viernes, 7 de diciembre de 2018

La expulsión de los moriscos (5)

Las informaciones señalaban que los moriscos estaban confabulados con los moros de Argel, que tenían previstos desembarcos en la costa mediterránea, e históricamente se habían aliado con todo movimiento contrario a los intereses de España. Así, durante el siglo XVI tuvieron relaciones con los hugonotes, con los que tenían pactado llevar a efecto un  levantamiento coincidente con  la invasión hugonote de Francia, mientras dentro de España se organizaban los distintos núcleos para apoyar ambas invasiones.



En la costa eran un peligro evidente; eran el enemigo dentro de casa, y en el interior… Ya se tenía la experiencia de la sublevación de las Alpujarras.

Y es que el problema era de seguridad nacional en el que los moriscos “Encapsulados y a la espera de ser invencibles por número se habían organizado en Valencia con el significativo nombre de "la nación de los cristianos nuevos de moros del reino de Valencia", que nos puede recordar los nombres que en la actualidad han adoptado las llamadas "comunidades islámicas" que crecen con similar vertiginosidad en nuestra España de hoy. Se descubrió no sólo relaciones entre moriscos con turcos, sino también contactos entre moriscos asentados en Aragón y el gobernador francés de Bearn y ocupaban tierras que pertenecían por derecho propio a españoles menos afortunados. Pero muchos nobles los protegían, por el beneficio económico que les deparaban.”

El tráfico clandestino de todo tipo de instrumentos había sido detectado y la actividad de la Inquisición se había centrado muy especialmente en el control de la exportación de caballos; las reuniones clandestinas se suponían abundantes y el espionaje de los familiares de la Inquisición señalaba que había “noticias y rumores que corrían de pueblo en pueblo sobre la presunta actividad de los moriscos aragoneses en la preparación de una asonada, mediante la acumulación de grano, armas y pólvora. Jerónimo Roldán, vecino de Tudela, que había vivido varios años en Cascante, conocía las numerosas recuas que pasaban por la villa de Cortes rumbo a Pamplona y viceversa, en las que traían hierro, plomo y estaño en mucha cantidad con objeto de «rebelarse y alzarse contra Su Majestad, porque no entiende que tanta cuantidad pueda ser para muy buen efecto». Un vecino de Buñuel, Miguel Lorenzo, lo tenía claro: es pública voz y fama que han juntado gran cuantidad de trigo y bastimento y de armas y pólvora y munición y de todos metales para alzarse y dicen que perderán antes sus vidas que dar las armas. Y ansí por lo que dicho tiene el testigo cree y tiene por averiguado que los dichos moriscos tienen mal propósito y se quieren alzar y rebelar y esto sabe. Y sabe ansí mismo que si algunas cosas traen a vender a este pueblo de Buñuel que procuran llevar el retorno en ámagos de cera y en hierro viejo. Y ansí mismo se dice públicamente que han vendido y venden sus haciendas para levantarse, las cuales venden [a] menos precio…”

Por si todo esto fuera poco, muchas defensas de costa estaban desatendidas por falta de fondos para mantenerlas. Los piratas berberiscos eran conocedores de esta realidad mejor que la administración española, y aprovechaban estos huecos para efectuar sus incursiones.

¿Qué solución había? Durante siglos se había intentado su integración con éxitos exiguos. ¿Qué se podía hacer?... ¿Tal vez un genocidio? Esa solución no había entrado nunca en la mente de los españoles.

Es el caso que, coincidiendo esta situación con el tratado de la tregua de doce años hecho con las Provincias Unidas de Flandes, “quedaban disponibles al rey todas las fuerzas marítimas y terrestres que había tenido empleadas en aquellas guerras. Así, una vez determinada la expulsión, y como si se tratara de la conquista de un gran reino, se dieron órdenes reservadas a los virreyes y capitanes generales de Nápoles, de Sicilia y de Milán, para que tuviesen prontas y dispuestas las galeras de sus escuadras y las compañías de sus tercios; y lo mismo se ordenó al marqués de Villafranca, general de las galeras de España, y se nombró a don Agustín Mejía maestre general de los ejércitos que se formaran en el reino.”  La tregua se firmó el 9 de Abril de 1609.

El 8 de Abril de 1609, Felipe III decretó su expulsión a instancias del duque de Lerma. El motivo: “el temor de una posible colaboración entre la población morisca y el Imperio turco otomano en contra de la España cristiana.”   Por su parte la Inquisición procuraba que el rigor contra los moriscos se suavizase teniendo en cuenta la prácticamente nula eficacia de la predicación.

El 22 de Septiembre de 1609, el Virrey Luis Carrillo de Toledo, Marqués de Caracena, daba tres días desde la publicación del bando en cada población para abandonar la misma y disponerse a embarcar, garantizando el buen trato, manutención durante el viaje y el respeto a las pertenencias que pudiesen llevar consigo, quedando los bienes raíces en poder de los señores de la tierra. También quedaron seis pobladores moriscos en aquellos poblados donde existían ingenios de azúcar o regadíos, a fin de que pudiesen transmitir sus conocimientos a los nuevos pobladores. Aparte el cumplimiento del edicto, no fue malo el trato que recibieron los expulsados, si bien se rompían los matrimonios mixtos, enviando a berbería al varón morisco, y dejando a la esposa cristiana vieja con los hijos.  La expulsión seguiría en diciembre con la “expulfion de los moriscos de los Reynos de Granada, Murcia, Jaen, Sevilla, y de la Villa de los Hornachos,”   y de los otros reinos en fechas sucesivas. Llama la atención que se cite concretamente a la Villa de los Hornachos, pero la verdad es que en esa localidad pacense existía una fuerte comunidad morisca que acabó creando muy serios problemas de orden público, y cuando fueron expulsados crearon una república pirata.

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