viernes, 26 de octubre de 2018

La crisis del siglo XVII (XVII)

España estaba descapitalizada, y atender la guerra significaba un esfuerzo extraordinario que fue acometido de una forma peculiar:“Se llevó a cabo una importante devaluación monetaria, práctica que continuó Felipe IV de manera aún más irresponsable. El gobierno, decidido a no reducir el gasto, que se consideraba fundamental para la defensa nacional, y a no aumentar los impuestos, que sería una medida impopular, recurrió sin control alguno al empréstito, hasta que en 1627 se planteó una situación de bancarrota inevitable.”



Los conflictos españoles tuvieron una relación directa con la Guerra de los Treinta Años ya que fueron manifiestamente iniciados por la influencia de Francia y de Inglaterra en el contexto de la misma. Tenían, evidentemente, mayor calado, pero es el caso que “Francia, aliada a Suecia, a Holanda, a Saboya, a Portugal, y teniendo en su favor los votos de los demás pueblos que permanecían en la inacción, sostenía contra el Imperio y España una guerra ruinosa para los dos partidos y funesta para la casa de Austria.”

Pero esto no significaba que Portugal se encontrase en alianza contraria a España, ya que en la Guerra de los Treinta años, según nos relata un historiador portugués, “por diferente regiones bolaron las infignias de Efpaña fobre diferentes y numerosos exércitos. En todas eftas partes firvieron siempre, y firven muchos Portugueses con tanta aprobación y estima, que à penas fe hallarán en una compañía quatro foldados particulares que no fean nuestros los dos dellos. Affi que los Lufitanos fin otra gente, muchas vezes vencieron batallas, las otra gentes fin Lufitanos á penas dieron alguna.”

Que una guerra dure treinta años es indicativo de que ningún bando tenía mucha preeminencia sobre el otro, y las refriegas, toma de posiciones y pérdida de las mismas se sucedían. Así, si París estuvo en peligro casi a finales de la guerra, “A principios de 1619, incluso Viena, la capital imperial, se vio amenazada por los ejércitos de la Unión Evangélica. A finales de ese año, tras deponer a Fernando II, los rebeldes ofrecieron el trono de Bohemia a Federico V, elector del Palatinado. A partir de ese momento, diversos sectores de la Unión Evangélica, formados principalmente por luteranos, se retiraron de la lucha, dado que Federico V, aunque protestante como ellos, profesaba el calvinismo. Aprovechando las disensiones protestantes —en concreto, la declaración de guerra hecha por la Sajonia luterana a Bohemia— y la invasión española del Palatinado, Fernando II, que se había convertido en emperador en agosto de 1619, rápidamente asumió la ofensiva.”

Mientras tanto, la situación de los Paises Bajos era de perpetuo coste humano, político y económico para España. No había nada en común entre España y quienes por todos conceptos se encontraban más cercanos a Inglaterra. “En agosto de 1619, los Estados Generales, dominados por los orangistas autorizaron la construcción de una flota de guerra especial que habría de navegar hasta Perú y capturar (o destruir) la plata con la que España esperaba financiar la guerra en los Países Bajos.”  Mientras, Francia e Inglaterra deseaban que continuase la guerra porque ello desviaba fuerzas españolas que podían perjudicar sus actividades. La guerra se reanudó, y los comerciantes holandeses fueron expulsados de todo el Imperio.

“Sin los Países Bajos, España, que era señora de los mares, podía haber mantenido una indiscutible superioridad mediterránea y atlántica, sin interferir en las rivalidades y ambiciones y querellas intraeuropeas. España por su intervención voluntaria o forzada en ellas, cometió el pecado de ser demasiado europea.”

En 1621, al terminar la tregua de los 12 años, se reiniciaría la guerra con las Provincias Unidas; algo que atraería demasiado esfuerzo español en beneficio de los intereses franceses e ingleses. Con el recrudecimiento de este conflicto, mantenido por España como recuerdo de Carlos I, en 1628 se perdió la flota de Indias a manos del pirata Piet Heyn, con cuya plata se financió la flota que acabó tomando Pernambuco, en Brasil, dos años más tarde.

“Los holandeses comerciaban con Brasil con la connivencia de oficiales y comerciantes portugueses —cristianos nuevos las más de las veces— de Vianna y Oporto y eran ellos quienes facilitaban servicios tales como agentes de protección y una bandera de conveniencia. Los comerciantes holandeses estimaban que en el decenio de 1620 dominaban entre la mitad y las dos terceras partes del tráfico de mercancías entre Brasil y Europa. En el momento en que llegó a su fin la tregua en las Provincias Unidas se construían todos los años 15 barcos sólo para el comercio con Brasil, y los barcos holandeses importaban a través de Portugal 50.000 balas de azúcar, aparte de madera de Brasil, algodón y cueros.”

Texto completo http://www.cesareojarabo.es/2018/04/la-crisis-del-siglo-xvii-texto-competo.html

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