán General en enero de 1896, en las unidades del ejército…

Era tal la anarquía, que los jefes de ellas, al pasar por un destacamento, dejaban los individuos que les parecía y se llevaban otros; las tropas cubrían multitud de destacamentos para cuidado de poblados y fincas, sin elementos bastantes de defensa ni protección; y como esto disminuía considerablemente la fuerza de los cuerpos, no había bastantes columnas para protegerlos, de donde resultaba que, atacados por el enemigo, carecían del oportuno auxilio, y se quemaban a su vista los cañaverales de los ingenios. (Weyler 1910: 131)

Anarquía que estaba controlada por cuarenta y dos (42) generales destacados en la isla.

En esta fecha había en Cuba los generales siguientes: (Soldevilla 1897: 4)

Gapitán general, general en jefe.— D.  Arsenio Martínez de Campos y Antón.

Tenientes generales.— D. Sabas Marín González, D. Luis Pando y Sánchez y D. José Valera y Alvarez (de la reserva).

Generales de división.— D. José Arderías y García (segundo cabo), D. José Lachambre y Domínguez (S. I. artillería), D. Pedro Mella y Montenegro, D. Pedro Pin y Fernández, D. Alvaro Suárez Valdés, D. Andrés González Muñoz, D. José Jiménez Moreno y D. Adolfo Jiménez Castellanos y Tapia.

Generales de brigada.— D. Arsenio Linares y Pombo, don José Aizpurua y Montagut, D. José Toral y Vázquez, D. Federico Alonso Gaseo y Lavedán, D. Juan Godoy y Alvarez, D. Rafael Suero y Marcoleta, D. Carlos Barraquer y Rovira (S. I. ingenieros), D. Ramón Echagüe y Méndez Vigo, D. Luis Prats y Bandragón, D. Nicolás del Rey y González, D. Emiliano Loño Pérez (S. L Guardia civil), Ü. Jorge Garrich y Ayo, D, Agustín Luque y Coca, D. Julio Domingo y Bazán, D. Emilio Serrano Altamira, D. Francisco Obregón de los Ríos, D José Garcia Navarro, D. Braulio Ordóñez del Moral, D. José García Aldeve, D. Juan Madán y Uriondo, D. Francisco de B. Canella, D. José Oliver, D. Rafael Ibáñez de Aldecoay Lara, D. Pedro Cornely Cornel, y D. Joaquín Albacete.

De Marina. - Contralmirante, D. José Navarro y Fernández Navarro (comandante general del apostadero).

Capitán de navío de primera clase, D. José Gómez Imaz.

Asimilados a generales. -Intendente militar, D. Victoriano Araujo y Paraleda.
Inspector de Sanidad, D. Cesáreo Fernández y Fernández Losada.
Auditor de Guerra, D. Juan Romero y Maldonado.

Y en cuanto a la tropa,

Por Ley (DOMG 1 -VIII-1896), la fuerza del ejército permanente en España para el año económico 1896- 1897 se fijó en 100.000 hombres de tropa. Para Cuba, la que exigieran las necesidades de la campaña. (Pascual)

Necesidades de la campaña cuyo número nos es facilitado por la Compañía Transatlántica, la encargada de llevar a efecto el transporte de tropas. De un cuadro gráfico realizado por la misma, resulta que desde el 23 de febrero de 1895, cuando dio comienzo la guerra hasta 1898, había transportado los siguientes efectivos:

A Cuba . . . 185.277 hombres.
Filipinas. .    28.774
Puerto Rico ..5.048
Total.         219.099

En el mismo cuadro se establecía de una manera muy ingeniosa la comparación en “mecapolímetros” del valor en esfuerzo y coste, con relación al presupuesto de ingresos, de los trabajos de organización de las tropas expedicionarias hechos por España, en comparación de los realizados más recientemente por otras naciones que han hecho expediciones marítimo-militares.
Y de esta comparación resulta representado el esfuerzo de España por 66 mecapolímetros, mientras que el de Francia en Madagascar es de 1,67, el de Italia en Abisinia de 2'38 y el del Japón en China de 4,58. (Soldevilla 1898: 440)

Queda demostrada la “efectividad” del sistema. ¿Un error más del gobierno?... ¿un acierto?...

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