viernes, 12 de octubre de 2018

LA INQUISICIÓN Y LOS JUDÍOS (8)

Las campañas anti-judías, que no antisemitas, estaban arreciando fuertemente. Lo que perjudica sobre todo a la verdad, que debía ser la máxima buscada, es que esas campañas no se centraban en la verdad, sino que preferían adentrarse en fantasías, en historias negras que, como posteriormente pasaría con la Inquisición, sólo aportan sombra y mentira, y como consecuencia generan mentes huecas, fáciles de manejar y capaces de digerir como auténticas las mayores barbaridades que se puedan imaginar. “Fray Alonso de Espina, había escrito pocos años atrás su Fortalicium Fidei, donde se recogía toda suerte de bárbaras historias atribuidas a los judíos, quienes, según el autor, serían los aliados naturales del Anticristo en la hora final. En 1478, a su vez, el cura de Los Palacios publicaba una Historia de los Reyes Católicos, de radical tono antisemítico, que ponía de manifiesto el peligro de aquellos conversos que, incluso, se habían infiltrado en episcopados y altos puestos de la jerarquía eclesiástica.”



La propaganda de los predicadores incontinentes desató la indignación popular contra los judaizantes. «El fuego está encendido (dice el cura de los Palacios); quemará fasta que falle cabo al seco de la leña que será necesario arder fasta que sean desgastados e muertos todos los que judaizaron; que no quede ninguno; e aun sus fijos... si fueren tocados de la misma lepra». Terrible llamada a la persecución, que aunque sea motivada por una actuación deleznable, como deleznable era la actuación de los usureros, no tuvo, ni de lejos, la respuesta que llamadas similares tuvieron  en otras latitudes y en otras fechas posteriores.

Lo que sí es cierto es que los judíos españoles, entre predicadores de ese rigor, viven durante el siglo XV bajo la presión del miedo y la ira popular, y así lo manifiestan en sus peticiones de amparo dirigidas a los reyes con evidente angustia, y los reyes, indefectiblemente, atendían. No podían quejarse las aljamas de la protección que siempre les prestaron los reyes de las Españas.

Tras los resultados obtenidos con las conversiones de principios de siglo, todavía más que a los judíos aborrecía el pueblo a los conversos, y éstos se atraían más y más sus iras con crímenes como el asesinato del Niño de la Guardia, que es moda negar, pero que fue judicialmente comprobado y que no carecía de precedentes asimismo históricos.  “En 1490 un judío llamado Juan Yranco vecino de la. Guardia en unión con otros del Quintanar y Tembleque robaron un niño con quien hicieron todas las ceremonias propias de la pasión.”

La autoridad de D. Marcelino Menéndez Pelayo, y el convencimiento de que la estupidez humana es más común de lo que parece, me hace creer el dato.

Como ya hemos señalado en varias ocasiones, “desde el punto de vista jurídico, en España, y en todos los reinos de aquella época, los judíos eran considerados extranjeros y se les daba cobijo temporalmente sin derecho a ciudadanía. Los judíos eran perfectamente conscientes de su situación: su permanencia era posible mientras no pusieran en peligro al Estado. Cosa que, según el parecer no sólo de los soberanos sino también del pueblo y de sus representantes, se produjo con el tiempo a raíz de las violaciones de la legalidad por parte de los judíos no conversos como de los formalmente convertidos, por los cuales Isabel sentía una «ternura especial» tal que puso en sus manos casi toda la administración financiera, militar e incluso eclesiástica. Sin embargo, parece que los casos de «traición» llegaron a ser tantos como para no poder seguir permitiendo semejante situación.”

Eran extranjeros, no sólo porque la legislación española los considerase como tales, no sólo porque la legislación de los otros reinos, europeos o musulmanes los considerasen extranjeros, sino porque ellos exigían, conforme a su ley, ser tratados como tales. Ellos se consideraban, ante todo y sobre todo, judíos, extranjeros, lo que les facultaba para poder usar de la usura sobre sus huéspedes. Si no se hubiesen considerado extranjeros, según su propia ley no hubiesen podido ejercer la usura.

A la llegada de los Reyes Católicos, éstos se encontraron con un problema que, desde su óptica humana debía dolerles en lo más profundo; a Fernando por su condición de judío de raza, y a Isabel por su condición bondadosa y profundamente cristiana por naturaleza. Ante los jóvenes reyes se presentaba un futuro enormemente esperanzador a la vez que enormemente complicado. Las sonrisas de la esperanza forzosamente se veían apagadas por las complicaciones que a cada paso les iban saliendo, desde la nobleza hasta el clero; desde la reconquista de Granada hasta los conflictos en ciernes con Francia y con el papado. La reforma de los institutos religiosos iniciada por Isabel con la colaboración de Cisneros no era el menor de los problemas… Ni lo era Granada, sobre la que tenían puestos los ojos, territorio que por lógica debía haber sido reincorporado a la corona hacía siglos o como mínimo décadas, pero que la mala política de los responsables había hecho que el asunto perdurase hasta finales del siglo XV. “El Reino de Castilla y Aragón surgido del matrimonio de los reyes todavía no se había afianzado y no estaba en condiciones de soportar ni de controlar una situación tan explosiva, amenazado como estaba por una contraofensiva de los árabes que contaban con los musulmanes, a su vez convertidos por compromiso.”

http://www.cesareojarabo.es/2018/06/la-inquisicion-y-los-judios-texto.html

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