jueves, 8 de noviembre de 2018

La guerra de los segadores (2)

Pero si los gobiernos de Felipe III encontraron obstáculos insalvables, Felipe IV, y más exactamente Gaspar de Guzmán, entendía que él podría salvarlos todos con motivo de una necesidad nacional incuestionable: la guerra de los Treinta Años, en la que España estaba involucrada, y donde uno de los enemigos no era otro que el reino de Francia, que desde siempre había apetecido apoderarse del Rosellón.



Desde 1632 se observaba cómo los franceses fortificaban Leucata, situada a poca distancia de Narbona y de Perpiñan, al tiempo que la inmigración francesa iba asentándose en el Rosellón. Por ese motivo se procedió a reforzar Salces. Poco después Francia declararía la guerra a España.

En el memorando que presentó Olivares a la toma del poder, señaló a Felipe IV que “Los tres reinos de la corona de Aragón llego a considerar por casi iguales entre sí en costumbres y fueros, así en el modo de gobernarse, en la grandeza de sus términos, en la condición de sus vasallos y también en la nobleza. No estoy advertido del número de los títulos que hay en cada uno de los tres reinos, ni es necesario: sé solamente que son cuatro los Grandes: de Cataluña, el Duque de Segorve y de Cardona; en Valencia, el Duque de Gandía; en Aragón, los Duques de Híjar y el de Villahermosa. Los valencianos, hasta ahora, son tenidos por los más molestos en sus fueros, por no habérseles ofrecido lanzas, como a los de Cataluña y Aragón.”

En el mismo memorando señalaba la necesidad de crear lo que denominaba Unión de Armas, proyecto por el que se debía crear un ejército de unos 150.000 hombres y enfrentarse con garantía a las potencias rivales de España en Europa, en enfrentamientos que en esos momentos estaban teniendo lugar como consecuencia de lo que acabaría llamándose Guerra de los 30 años. Este ejército, necesariamente, sería sostenido y reclutado por todos los reinos de España, a diferencia de lo que hasta entonces venía ocurriendo, cuando era Castilla quien únicamente había costeado y aportado hombres y dinero a todas las guerras y conflictos de la Corona. Esta fue la chispa definitiva de la rebelión, primero en Cataluña y luego en Portugal.

En 1637, la oposición frontal al proyecto de Olivares “a crear un ejército para su propia defensa llevó a una ignominiosa derrota de las fuerzas españolas participantes en el sitio de Leucata (27 de septiembre).”

El Consejo de Ciento de Barcelona y la Diputación del General se opusieron al envío de las fuerzas necesarias para llevar a buen término la empresa. No obstante, algunas tropas del principado participaron en la misma, pero la actuación no fue la deseada.

El 2 de Septiembre se acometió Leucata, puerta de entrada al Languedoc. Las fuerzas francesas eran grandes y se requirió a diputados y consellers que aportasen defensores, “considerando que seria ignominiosa la tibieza y inesperada la neutralidad y ejemplar de vituperio el no asistirles en ocasión tan fuerte», cuando con tantas armas forasteras y constantes gastos procuraba su Majestad oponerse a todo y defender sus reinos…/… Insistía en que no se emprendió aquella diversión militar por ambiciones territoriales, sino para mejor garantizar la propia defensa. Obligado del afecto a sus compatriotas, recordaba el Duque a los conselleres de Barcelona el compromiso en que la presente ocasión les ponía ante el mundo, puesto que, en sazón tal, se extrañara que sin catalanes se hicieran en su frontera aquellas diligencias para la conservación de la misma provincia, con solo milicias forasteras; por mas que todas las razones parecían holgar, cuando fuerzas enemigas, procedentes de una provincia tan militar y tan superior en número de caballería, avanzaban en nutridas columnas contra el Rosellón.”

De Perpiñán llegaban voces de auxilio a Barcelona solicitando ayuda urgente de hombres para la defensa del territorio que estaba siendo invadido por las tropas francesas.

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