domingo, 4 de noviembre de 2018

El conde-duque de Olivares (3)

Otro aspecto a tener en cuenta era la cuestión mercantil; “Olivares hubo de observar con sorpresa que el tráfico mercantil de las especias en los puertos de Levante estaba en manos de ingleses y que los alicantinos se negaban a asumir su riesgo. Por ello, con la Junta de Comercio, pretendió revitalizar el comercio, sobre todo el de Levante, mediante la formación de una compañía de tipo holandés, con el fin de evitar el predominio de los holandeses e ingleses en el transporte.”



Era evidente que, en principio, el valido llegaba con buenas y grandes ideas; como vemos, en el campo de la administración, y también en el de la defensa. De hecho, “el conde-duque ya había establecido la necesidad de una España unificada en su gran memorial de las navidades de 1624: la Unión de Armas era el primer paso para conseguirla…/… Olivares creía en el gobierno científico: recopiló estadísticas e informaciones que le convencieron de que Castilla estaba pagando demasiado y el resto del imperio demasiado poco del costo de la defensa imperial. Dio especial importancia a las cifras de población que tenía que manejar en cada zona.”  Y efectuó una distribución equitativa marcando las aportaciones que debía efectuar cada territorio para atender las necesidades generales. La aplicación de estas medidas, unido al carácter personal de Olivares fue excusa para encender la chispa de los conflictos de 1640.

La Unión de Armas era un proyecto coherente; “tanto los economistas como los ministros dejaban oír su voz en favor de una distribución más equitativa de la fiscalidad en el imperio y exigían que las diferentes provincias costearan cuando menos su propia defensa. En la atmósfera reformista de los primeros años del decenio de 1620, esas exigencias se hicieron más apremiantes. Fernández Navarrete expresaba la opinión de muchos arbitristas cuando afirmaba que Castilla pagaba una parte mucho más elevada de los costes de defensa que la que le correspondía.”

Por su parte, “Navarra, Aragón y Valencia sólo aportaban algunas sumas de forma ocasional, y en cuanto a Portugal y Cataluña se negaban en redondo a contribuir a los gastos generales de defensa, como si no fuera de su incumbencia lo que ocurría más allá de sus fronteras.”

Se hacía evidente que “la magnitud de las empresas de España fuera de sus fronteras exigía, ante todo, unificar la nación, dando un régimen común ante los deberes y sacrificios a cada uno de los antiguos reinos y regiones — retazos mal cosidos— que formaban el cuerpo de la Monarquía. Se daba cuenta de que, sin un Estado vigoroso y uniforme, como un bloque, no podía sostenerse por más tiempo la misión que España pretendía seguir ejerciendo en el mundo.”

Pero Olivares se encontró desde el principio con dificultades para realizar levas de soldados con destino a la continuas guerras que mantenía España, principalmente en Flandes e Italia. Para intentar solventar ese grave se planteó la citada Unión de Armas como un intento parecido al intento cisneriano llevado a efecto un siglo antes, que fue conocido como “gentes de ordenanza” y que tanta oposición obtuvo primero de la nobleza, y por su influencia, de las comunidades. Si Cisneros se encontró con la resuelta enemistad de la nobleza castellana, Olivares se encontró con la enemistad de la nobleza en Aragón, Portugal, las Indias y Flandes, lo que llevó a una situación de continuas revueltas que duraron desde 1640 hasta 1649. Por su parte, la nobleza persistía en amarrarse a sus posiciones de privilegio, sin aportar al estado la colaboración que le era requerida. Como en la revuelta de los comuneros del siglo anterior, la nobleza actuaba movida exclusivamente por sus intereses, no ya de clase, sino estrictamente particulares, lo que hacía que la corrupción fuese generalizada. En este caso, parece que el Conde Duque fue un ejemplo de honradez que contrastaba con su antecesor el duque de Lerma.

En este sentido, parece que el único error en que incurría el conde duque era en someter toda España a la Ley de Castilla cuando decía a Carlos IV: «Tenga V. M. por el negocio más importante de su Monarquía, el hacerse Rey de España; quiero decir, Señor, que no se contente V. M. con ser Rey de Portugal, de Aragón, de Valencia y Conde de Barcelona, sino que trabaje y piense, con consejo mudado y secreto, por reducir estos nervios de que se compone España al estilo y leyes de Castilla, sin ninguna diferencia; que si V. M. lo alcanza será el Príncipe más poderoso de la tierra.»

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