lunes, 10 de septiembre de 2018

La batalla de las Navas de Tolosa (3)

Los cronistas árabes dicen: “Llegaron los siervos de la Cruz de todo desfiladero profundo y de todo país lejano, acudiendo día y noche de las cumbres de las montañas y de las playas de los mares; fueron los primeros en acudir los francos, que se extienden por las regiones del este y del norte; siguiólos el barcelonés con lo que disponía de hombres y socorros; el rey de Navarra estaba sometido a la protección de los almohades y recibía socorros pecuniarios de ellos con gran largueza; pero maldíjolo el señor de Roma, si no guerreaba al lado de su gente y se unia a los príncipes de su religión.”



La batalla de Las Navas de Tolosa, llamada en la historiografía árabe Batalla de Al-Uqab, finalmente enfrentó el 16 de Julio de 1212 en las inmediaciones de la población jiennense de Santa Elena al ejército aliado en una actuación que puede entenderse como la primera iniciada por quienes, juntos, constituían España, contra el ejército numéricamente superior del califa almohade Mohamed Al Nasir (Miramamolin). Saldada con una importantísima victoria del bando cristiano, esta batalla fue el punto álgido de la Reconquista y el principio del fin de la presencia musulmana en España.
La financiación de la empresa, en un 66 % estuvo a cargo del tesoro castellano y el resto por parte de la Iglesia. De todo el reino llegaron a Toledo armas, caballos y provisiones.
Malagón, Calatrava y Alarcos… Tres plazas que había perdido la orden de Calatrava tras el desastre de Alarcos (único baluarte cristiano al sur del Tajo) ocurrido en 1195, exactamente el 19 de Julio, eran recuperadas 17 años más tarde. La cruzada partió de Toledo el 19 de Junio, y llegó a Malagón el día 24. Quizás enfervorizados por la festividad del evangelista del Apocalipsis, los ultramontanos la atacaron enseguida. Lo hicieron con tal furia que en menos de una hora estaba tomada la villa, a la que saquearon en profundidad. Pero querían más: las riquezas que debían esconderse dentro del castillo, en lo alto, lo único que resistía. Así, pues, se pasaron toda la noche atacándolo por arriba y por abajo, minando la base de las cuatro torres laterales con el fin de colocar leños debajo y prenderles fuego para provocar su derrumbamiento. Tomadas, finalmente, esas torres, resistió la central, más alta y poderosa, donde se había refugiado el alcalde de la fortaleza con dos hijos suyos, aún protegidos por una aguerrida guardia. Pero, antes de que terminara la noche, el alcalde capituló, con la condición de que se respetase su vida y la de sus hijos; los demás quedaban a merced de los asaltantes. Pensó él que los canjearían por dinero, o que los convertirían en esclavos, empleándolos como porteadores o artesanos para el resto de la campaña. En cambio, los salvajes ultramontanos, acostumbrados en su tierra a las crueldades de la guerra contra los albigenses, degollaron a casi todos.  De esto da noticia el obispo de Carbona, Arnaldo Amalarico, sin utilizar los adjetivos tratados.
La actuación de los ultramontanos en Malagón, como lo acaecido en Toledo, no estaba en orden a lo previsto por Alfonso VIII, que llegó dos días más tarde a la fortaleza y contempló horrorizado el espectáculo dejado por los tramontanos. Esa no era la batalla que quería el rey de Castilla, había que negociar de otra manera. Empezaron los roces entre los cristianos españoles y los extranjeros.
Tras Malagón, Calatrava. Tres días de asedio bastaron para acabar con la mitad de los defensores y la rendición del resto. Pero antes, las tropas se encontraron con un regalo de los musulmanes: unos “estrumentos de fierro que sembrauan por la tierra a danno de los cristianos, et eran fechos a manera de obroios, et llamales la estoria ‘cardos de fierro’ et sembráronlos et echároslos por todas las passadas del rio de Guadiana” .
La fortaleza de Calatrava era de tal categoría que los cristianos discutieron sobre la conveniencia de atacarla. Finalmente lo hicieron y fue entregada a los monjes calatravos, que anteriormente la habían perdido ante las tropas de Miramamolín. Todo lo hallado en ella fue entregado a los ultramontanos.

Treinta y cinco caballeros árabes escaparon con vida del sitio, perdonados por Alfonso VIII, y marcharon con Miramamolín (Mohamed Al Nasir) en medio del disgusto de los ultramontanos, partidarios de pasarlos a cuchillo. Este hecho significó su defección de la campaña, aunque finalmente su deseo fue cumplido por parte de Miramamolín, que no les perdonó la rendición y mandó degollarlos. Acto seguido, el grueso del contingente ultramontano abandonó la campaña y volvió a sus lugares de origen, poniendo como excusa la magnificencia otorgada a los vencidos. Poco perdía el ejército cruzado al ver marchar un contingente compuesto por soldados, mujeres, niños y enfermos. La cuestión sería lo que debía ser: un asunto estrictamente español.
Casi 30.000 ultramontanos (sólo eligieron quedarse 150 caballeros del Languedoc con el obispo de Narbona a la cabeza) mermó en buena medida las huestes cristianas, pero el ejército restante de 70.000 hombres seguía siendo uno de los más grandes que se habían visto en aquellas tierras.  Aproximadamente se marcharon un 27 % del total del ejército. El obispo de Narbona señala que el número de los que se retiraron ascendía a 50.000.


Texto competo: http://www.cesareojarabo.es/2018/05/la-batalla-de-las-navas-de-tolosa-texto.html

1 comentarios :

Unknown dijo...

¡Santiago y cierra España!

 
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