martes, 30 de octubre de 2018

Las penas en la Inquisición (3)

Reducida la escandalosa pena de muerte a límites que deben hacer sonrojar a quienes se manifiestan enemigos de la Inquisición y comparan sus estadísticas con estamentos contemporáneos encargados de distribuir justicia, pasemos a la aplicación de otras penas: “La pena de cárcel, con la obligación de llevar un sambenito, era la más frecuente para los herejes reconciliados. Los distintos tribunales de la Inquisición eran, en general, incapaces de proveer edificios exclusivos para retener a sus presos, por lo cual eran éstos destinados a residencias religiosas, hospitales, casas alquiladas a propósito y aun domicilios particulares.”



Tal vez por ello “las penas de encarcelamiento dictadas por sentencia eran penas relativamente leves, pues no siempre se cumplían en prisión, siendo posible hacerlo por arresto domiciliario o en un convento. Incluso quienes la pasaban en cárcel, lo hacían por lo común en régimen abierto, de modo que podían salir y entrar de dia libremente, simplemente observando algunas reglas básicas.”

Por otra parte, y haciendo una acotación en el espacio y en el tiempo, para tomar una muestra de lo que venía sucediendo, extrapolando en lo que se pueda, y anotando que se trata sólo de una cata, debemos conocer que “en el último tercio del siglo XVII es frecuente que las cárceles canarias del Santo Oficio sólo acojan a uno o dos presos. Después del reinado de Felipe V, según asume el mismo Llorente, las cárceles del Santo Oficio están muy desocupadas. En el año 1806, ante una solicitud de la Suprema a los tribunales pidiendo una relación del número de presos existentes en sus cárceles, sólo constan tres presos en las cárceles secretas del Tribunal de Murcia, uno en Granada, dos en Valladolid, tres en el de Corte, otros tres en Córdoba, cinco en Cuenca, ocho en Santiago, uno en Barcelona y otro en Logroño, y ninguno en Llerena, Valladolid, Zaragoza, Toledo o Mallorca.”

“Por otro lado, y frente a cierta imagen preconcebida que nos muestra cárceles secretas atestadas de presos, no es extraño encontrar testimonios en la documentación que acreditan que las celdas están vacías en algunos períodos. Por ejemplo, en marzo de 1586, las del Tribunal de Canarias acogen a un solo preso, precisamente el antiguo alcaide. Asimismo, un informe del fiscal, fechado el 16 de mayo de 1667, señala que las cárceles no son necesarias porque nunca han estado llenas.”

No obstante, no se puede acusar a la Inquisición de falta de celo en el cumplimiento de su deber. Había asuntos que requerían más su atención que otros, e incluso había tribunales que atendían cuestiones que pasaban más desapercibidas para otros. Así, por ejemplo, “la sodomía no era atendida por la Inquisición española de modo uniforme. Sólo en el Reino de Aragón eran juzgados por el Tribunal de la Inquisición, mientras que en Castilla, las Indias y otros dominios hispanos, eran competencia  de los tribunales civiles. En Aragón también podía ser atendido por los tribunales civiles, pero el Tribunal de la Inquisición daba “mejor trato” a los culpables.”

“En la sodomía entendió la Inquisición española como lo había hecho la medieval hasta que en 1509 la Suprema lo prohibió, excepto en casos de herejía. En Castilla, el Santo Oficio se apartó de estas cuestiones, pero en Aragón, con la autorización del Papa, volvió a ocuparse de ellas. El llamado pecado nefando era gravísimamente castigado, con la hoguera, por el derecho penal del Estado. La interferencia de la Inquisición supuso un cierto alivio, al reservar a veces sólo a los mayores de veinticinco años la pena de muerte, que ocasionalmente era conmutada, castigando a quienes no llegaban a esa edad con azotes y galeras.”

En cuanto a las condenas, podían ser de dos tipos; los condenados podían ser “de levi”  (penitencia suave) o “de vehemendi” (penas de prisión). Todos debían abjurar de sus faltas. La abjuración “de vehemendi” implicaba que, “si incurría en una falta sería tratado como relapso, esto es, como quién reincide en prácticas heréticas, para quien no había más pena que una irrevocable sentencia a la hoguera…Las sentencias podían imponer, entre otras cosas, ayunos, peregrinaciones, azotes, la vergüenza pública, el destierro, las galeras, la confiscación de bienes para los reconciliados y relapsos, la cárcel perpetua para los reconciliados justo antes de dictarse la sentencia definitiva, el uso del sambenito que deberían vestir los condenados como signo humillante de su falta, la hoguera para los relapsos.”

El sambenito procede de saco bendito, vestimenta que se hacía llevar a quien había sido hallado culpable de algún hecho perseguido por la Inquisición. La historia del sambenito nos lleva a Languedoc, donde fue instaurado en primer lugar para proteger de los cruzados a los que habían abandonado la herejía albigense.

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