viernes, 2 de noviembre de 2018

Nada en común (XIX)

1975

En 1975 fueron convocadas elecciones sindicales, a las que, en el banco se presentaron Antonio Gordo y Cesáreo. Eran elecciones en el seno de la CNS, sin presencia de sindicatos democráticos.



Como era previsible, salieron elegidos los históricos, junto a Antonio Gordo y Cesáreo, que serían la oposición. Con ellos tomó contacto un sindicalista democrático, Agustín Oset, proponiéndoles colaboración; una colaboración que si no hubiese existido por medio el Servicio Militar de Cesáreo, con toda seguridad no se hubiese producido, pero que, evidentemente, no se pudo demostrar.

En Julio de 1975 fue llamado a filas, en la Marina. En esas mismas fechas es desarticulada la ETA; duro golpe a la democracia que sería paliado con la colaboración desinteresada de todos los partidos democráticos. La Platajunta sería un importante apoyo para su reorganización.

Durante el servicio militar conoció a alguien que se llamaba Puig Antich. No tuvo valor suficiente para preguntarle si tenía parentesco con el ejecutado.

Por circunstancias que luego no llegó a entender, pero sin duda motivadas por el momento, Cesáreo se manifestaba contrario a realizar el servicio militar, hasta el punto que, contra las indicaciones familiares, marchó con su quinta en lugar de realizar las milicias universitarias, como tantas veces le habían recomendado en casa, donde se sentían orgullosos del grado de Alférez de Complemento alcanzado por su hermano mayor.

Ya tenía aprobado el primer curso de Pedagogía, y a pesar de marchar a la “mili”, se matriculó de segundo curso. De hecho, sólo le sirvió para disfrutar de permisos a lo largo del servicio, que se vieron dilatados en mayor o menor medida como consecuencia de las huelgas que posponían una y otra vez los exámenes.

El periodo de instrucción lo pasó en Cartagena, con bastante más pena que gloria. Se sentía literalmente en la cárcel. Durante los primeros quince días no pudo salir para nada a la calle; ni él ni nadie, claro está, y éste hecho le marcó en su espíritu de natural rebelde.

Dada su formación, y a pesar de que no se presentó voluntario, fue nombrado cabo de marinería. Su rebeldía le llevó a no coserse jamás los galones de su grado, ni en Cartagena, ni en Vigo, donde cursó como cabo teletipista, ni posteriormente en Las Palmas, donde fue como voluntario, ahí sí, ya que se estaba gestando la Marcha Verde de Marruecos sobre el Sahara, y en Las Palmas estaba la Comandancia Militar.

Recuerda con una sonrisa su llegada a la ETEA, en Vigo. Bajaron todos los “cursos” del autocar que los transportaba, y depositaron sus petates en un parterre totalmente seco. En ese momento apareció un brigada por una ventana que, con un acento marcadamente gallego espetó: “eh, chavales, no me piséis el “céspede””

Eso, y las cucarachas que aparecían por encima de la comida, procedentes de la parte inferior de la bandeja donde acababan de servirle los alimentos eran las notas más curiosas que recordaba de su estancia en Vigo. Eso, y el desparpajo con el que el brigada espantaba los insectos cuando Cesáreo le enseñó la fauna.

En la tétrica función histórica del marxismo, una nueva asociación de criminales había inaugurado su actividad en 1975, para redondear la llevada a cabo por los “chicos de ETA”. Era el GRAPO, quién en su negra historia aportó a los hitos del terrorismo más de 80 nuevos asesinatos. No había problema: para la democracia, y para sus paniaguados de la prensa, el terrorismo era, sin lugar a dudas, fascista, y fascista era todo aquel que pensase fuera de lo políticamente correcto, entendiendo que lo políticamnte correcto era lo más alejado del humanismo, del patriotismo, de la libertad. No importa que los asesinados fuesen, como es lógico, españoles, contrarios al sistema democrático, católicos... La prensa, los partidos políticos, miembros de la misma espiral que componía el terrorismo, cumplían su función. Los asesinos físicos, ponían la bomba o daban el tiro en la nuca, y después de llevarse por delante lo que ellos denominaban “fascista”, entraban en función los órganos de los partidos y de la prensa, catalogando de “fascistas” y de desestabilizadores de la democracia a los asesinos, con lo que conseguían el objeto final de sus ideales; a saber: asesinar al enemigo político y culpabilizar del asesinato al enemigo político asesinado.

Con una peculiaridad: rara vez, a los terroristas se les denominaba de esa forma, sino que eran conocidos como “jóvenes”, “miembros de la organización...” y demás lindezas.Y estábamos en el régimen de “la oprobiosa”... Tan sólo un aperitivo de lo que le esperaba a España una vez estuviesen libres para actuar todos sus enemigos...

En esa misma prensa podía leerse: “El obrero común no perderá nada con el comunismo; en cambio, ganará muchas cosas que actualmente no tiene: seguridad en su trabajo, en sus enfermedades, en su vejez, en la educación gratuita de sus hijos, en su vivienda...” (“Índice 1-5-1975). Cesáreo estaba suscrito a ésta revista, donde podían leerse ideas de todo tipo y color; antítesis de Cambio16, y que a primera plana publicaba títulos como: “los yacimientos de pobres y su explotación”; “¿Ganó Franco la guerra civil?; ¿para qué sirve el ejército?; ¿somos borregos los españoles?”. Lógicamente, “Índice” no pudo sobrevivir en democracia.

Durante su estancia en Vigo fueron fusilados cinco asesinos del FRAP. Nuevamente vivió España el acoso de las democracias.

Acoso que, inexorablemente, no tenía parangón con las inexistentes reacciones ante los atentados terroristas de quienes gozaban en el sur de Francia de un santuario que les permitía huir de la Guardia Civil.

En esas mismas fechas fueron asesinados tres guardias civiles en Guipúzcoa. Completaban, hasta el momento, 12 asesinatos durante ese año, y 43 desde el primer asesinato de la ETA en 1968.

Mientras tanto la jerarquía eclesiástica arremetía también, amenazando con la excomunión si llevaba a efecto la expulsión de España  del obispo de Bilbao, el triste Antonio Añoveros, como réplica a su pastoral alejada del pensamiento cristiano y cercana al separatismo. Amenaza que se ganó con sus actividades poco conexas con las funciones propias de un obispo.

El revuelo fue de envergadura, y todos los Elipandos que en el momento infectaban el seno de la Iglesia en España hicieron piña con el Elipando del norte.

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